El cerebro humano ha evolucionado de tal forma que se encuentra increíblemente especializado en una gran cantidad de funciones cognitivas es decir funciones mentales que permiten recibir, procesar, almacenar y recuperar información, y así resolver problemas, tomar decisiones y adaptarnos al entorno.
En comparación con otras especies, la organización de nuestros cerebros es única, alcanzando incluso un mayor tamaño relativo que otras especies. A pesar de lo anterior, es evidente que suceden instancias en las que la toma de decisiones no es el resultado de un proceso meticuloso y premeditado de pensamiento, sino que surge de una serie de creencias o afirmaciones equivocadas, las cuales, incluso, sostenemos con orgullo.
Pero ¿por qué si el cerebro humano posee una arquitectura que permite el cultivo de la inteligencia y el pensamiento intelectual, en ocasiones falla en hacerlo?
Particularmente, ¿por qué falla al momento de tomar decisiones importantes, como la elección de políticos y representantes de nuestro país? Bueno, si bien no es una respuesta sencilla y puramente científica, aquí te ofrezco una explicación desde la neurociencia.

Para empezar, debemos tener en cuenta que existen dos sistemas neurocognitivos mediante los cuales se toman decisiones: uno rápido, automático e irreflexivo e inconsciente, el cual es denominado sistema práctico (asociado a la amígdala y sus redes neuronales) y otro lento, reflexivo, consciente y esforzado, el cual se llama sistema analítico (asociado a la porción ventromedial de la corteza prefrontal).
Mientras que el primer sistema nos permite ahorrar tiempo y tomar decisiones efectivas en base a una cantidad limitada de información, el segundo sistema nos permite realizar análisis más profundos y acertados en circunstancias que permitan un tiempo más amplio de respuesta.
Ambas vías poseen una función evolutiva particular y son igual de importantes, sin embargo, hay instancias donde la activación del primer sistema en la toma de decisiones que requieran una mayor reflexión y consciencia nos puede llevar a caer en lógicas erradas o cometer “atajos mentales”.
A dichos atajos mentales se les conoce como heurísticas. Las heurísticas se pueden entender como reglas mentales que usamos para llegar rápidamente a una conclusión cuando no tenemos mucho tiempo para pensar.
Este fenómeno sucede con frecuencia en la política, sobre todo al momento de tomar decisiones electorales. Por ejemplo, imaginemos que en un debate presidencial vemos a un candidato hablar con seguridad y agilidad, usando frases emotivas y convincentes.
Sin realizar un análisis profundo de sus propuestas, muchos de nosotros coincidiremos en que esa persona “sabe lo que hace”. No obstante, esto no es necesariamente cierto y encaja en lo que se conoce como heurística de representatividad.
La heurística de representatividad consiste en realizar un juicio o pensar que algo pertenece a determinada categoría sólo porque coincide con la imagen mental que tenemos de esa categoría. Es decir, si nuestra imagen mental de un político competente es una persona que habla con seguridad, asumimos que cualquier candidato con dicha característica es apto para el puesto. A pesar de poder estar equivocados.
Otro ejemplo interesante y común es cuando vemos en redes sociales videos y noticias sobre corrupción de un solo partido y en consiguiente, llegamos a concluir que ese partido es el más corrupto a pesar de que otros partidos puedan tener escándalos similares o mayores.
En este caso, la decisión de votar por determinada agrupación política se basa en la información que resulta más fácil de recordar y no en una comparación objetiva de los hechos. A este fenómeno se le conoce como heurística de disponibilidad y consiste justamente en estimar la frecuencia y probabilidad de un evento solo en función de la facilidad con la que la información es accesible a la memoria.
Tener lo anterior en consideración es sumamente importante, pues en épocas electorales la mayoría de personas no tiene el tiempo, la energía o las “ganas” de revisar planes de gobierno completos, por lo que basan sus decisiones en señales rápidas como quién parece más honesto o quien se asemeja más a ellos. Dando lugar a inferencias que pueden derivar en conclusiones erróneas y heurísticas.
El tema adquiere relevancia particular en el contexto digital, donde la mayoría de la información política se recibe a través de formatos sintetizados, editados, sobre producidos e incluso, en ocasiones, pre-fabricados, los cuales están diseñados únicamente para favorecer nuestros puntos de vista. De manera que, lejos de incentivar el pensamiento crítico, los algoritmos de las redes sociales nos hacen proclives a tomar atajos mentales.
Ante este panorama, entrenar a nuestro cerebro para identificar, analizar y contrastar la información se vuelve una gran herramienta de cambio social, y por lo mismo, resulta urgente asumirlo como responsabilidad colectiva.
Al fin y al cabo, es la incapacidad de reconocer los propios errores lo que favorece el sesgo cognitivo, y una ciudadanía sesgada no puede sino, errar en su ejercicio político.