Jalisco

En el marco del 50 aniversario de la Sociedad General de Escritores de México, maestros y estudiantes escriben sus experiencias en la Escuela SOGEM Guadalajara. Aquí el testimonio de la doctora Paty Sequeira, alumna de los talleres de Técnicas Narrativas y de Novela

SOGEM: El lugar donde aprendí a escuchar las palabras

Escuela de SOGEM Guadalajara, firme y en vísperas de su XXXVIII aniversario

Cuando llegué por primera vez a la escuela Sogem, llevaba conmigo una libreta casi vacía y una cabeza llena de historias que aún no sabía cómo nombrar. Sabía que quería escribir, pero no sabía exactamente cómo hacerlo. Las palabras estaban dentro de mí, desordenadas, como si esperaran a que alguien les enseñara el camino.

El salón era sencillo: mesas, sillas, algunas miradas curiosas y otras igual de nerviosas que la mía. Recuerdo que ese día escuché a alguien decir que escribir era aprender a observar el mundo con otros ojos. En ese momento no lo comprendí del todo, pero ahora sé que tenía razón.

Al principio todo parecía difícil. Encontrar la palabra exacta, construir un personaje que respirara, describir un sentimiento sin repetir siempre lo mismo. Sin embargo, poco a poco, clase tras clase, ejercicio tras ejercicio, algo empezó a cambiar dentro de mí.

La escritura comenzó a convertirse en una forma de mirar la vida.

Empecé a notar detalles que antes pasaban desapercibidos: la forma en que una persona suspira antes de hablar, la nostalgia escondida en una canción lejana, el silencio incómodo entre dos personas que se quieren pero no saben cómo decirlo. Comprendí que las historias no sólo viven en los libros, también habitan en las calles, en los cafés, en la memoria de la gente.

En Sogem no sólo aprendí técnicas narrativas. Aprendí a escuchar. A escuchar a los personajes, a las personas y, sobre todo, a escucharme a mí misma.

Con el tiempo, mi imaginación empezó a expandirse como un territorio nuevo. Las palabras comenzaron a llegar con más facilidad, como si hubieran encontrado finalmente su lugar. Mi vocabulario creció, pero no solo en cantidad, sino en profundidad. Descubrí que cada palabra tiene un peso, una emoción, una intención.

También me di cuenta de que escribir exige algo más que imaginación: exige sensibilidad.

Cada historia que escribía me obligaba a ponerme en la piel de alguien más. A entender sus miedos, sus deseos, sus contradicciones. Y en ese proceso, sin darme cuenta, también fui creciendo como ser humano. Me volví más consciente de las emociones propias y ajenas, más atenta a los matices de la vida cotidiana.

Es curioso: uno entra a una escuela pensando que aprenderá a escribir mejor, pero a veces termina aprendiendo a vivir con mayor profundidad.

Hoy, cuando abro la libreta nueva o me siento frente a una página en blanco, ya no siento aquel miedo del principio. Siento algo diferente; una especie de respeto por las historias que están por nacer.

Porque ahora sé que escribir no es solo juntar palabras.

Es observar, sentir, recordar, imaginar… y, sobre todo, entender el valor de convertir la experiencia humana en una historia que alguien más pueda leer y, tal vez, reconocer como propia.

Y todo comenzó en aquel salón de Sogem, con una libreta casi vacía y la intuición ––todavía tímida–– de que dentro de mí también vivía una escritora.

Paty Sequeira Rodríguez

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