
La historia suele imaginarse como papel, tinta y testigos. Sin embargo, hay un archivo más antiguo, silencioso y sorprendentemente preciso: el agua. Cada gota carga una firma química que revela por dónde viajó, qué clima la formó y qué tan lejos estuvo del mar. Esto es física y química funcionando a escala planetaria.
El agua la conocemos como H2O, pero ese “O” y ese “H” no siempre pesan lo mismo. Oxígeno e hidrógeno tienen isótopos: el mismo elemento (mismo número de protones) con distinto número de neutrones. En el agua predominan oxígeno-16 y, en menor proporción, oxígeno-18. En el hidrógeno domina H-1, pero existe una fracción pequeña de H-2, llamado deuterio. Se comportan casi igual, pero su diferencia de masa basta para que la naturaleza los separe poco a poco.
Todo empieza en el océano. Al evaporarse, el agua más ligera pasa a vapor con mayor facilidad, por eso el vapor que sale del mar suele ir “empobrecido” en oxígeno-18 y deuterio. Luego ese vapor se enfría, condensa y cae como lluvia. Aquí ocurre la parte clave: las moléculas más pesadas tienden a condensarse primero.
Así, conforme una nube avanza y va lloviendo, el vapor que queda se vuelve cada vez más ligero. Por eso, en términos generales, la lluvia cerca de la costa tiene una firma distinta a la lluvia tierra adentro, y el agua de zonas frías o altas suele ser aún más “ligera”.
La regla no es perfecta porque el clima es complejo, pero la tendencia es tan fuerte que se usa como herramienta.
Para medir esa huella se usan dos valores: δ18O y δ2H. El “delta” solo indica qué tan enriquecida o empobrecida está una muestra en oxígeno-18 y deuterio frente a un estándar. Y lo elegante es que, cuando se grafica δ2H contra δ18O, muchas aguas de lluvia caen cerca de una línea conocida como la “línea meteórica global”. Si una muestra se aleja de esa línea, suele significar que el agua vivió otra historia, por ejemplo, evaporación previa en superficie (presas, lagos, charcas) antes de infiltrarse. Es decir: no solo dice de dónde viene el agua, también sugiere qué le pasó.
Esto se vuelve todavía más útil cuando dejamos de hablar de “una gota” y pensamos en sistemas reales: un pozo, un manantial, una ciudad. En un acuífero, por ejemplo, la firma isotópica puede delatar si el agua viene principalmente de lluvias recientes o si es recarga vieja que tardó años en filtrarse. También puede mostrar si un manantial se alimenta de zonas altas (más “ligeras”) o de aportes locales (más “pesados”), e incluso si hay mezcla entre dos fuentes distintas, aunque el agua sea transparente y tenga el mismo sabor.
Ahora bien, lo más interesante es que esta firma isotópica la encontramos también en nuestro cuerpo. Nosotros incorporamos el agua que bebemos y la que viene en alimentos, y parte de esa señal queda registrada en tejidos. En especial, los dientes: el esmalte se forma en la infancia y luego casi no cambia.
Por eso, medir la firma de oxígeno en esmalte dental puede dar pistas sobre el tipo de agua que una persona consumió cuando era niño, y si coincide o no con el lugar donde vivió después. No te da una dirección exacta, pero sí ayuda a distinguir si alguien creció en un ambiente distinto (por ejemplo, más costero, más interior o de mayor altitud).
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Al final, la idea es simple: el agua no solo circula, también cuenta. Y los isótopos son el lenguaje con el que esa historia se puede leer. Esto no se limita al agua: el mismo principio se aplica a muchos otros procesos y a distintos elementos, desde suelos hasta tejidos y alimentos.
Por eso, en un vaso no solo tenemos agua; tenemos una firma del clima y de la geografía. Y, en cierta forma, esa firma también se queda con nosotros, guardada desde la niñez.