
"Se le ordena”, son ahora mismo las tres palabras más temidas en El Salvador. Al menos entre las altas esferas, que ven cómo el nuevo presidente, Nayib Bukele, de 37 años, está despidiendo a decenas y decenas de altos funcionarios del anterior gobierno a través de Twitter. Cada oración empieza de esta manera y termina igual, con algún exfamiliar de algún alto cargo del izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) despedido.
Sin ir más lejos, el miércoles Bukele despidió a través de Twitter a todos los familiares del expresidente Salvador Sánchez Cerén: dos hijos, cuatro nietos y varias nueras y yernos. Casi nada. Pero no se ha tratado sólo de un movimiento político, pues Bukele ordenó, acto seguido, que esos puestos se ocupen con personas cualificadas o que, si no las encuentran, se congelen los cargos y se ahorren los sueldos.
Así, la nueva tuitocracia salvadoreña que arremete contra la casta, aquello que en México algunos llamarían “mafia del poder”, está causando furor, y Bukele, que tiene ya 784 mil seguidores en la red social, lo sabe. “Oficialmente soy el presidente más ‘cool’ del mundo”, tuiteó el jueves.
De hecho, el ya famoso “Se le ordena” se ha convertido en apenas días en un running gag que el propio Bukele usa para bromear en Twitter. El viernes, por ejemplo, llegó a “ordenar” al youtuber español “Perxitaa”, que tiene 1.7 millones de seguidores en la plataforma de Google, hacer “mejores videos” después de que éste le citara en un mensaje anterior.
Pero esta nueva manera de gobernar, que omite todas los canales institucionales tradicionales, no está gustando a todo el mundo, por supuesto. La oposición salvadoreña, donde ahora se encuentran los partidos que otrora se alternaban en el poder, considera que es una actitud “autoritaria”.
Otros sectores opositores han recriminado a Bukele centrarse demasiado en su estrategia de comunicación, y le piden que no pierda de vista la necesidad de tomar medidas para tratar de atajar la violencia de las pandillas y la pobreza que azotan al país.
Por ahora es imposible ver más allá de las declaraciones de intenciones, pero para centenares de miles de salvadoreños (el país cuenta con siete millones de habitantes), la mera llegada de Bukele al poder es un hito, porque rompe tres décadas de bipartidismo entre el izquierdista FMLN y la derechista Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).
Ya entonces se veía venir que su campaña sería un torbellino que amenazaba con arrasar con el bipartidismo, porque Bukele fraguó su fama durante su periplo como alcalde de la capital, San Salvador, a la que llegó en 2015, apenas cumplidos los 34 años. Su estilo moderno y desenfrenadamente digital le granjeó una popularidad que le propulsó en las elecciones presidenciales del pasado febrero, en las que se impuso con el 53 por ciento de los votos en la primera ronda, una mayoría absoluta que le ahorró concurrir a segunda vuelta.
La realidad es que parece difícil resolver la incógnita, porque si bien en 2012, cuando era alcalde de Nuevo Cuscatlán, se definió como “de izquierda radical”, en la misma entrevista para CNN en Español, cuando le cuestionaron, se escudó en que éste es un debate que ya caducó en el Siglo XX, y sentenció que “hablar de izquierdas o derechas en 2018 es un sinsentido”.
Por ello, numerosos de sus detractores le acusan de ser un populista antisistema, alguien que sólo busca la notoriedad a través de las redes sociales y que presenta una incógnita para el futuro de El Salvador.
Ésta fue la primera prueba de que Bukele deberá salir de su burbuja tuitera, enfrentar, sea con chamarra o saco, una realidad de la que los salvadoreños están hartos y hacer el trabajo para el que éstos lo eligieron.
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