Jalisco

Primero en la marcha que todavía conserva el espíritu de protesta. Después en la marcha que ya se parece a un carnaval. Dos formas distintas de ocupar la calle.

Una semana después, los “jochis” volvieron a salir a la calle

La primera fue la marcha chica: la de los activistas, las colectivas, las familias escogidas, los que todavía creen que protestar sirve para algo más que llenar fotografías. La segunda fue la marcha grande: la del espectáculo, los carros alegóricos, las marcas, los antros, los artistas invitados y las decenas de miles de personas que convierten el orgullo en una fiesta capaz de atravesar media ciudad. Parecen dos eventos distintos. En realidad son la misma historia contada con diferente volumen.

El sábado 13 de junio amaneció nublado. Desde temprano el Centro Histórico empezó a llenarse de gente. En Plaza Universidad aparecían grupos enteros vestidos de lentejuelas, botas imposibles, maquillaje que había requerido más horas de trabajo que algunas tesis universitarias.

Había quienes llevaban semanas preparando el outfit. Había quienes llegaron con una camiseta negra y una bandera arcoíris anudada al cuello. En una marcha así caben todos. A unos metros ocurría otra congregación. El Mundial.

La explanada del Fan Fest reunía aficionados que iban a ver futbol. La marcha reunía a quienes iban a celebrar otra cosa. En el lenguaje coloquial tapatío alguien resumió la escena de manera brutalmente sencilla: los jochis y los fifas compartiendo el mismo espacio. No estaban juntos, pero tampoco separados.

Unos caminaban rumbo a La Minerva. Los otros buscaban una pantalla gigante. Todos ocupaban la misma ciudad. Esto es Guadalajara en 2026: una ciudad capaz de organizar una fiesta mundialista y una marcha del orgullo el mismo fin de semana sin que ninguna de las dos cancele a la otra. Poco antes del arranque apareció la lluvia.

Guadalajara Pride 2026 (Universidad de Guadalajara)

No una tormenta seria, como la de la noche anterior. Apenas un aviso. Lo suficiente para obligar a detener el inicio del contingente. Lo suficiente para que algunos corrieran a proteger pelucas, maquillaje y teléfonos. Lo suficiente para arrancar carcajadas cuando alguien gritó que ni Dios había decidido todavía de qué lado estaba. Duró poco. Cuando acabó, la marcha comenzó a moverse.

Avanzaron los carros alegóricos. Detrás venían contingentes de empresas, organizaciones civiles, colectivos, familias, grupos de amigos, parejas de ancianos que probablemente nunca imaginaron que vivirían para ver algo así. Sonaban himnos pop desde distintos puntos. A veces Lady Gaga. A veces Gloria Trevi. A veces canciones menos populares, pero que igual terminaban bailándose.

La diferencia con la marcha de una semana antes era evidente. Aquí había más producción. Más dinero. Más escenarios. Más patrocinadores. Más selfies. También más gente. Mucha más gente.

Las avenidas se llenaron conforme el contingente avanzaba por Juárez. En el Parque Rojo se sumaban nuevos grupos. Frente al Paraninfo de la Universidad de Guadalajara aparecían quienes observaban desde las banquetas. En Chapultepec la multitud ya parecía una corriente continua de cuerpos, colores y música.

Desde afuera podría parecer que el carácter político se había diluido entre tanto brillo. Pero basta acercarse un poco para descubrir que las viejas demandas siguen ahí.

Una mujer trans sostenía una pancarta contra los crímenes de odio. Un grupo recordaba a quienes murieron por VIH cuando la indiferencia era política pública. Más adelante alguien cargaba la fotografía de un hijo que ya no está. Cerca de él, dos adolescentes celebraban su primer orgullo tomados de la mano.

La fiesta y la protesta nunca han sido cosas opuestas. La fiesta es la recompensa por haber sobrevivido. La marcha terminó donde suelen terminar las grandes ceremonias tapatías: en La Minerva.

Ahí esperaba un escenario, artistas invitados, música y discursos. Aparecieron figuras populares como Wendy Guevara y doña Lucha. Miles levantaron los teléfonos para grabar. Otros simplemente se quedaron mirando. Después de varias horas caminando, muchos parecían felices de haber llegado.

Las cifras, como siempre, entraron en disputa. Los organizadores hablaron de cientos de miles. Protección Civil y Bomberos de Guadalajara calculó alrededor de 81 mil asistentes. Las marchas del orgullo tienen esa costumbre: nunca se sabe exactamente cuántos fueron, pero siempre se sabe que fueron más que antes.

Y quizá esa sea la única cuenta que importa. Al final hubo saldo blanco. No es poca cosa. Durante décadas la noticia era que a los “jotos” les pegaban, los detenían o los corrían. Hoy la noticia es que decenas de miles pueden atravesar Guadalajara bailando.

No significa que todo esté resuelto. Significa que algo cambió.

Cuando cayó la noche y los últimos asistentes comenzaron a dispersarse, la ciudad volvió a parecerse a sí misma. Los vendedores recogieron mercancía. Los camiones retomaron sus rutas. Las avenidas se vaciaron. Los escenarios se apagaron. La fiesta se traslado a los antros. Esos mismos que aprovecharon su presencia en la marcha para promocionarse.

Y entonces quedó una sensación extraña. La de una ciudad que durante dos sábados consecutivos se vio obligada a mirarse al espejo. Primero en la marcha que todavía conserva el espíritu de protesta. Después en la marcha que ya se parece a un carnaval.

Dos formas distintas de ocupar la calle. Dos formas distintas de decir lo mismo: aquí estamos. Y cada vez son más difíciles de ignorar.

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