
Los Colegios de Ciencias y Humanidades (CCH) de la UNAM cumplieron en estos días 50 años de haberse creado. Soy egresado de uno de ellos, el sur, pero nunca he reparado demasiado en el hecho de haber cruzado mis años bachilleres por esta institución entre 1982 y 1985.
Pensar y escribir sobre el CCH no es un ejercicio sencillo. Al convocar a los fantasmas de la memoria aparecen de inmediato olores, canciones, sueños disipados, fragmentos irrepetibles de un tiempo ya casi olvidado.
De la música aprisionada para siempre en mi nostalgia de bachiller emerge con enorme fuerza la canción "El Huerto", de Jaime López y Roberto González, cuya letra forma la base de estas líneas memoriosas.
Cruzas las gastadas rejas amarillas en el Pedregal de San Ángel, y ya estás ahí, en el CCH Sur. Atrás ha quedado la delicada violencia de la secundaria como último rito de paso uniformado, vasconcelista, y con recreo: aquí no hay reportes, ni prefectos. Aquí puedes fumar o faltar a clases, o conspirar, sin temor a la expulsión. Aquí serás tú el único responsable de estudiar y de aprender –o al menos eso te dijeron–. Detente viajero, has llegado al CCH Sur, a la región más transparente de tu adolescencia.
Ya eres un número de cuenta que habrás de recordar toda la vida. El mío: 8383282-0. La confortable identidad sin referentes numéricos de los primeros años se hundirá a partir de ahora en el océano administrativo de la universidad. Semanas antes, cuando debiste presentar el examen de admisión en la desolación simbólica del Estadio Azteca, sabías que ya nada volvería a ser igual, la temprana mocedad quedaría superada entre decenas de alvéolos rellenados con lápiz del número dos.
Poco después, durante la cruel e impaciente espera del sobre con la resolución fatal, tu vida post secundaria navegaba sin sentido. Pero ahora debes alegrarte, no terminarás tus días en la prepa popular, ni en el CONALEP, no serás un "rechazado" –esa marca atroz en el Tsunami nacional de la educación masificada de la década de los ochenta–. Ya eres “Un Universitario”, así, con mayúsculas. No te tocó la prepa 6 pero, qué más da, al fin y al cabo tú también tendrás tu credencial con escudo azul y oro, tu pase automático, tu educación gratuita, tu goya, tu pase a la Biblioteca Central del mural de Juan O´Gorman, tu huelga, tu movimiento estudiantil.
El mundo parece ser más sencillo desde un salón de mesas corridas y pizarrón al frente como los del CCH. Miras a tu alrededor y aceptas resignado que de aquí en adelante no habrá más sillas con paleta individual. La pérdida de la inocencia era también la reinvención del mobiliario escolar como experimento pedagógico.
Adaptado más para el debate libre que para la cátedra tradicional, el salón del CCH alberga en sus paredes discusiones memorables, donde la sola mención de una palabra inusual otorga el pase directo al círculo de los que saben, de los que echan rollo. "en la coyuntura actual, compañeros, no hay consenso, sobre fulano asunto, y lo que dice el compañero son puras falacias fácilmente refutables por las leyes de la dialéctica".
Pero más efectivo aún que el apantalle verbal resulta el desenvainar –justo en el momento preciso– un sable demoledor con la cita textual de un personaje cobijado por el manto de lo irrefutable: ante una discusión atorada, arremeter escudados en Marx, Lenin, el Che, Rius, o Martha Harnecker, significaba que de un sólo golpe se había llegado a la esencia más profunda de "la neta".
Para los que cruzamos por el CCH antes del fin de la Guerra Fría, el mundo era fácil de entender. Todo se dividía en dos, y los bloques de mesas en el salón así lo confirmaban: en la historia había dos grupos eternos: los dominados y los dominantes; en la sociedad, ricos versus pobres, propietarios contra desposeídos; en la filosofía: materialistas en oposición a los idealistas; en la ciencias naturales: científicos versus empíricos; en la UNAM: la burocracia de rectoría y los charros del APAUNAM contra la coalición democrática de trabajadores, académicos progresistas y estudiantes; y en el país: el PRI contra el resto del universo.
La realidad misma se partía en dos: la estructura y la superestructura; y el mundo contemporáneo podía verse entonces como el último escenario de esta eterna división: el campo de naciones socialistas y democráticas, enfrentadas a muerte con el mundo decadente del imperialismo capitalista. Una última dicotomía: pesero o Ruta 100. Nunca, en esos años, tomé un taxi.
Pocos años después todo se vino abajo, menos los planes de estudio, y la vocación por los manuales de muchos de mis profesores. Martha Harnecker, la socióloga chilena autora de “Los conceptos elementales del materialismo histórico”, murió en 2019. No así su manual de introducción al marxismo que –espero equivocarme– sigue siendo libro de texto en el CCH.
La caída del muro, en efecto, no fue suficiente motivo para terminar con esta esquizofrenia ideológica. De manera sorprendente continúan en circulación entre escolares los manuales de la Harnecker, de Huberman, de Rius y de López Gallo, como testimonios apagados de un mundo que simplemente ya no existe.
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