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Cuando la sostenibilidad dejó de ser solo reciclar

Durante décadas, hablar de cuidado ambiental parecía reducirse a una consigna sencilla y cómoda: reducir, reutilizar y reciclar. Las famosas 3 R se convirtieron en un lema omnipresente en escuelas, campañas gubernamentales y envases de productos. Sin embargo, mientras el discurso se simplificaba, los problemas ambientales se volvían más complejos. Hoy, ante una crisis climática evidente, montañas de residuos y una economía basada en el descarte, resulta claro que las 3 R fueron solo el punto de partida.

El origen de las 3 R se remonta a finales del siglo XX, cuando comenzaron a discutirse estrategias para disminuir la presión sobre los recursos naturales y la saturación de rellenos sanitarios. Reducir implicaba consumir menos; reutilizar, alargar la vida útil de los objetos; y reciclar, reincorporar los materiales al ciclo productivo. En su momento, este enfoque representó un avance importante, pues trasladó parte de la responsabilidad ambiental al consumidor y abrió la puerta a una mayor conciencia ecológica. No obstante, con el paso del tiempo, el modelo mostró sus limitaciones.

El reciclaje, por ejemplo, fue elevado a la categoría de solución casi mágica, a pesar de que muchos materiales no se reciclan indefinidamente, de que los procesos consumen energía y de que una gran proporción de residuos nunca llega a reciclarse. Peor aún, el énfasis en reciclar sirvió, en muchos casos, para justificar patrones de consumo cada vez más acelerados. Consumir sin culpa se volvió posible siempre que el residuo terminara en el contenedor correcto.

Frente a esta contradicción, surgieron propuestas más amplias que dieron lugar a las 5, 7 y finalmente 9 R, integrando una visión más profunda de la economía circular y del impacto real del consumo. Las 9 R no sustituyen a las 3 originales, sino que las amplían y las ordenan jerárquicamente, priorizando la prevención sobre la gestión del residuo.

Economía circular

La primera de estas R es rechazar. Se trata de una acción incómoda pero fundamental: decir no a productos innecesarios, empaques excesivos o artículos diseñados para durar poco. Rechazar cuestiona directamente al modelo de producción actual y devuelve al consumidor un papel activo, no solo reactivo. En la práctica, esto se refleja en evitar plásticos de un solo uso, regalos promocionales inútiles o dispositivos que no necesitamos realmente.

La segunda es repensar, una invitación a analizar cómo y por qué consumimos. Repensar implica optar por servicios en lugar de productos, compartir en lugar de poseer y priorizar la funcionalidad sobre la moda. Plataformas de movilidad compartida, bibliotecas de herramientas o esquemas de renta son ejemplos claros de esta lógica aplicada al día a día.

Después aparece reducir, que retoma la R original, pero con un sentido más profundo. Reducir no es solo comprar menos, sino consumir con mayor criterio, elegir productos duraderos, locales y con menor impacto ambiental. En un contexto de crisis climática, reducir es probablemente la acción individual con mayor efecto positivo.

La cuarta R es reutilizar, que implica dar nuevos usos a los objetos sin transformarlos significativamente. Envases retornables, ropa de segunda mano o mobiliario restaurado son prácticas cada vez más comunes, impulsadas tanto por la conciencia ambiental como por la economía colaborativa.

A estas se suma reparar, una R especialmente relevante en tiempos de obsolescencia programada. Durante años, se nos ha enseñado que es más barato reemplazar que arreglar. Reparar desafía esta lógica y reivindica oficios, conocimientos técnicos y el derecho del consumidor a prolongar la vida de sus productos. Movimientos como el “derecho a reparar” muestran que esta R también es una demanda social y política.

La sexta es renovar, que consiste en actualizar o modernizar un producto para que siga siendo útil. En el ámbito tecnológico, por ejemplo, renovar puede significar cambiar componentes en lugar de adquirir un dispositivo nuevo. En la construcción, implica rehabilitar edificios existentes en vez de demoler y volver a edificar.

Luego encontramos recuperar, que se refiere al aprovechamiento de materiales o energía contenidos en residuos que ya no pueden reutilizarse o reciclarse de manera convencional. Aunque es una opción menos deseable que las anteriores, permite reducir el impacto final de ciertos desechos, siempre bajo estrictos controles ambientales. Un ejemplo de ello son las empresas dedicadas a recuperar los metales valiosos contenidos en la basura electrónica.

Solo entonces aparece reciclar, colocada casi al final de la jerarquía. El reciclaje sigue siendo importante, pero deja de ser el protagonista absoluto. Se entiende como una alternativa cuando las opciones previas ya no son viables. Es necesario hacer conciencia de que el reciclaje implica para el consumidor disponer el residuo en el sitio adecuado (contenedor) posteriormente será transportado a la planta industrial recicladora donde se transforma de manera que vuelve a quedar en forma de materia prima para posteriormente incorporarse nuevamente en el proceso para la obtención de un nuevo producto que en el mejor de los casos aproveche al 100 % la materia prima reciclada sin mezclarse con material virgen. Reciclar no significa reusar, estos términos suelen confundirse en el lenguaje coloquial.

Finalmente, la novena R es reintegrar o revalorizar, que busca devolver los materiales a la naturaleza o a los ciclos productivos de forma segura y funcional. El compostaje de residuos orgánicos o el uso de biomateriales biodegradables son ejemplos claros de esta última etapa.

Hablar de las 9 R no es una moda ni un ejercicio académico. Es el reflejo de una realidad incómoda, no podemos seguir gestionando residuos como si el planeta fuera infinito. Adoptar este enfoque implica cambios individuales, pero también transformaciones estructurales en la industria, las políticas públicas y los modelos económicos. Pasar de las 3 a las 9 R significa, en el fondo, aceptar que la verdadera sostenibilidad no empieza en el bote de basura, sino en la forma en que decidimos vivir, producir y consumir.

*Dra. Sandra Pascoe Ortiz / Profesora Investigadora, Universidad del Valle de Atemajac, Campus Guadalajara

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