Cronomicón

El monólogo de Claudia Santiago utiliza el huipil de cadenilla como punto de partida para explorar la identidad zapoteca, las transformaciones del territorio y las violencias que atraviesan la memoria de las mujeres

El huipil que oculta: memoria, territorio y resistencia entre las grietas del Istmo

Hay prendas que dejan de ser únicamente prendas cuando sobre ellas se acumulan generaciones de historias. En El huipil que oculta, el huipil de cadenilla se convierte precisamente en eso: un archivo de memoria, una segunda piel y un objeto capaz de conectar a una mujer con un territorio, una familia y una historia que creía distante.

El hupil que oculta (Cortesía)

Escrito, dirigido e interpretado por Claudia Santiago, el monólogo se sitúa en Ixtaltepec, Oaxaca, comunidad Binnizá del Istmo de Tehuantepec, para explorar la relación entre identidad, pertenencia y territorio. La obra pone en tensión las prácticas tradicionales de la región con las transformaciones provocadas por el desarrollo y los grandes proyectos de infraestructura.

La historia comienza después del terremoto de 2017, cuando Sabina regresa a su comunidad de origen. Entre los restos de la casa de su abuela Cecilia encuentra un huipil de cadenilla que despierta recuerdos y la obliga a mirar nuevamente sus raíces. La prenda se convierte entonces en una puerta hacia el pasado familiar, pero también hacia una historia marcada por la violencia, los silencios y la resistencia de las mujeres que la precedieron.

Para Santiago, quien es originaria de Ixtaltepec, el huipil representa un conocimiento que se transmite entre generaciones. Las formas, figuras y patrones que aparecen en la tela no son únicamente elementos decorativos, sino expresiones de una cosmovisión construida por las mujeres que los elaboran.

“Es un lienzo vivo que encapsula la cosmovisión y el saber de las mujeres que lo tejen”, plantea la autora. En su mirada, los huipiles funcionan como una segunda piel en la que pueden convivir memorias de amor y libertad, pero también experiencias de violencia que permanecieron ocultas.

El paisaje también guarda memoria

Uno de los ejes de la obra es la transformación del territorio istmeño. El huipil que oculta observa los cambios provocados por proyectos de infraestructura y por la instalación de parques eólicos, pero lo hace desde una perspectiva íntimamente ligada a quienes habitan esos espacios.

El hupil que oculta (Cortesía)

La pregunta no se limita a cuánto cambia un paisaje, sino a qué sucede con las comunidades cuando cambia aquello que forma parte de su memoria, sus prácticas y su manera de relacionarse con el entorno.

Frente a estas transformaciones aparecen también los rituales y las tradiciones que permanecen. Entre ellos está la balahana, conocida como ritual del rapto, una práctica que la protagonista cuestiona a lo largo de la historia y que permite a la obra preguntarse qué tradiciones deben conservarse y cuáles pueden ser revisadas desde el presente.

A través de Sabina, Cecilia y Palmira, la pieza construye distintas generaciones y experiencias de mujeres que están unidas por un territorio, pero también por aquello que han tenido que callar, enfrentar y transformar.

Entre lo ritual y lo contemporáneo

El lenguaje escénico de El huipil que oculta combina elementos rituales y poéticos con recursos contemporáneos. Uno de los principales es el videomapping, utilizado para construir una relación entre el cuerpo de la intérprete, las imágenes y el paisaje.

La tecnología no aparece únicamente como un recurso visual, sino como parte de un diálogo entre distintas temporalidades: las memorias familiares, las tradiciones de la comunidad y las transformaciones que atraviesa actualmente el Istmo.

En ese sentido, la puesta en escena construye un territorio que no es solamente geográfico. Es también emocional y simbólico. Ixtaltepec aparece como un espacio donde conviven los recuerdos de la infancia, los saberes heredados, las heridas familiares y las preguntas sobre el futuro.

La propuesta de Santiago parte así de una experiencia profundamente localizada para hablar de asuntos que pueden resultar universales: la necesidad de saber de dónde venimos, la relación que mantenemos con los lugares que habitamos y la manera en que las historias de nuestras familias terminan formando parte de nuestra propia identidad.

El huipil que oculta plantea que la memoria no siempre se encuentra en los grandes relatos históricos. A veces permanece cosida en una tela, escondida entre los restos de una casa o transmitida en silencio de una mujer a otra. Y cuando finalmente aparece, puede obligarnos a mirar de nuevo aquello que creíamos conocer.

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