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Del altar al laboratorio: el renacer del amaranto

Hubo un tiempo en que el amaranto fue semilla sagrada, fue parte importante de rituales religiosos, con él se elaboraban figuras que representaban la vida, la muerte y el renacer; era alimento de los dioses y alimento cotidiano al menos de los mexicas, se adornaban templos con maíz, tules y flor de amaranto para celebrar la fiesta de Ochpanitztli y otras deidades de los pueblos que habitaron Mesoamérica.

Sin embargo, a diferencia de los otros granos, el amaranto tenía un uso que escandalizó a los conquistadores y al clero: se empleaba en ceremonias religiosas para modelar figuras de los dioses. Estas figuras se elaboraban con harina de amaranto mezclada con miel de maguey o sangre humana, que luego eran consagradas y repartidas entre los fieles en un acto simbólico de comunión con la divinidad (similar, irónicamente, al rito cristiano de la eucaristía), también se utilizaba en la variada cocina prehispánica cotidiana, a los tamales y tortillas de maíz solía añadirse amaranto tostado, también se agregaban capulines molidos, salsa o mulli de diferentes chiles e incluso miel.

El amaranto se cultivaba en toda Mesoamérica; los mayas lo utilizaban como parte de la dieta diaria, los purépechas, matlatzincas y mazahuas, tlahuicas y nahuas, rarámuri y wiraricas, para estos últimos aún es importante la planta para su alimentación, todo esto mucho antes de que existiera la palabra “nutracéutico o alimento super food” pero su esplendor fue truncado. Tras la conquista, el amaranto fue proscrito por asociarse con las ceremonias indígenas, la corona española, mediante decretos religiosos y civiles, prohibió su cultivo, venta y consumo en amplias zonas del virreinato.

Amaranto

Castigos y persecución

Las penas variaban según la región y el siglo, hay registros históricos claros, quienes persistían en cultivarlo o usarlo en ceremonias podían ser acusados por idolatría ante el Tribunal del Santo Oficio (la Inquisición), los castigos iban desde azotes públicos, confiscación de tierras, prisión o incluso pena de muerte en casos considerados reincidentes o “paganismo deliberado”. En documentos del siglo XVI y XVII, cronistas como Fray Bernardino de Sahagún y Diego Durán describen cómo las milpas de amaranto eran quemadas y los sembradores castigados para erradicar su uso ritual. En comunidades más aisladas, las familias ocultaban las semillas y las cultivaban en huertos pequeños o zonas montañosas, lo que permitió que la especie sobreviviera pese a tres siglos de represión cultural.

Su cultivo se redujo al silencio de las montañas, resistiendo en pequeños pueblos donde la memoria agrícola aún tenía voz.

Cinco siglos después, el amaranto ha regresado, no como reliquia, sino como promesa. Hoy ocupa un lugar en los laboratorios, en congresos internacionales y en la mente de científicos que ven en sus granos diminutos una respuesta posible a grandes preguntas: ¿cómo nutrir sin dañar?, ¿cómo generar alimentos que curen y no solo alimenten?, ¿cómo recuperar la sabiduría de la tierra con las herramientas de la biotecnología?

Amaranto

Una semilla de futuro

El amaranto (Amaranthus spp) desafía la lógica del olvido. Se adapta a climas áridos, soporta sequías, tiene una eficiencia fotosintética superior y una proteína comparable con la de la leche. En tiempos de crisis climática y deterioro de suelos, su resiliencia lo convierte en una joya agroecológica. Donde otros cultivos claudican, el amaranto florece.

Su composición es igual de extraordinaria: aminoácidos esenciales, calcio, hierro, magnesio, compuestos fenólicos y péptidos bioactivos. En términos nutricionales, representa una alternativa estratégica frente a la dependencia de granos importados. Y más allá de su potencial alimentario, es un puente entre el conocimiento ancestral y la innovación científica.

Del campo al laboratorio

En laboratorios mexicanos y en universidades de todo el mundo el amaranto está siendo redescubierto. Se estudia su efecto hipoglucemiante en varias universidades de nuestro país como en la Universidad del Valle de Atemajac, campus Guadalajara, su efecto antioxidante y antiinflamatorio; entre otros. La ciencia moderna, armada de microscopios y espectrofotómetros, confirma lo que los pueblos originarios ya sabían: que en esa pequeña semilla hay vida, fortaleza y equilibrio.

Pero su verdadero valor no está solo en sus moléculas, sino en lo que representa. Trabajar con amaranto es un acto de reconciliación entre el pasado y el futuro. Es reconocer que la ciencia no siempre inventa; a veces simplemente escucha lo que la naturaleza lleva siglos gritándolo.

Amaranto

El desafío del presente

A pesar de su enorme potencial, el amaranto enfrenta barreras invisibles: bajo apoyo institucional, escasa industrialización, poco consumo local y una cadena productiva fragmentada. Muchos productores siguen sin poder posicionar su cultivo en el mercado formal, y la mayoría de los consumidores lo conoce solo en forma de alegría, sin imaginar su valor nutricional ni su historia.

Es urgente construir puentes entre los investigadores, los agricultores y los emprendedores sociales. No basta con publicar artículos o generar patentes; necesitamos que el conocimiento se traduzca en bienestar tangible, en productos saludables accesibles, en políticas públicas que reconozcan el valor estratégico del amaranto dentro de la seguridad alimentaria nacional.

El regreso al altar

Tal vez el amaranto nunca dejó de ser sagrado. Solo cambió de altar: del templo mesoamericano al laboratorio, del fuego ritual a la centrifugadora. Cada vez que un investigador analiza sus compuestos bioactivos o una comunidad rural vuelve a sembrarlo, se celebra un mismo principio: la vida que renace.

En esa convergencia entre lo ancestral y lo científico, México tiene una oportunidad única: recuperar una semilla que resistió la conquista, la globalización y el olvido, y convertirla en símbolo de soberanía alimentaria y salud colectiva.

El amaranto no pide mucho: un suelo, un sol y una mente abierta. Lo que ofrece a cambio nutrición, resiliencia, identidad es, simplemente, la posibilidad de volver a empezar.

*Dra. Leslie Becerril Serna / UNIVA

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