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Las bombas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki tenían un rendimiento aproximado de 15 kilotones y más de 20 kilotones, respectivamente. Para bien o para mal, esas cifras ya no representan el límite destructivo de la era atómica

Ciencia para todos: No todas las armas nucleares significan lo mismo

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Es común que, al leer noticias sobre los arsenales nucleares de distintos países, se caiga en la idea de que cada cifra en una gráfica representa el mismo nivel de destrucción. Sin embargo, no todas las armas nucleares son iguales. Cada una puede diferir en potencia, función y significado estratégico, y rara vez dos ojivas poseen exactamente la misma capacidad destructiva.

A comienzos de 2025, el SIPRI estimó que en el mundo existían cerca de doce mil ojivas nucleares repartidas entre un pequeño número de países, la mayoría de ellas concebidas con fines militares potenciales. Por su parte, ICAN calculó que, tan solo en 2024, los nueve Estados con armamento nuclear gastaron más de cien mil millones de dólares en sostener y modernizar sus arsenales. La cifra impresiona por su escala, pero también oculta una verdad fundamental: una ojiva no equivale a otra, ni en potencia, ni en función, ni en el papel que desempeña dentro de una estrategia militar.

La diferencia más visible está en el rendimiento explosivo. Ciertamente, Hiroshima y Nagasaki siguen siendo la referencia moral e histórica de toda conversación nuclear. Las bombas lanzadas sobre esas ciudades tenían un rendimiento aproximado de 15 kilotones y algo más de 20 kilotones, respectivamente. Para bien o para mal, esas cifras ya no representan el límite destructivo de la era atómica.

En el arsenal estadounidense actual, por ejemplo, conviven cabezas de 8 kilotones con otras de 90, 300 e incluso 455 kilotones. Esto significa que hoy existen armas con una potencia inferior a la de Hiroshima, pero también otras capaces de superarla varias veces. La diferencia importa porque el número bruto de ojivas no refleja por sí solo la fuerza destructiva real de un arsenal. Contar armas no es lo mismo que entender lo que cada una puede hacer.

No obstante, la potencia no es el único criterio relevante. Incluso dentro de rangos similares pueden existir diferencias importantes de clasificación y propósito. Por un lado, están las llamadas armas estratégicas, asociadas a la disuasión entre grandes potencias. Se trata de sistemas como misiles intercontinentales, submarinos balísticos y bombarderos capaces de alcanzar territorios lejanos. Su uso no solo implicaría la destrucción de ciudades enteras, sino potencialmente una alteración catastrófica del equilibrio global, por lo que su función principal ha sido, durante décadas, disuadir antes que emplearse.

Por otro lado, existen las armas no estratégicas o tácticas, pensadas para escenarios más limitados, con alcances menores o con un uso más vinculado al campo de batalla. Y es precisamente ahí donde surge una paradoja inquietante: un arma de menor poder destructivo no es menos alarmante en términos humanos. En ciertos contextos, puede resultar incluso más preocupante, precisamente porque podría parecer más “usable”.

Los principales actores en materia nuclear siguen siendo Estados Unidos y Rusia, que en conjunto concentran cerca del 87 por ciento del inventario global. Esa cifra por sí sola basta para mostrar que, aunque el debate nuclear involucre a varios Estados, el peso real del equilibrio atómico mundial continúa descansando en estas dos potencias.

Después de ellas aparece un segundo grupo con lógicas distintas. El Reino Unido mantiene su capacidad nuclear principalmente a través de sus submarinos. Francia, en cambio, conserva un modelo dual, basado tanto en submarinos balísticos como en sistemas lanzados desde aeronaves. Aunque ambos arsenales son mucho menores que los de Washington y Moscú, suman cerca de 500 ojivas entre los dos. Su objetivo, sin embargo, no es competir en volumen con las grandes superpotencias, sino asegurar una capacidad de represalia suficiente. Dicho de otro modo: menor cantidad no implica menor relevancia política.

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China, por su parte, se estima que contaba con alrededor de 600 ojivas en enero de 2025, lo que la convierte en la potencia con el crecimiento más acelerado en este terreno. Y lo interesante en su caso no es solo el aumento numérico, sino también la transformación estructural de su fuerza nuclear, que apunta a una expansión más ambiciosa y sofisticada.

Más abajo en la escala aparecen India y Pakistán, con arsenales considerablemente menores, que en conjunto suman alrededor de 400 ojivas. Sin embargo, su menor tamaño no significa que su importancia sea marginal. En contextos regionales marcados por tensiones históricas, incluso un número más reducido de armas puede tener implicaciones enormes.

Por esta razón, cuando se habla de los arsenales nucleares del mundo, la cifra total importa menos de lo que parece si se la considera de forma aislada. Lo verdaderamente decisivo es recordar que ese número agrupa objetos profundamente distintos entre sí: algunos están diseñados para la destrucción masiva entre superpotencias; otros, para la coerción regional. Algunos superan con creces la potencia de Hiroshima; otros poseen rendimientos menores. Unos permanecen desplegados y otros almacenados.

Contarlas es necesario, pero comprender qué representa cada una lo es aún más. Solo entonces se entiende, con toda claridad, que no todas las armas nucleares significan lo mismo.

@Rodrigo_MorenoP

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