Cultura

El imperio de la neomemoria, de Heriberto Yépez

Todo comienza con un hombre queriendo entregar una carta. Un hombre pesquisando direcciones; el segundo de esta estirpe. Lleva consigo un saco lleno de palabras de otros. Palabras que desconoce. Todo comienza con este hombre tocando tu puerta. Historia de un pantopista.

San Jerónimo penitente
San Jerónimo penitente San Jerónimo penitente (La Crónica de Hoy)

Going postal

Todo comienza con un hombre queriendo entregar una carta. Un hombre pesquisando direcciones; el segundo de esta estirpe. Lleva consigo un saco lleno de palabras de otros. Palabras que desconoce. Todo comienza con este hombre tocando tu puerta. Historia de un pantopista.

¿Puede una biografía explicar un imperio? Si hay una metafísica compartida, posiblemente. Y si nada explica, ¿se puede tachar de error a la locura? En la obranza de un hombre, encontrar la obranza de un imperio, merced el co-control por analogía. No contaré la historia de un individuo. Dejaré abrir la relación entre vida e imperio. Tocaré las fibras de una corpografía. Tocaré la estructura telefísica de un gobierno.

Nacido en 1910, en Worcester, Massachussets, Charles era hijo de Karl Joseph, un inmigrante sueco, que en América se convirtió en cartero. Probablemente desde ahí quedó marcada la vitalicia relación de Charles Olson con los epistolarios. Se trataba de un hombre que solamente parecía pensar mediante la correspondencia. Era un hombre partido, que sólo en diálogo sanaba, bajo la fantasía de que el otro era una parte suya, un rompecabezas curado. Este hombre es el emisario alocado.

El emisario de los dioses agonizantes de Oxidente y del imperio naciente de Estados Unidos. El poeta a quien casi unánimemente le ha sido atribuida la paternidad de los llamados “New American Poets” –la generación de los beatniks y la contracultura–y quien, al igual que Pound, Stein o Ginbsberg, es vaso comunicante para contemplar toda una civilización. Los pasos de Olson son una pista que conduce a los avatares del imperio. Biocrítica de la geopolítica.

Sus mejores ideas, este mensajero las lanzó o contrajo en cartas; aun sus ensayos y poemas son correos. Vida de Hermes herido: todo en él era remitencia y postal espera.

(Quién y carta son dos emisiones que se co-fantasean, que se co-rrealizan. Llegará el momento en que no habrá yo que pueda sustentarse sin su carácter de destinatario y remitente. Todo será postal; es este el sentido pleno de “Going Postal”. Esta postalización fundamentará las nuevas relaciones del siguiente imperio).

¿Tan lejos se sentía Olson del mundo que la más cercana comunicación requería la insondable distancia de la carta íntima-perorática? Durante toda su vida permaneció convencido de que las personas vivas y los documentos del pasado eran cartas recibidas, cartas para él. (En la panalogía todo se mira desde la perspectiva del destino o la sincronía. Todo ha devenido analogía arácnida). Entre él y su más inmediato prójimo siempre había siglos de distancia. Era ya miembro de una estirpe que a sí misma se encontraba mediante reunión de fantasmas. Para Pound, el poeta era la antena de una época; para Olson, su buzón desesperado.

Olson idealizaba a su padre. Su vida, en muchos sentidos, fue una continuación de la vida de Karl. (Eso ocurre cuando un padre no ha terminado su propia vida. Sus vástagos la continúan, pero para hacerlo, tendrán que dejar su propia vida incompleta; incompletud imposible de reparar, incompletud que será heredada, para que continúe el co-control transfamiliar, el juego invisible de la energía mermada, de la trasmisión de la intermitencia). Fue su padre quien instaló en Olson el deseo de convertirse en un estudiante destacado y fue él quien lo hizo interesarse en historemas de Worcester y Gloucester–historemas que luego se convertirían en epicentrismos de su obra poética–. Paradójicamente, su padre veía en su hijo Charles todo lo que él imaginaba que hubiera querido ser y Charles veía en su padre todo lo que él debía comprender. Cuando Olson lo recuerda en “The Post Office” (1948) menciona que para su progenitor “la educación eran los periódicos”. Curiosamente, para Olson la poesía siempre fue reportaje. Quizás ningún poeta norteamericano antes de él haya sido tan influido por la información periodística como Olson. Su poesía madura, basada en anecdotarios, cifras y personajes locales, es representativa de una época cuya forma sería otorgada por la información.

¿Qué es la información? El lenguaje transformado en intercambio; intercambio cada vez más estático. La información es el mundo estructurado por el diálogo sintagmático. La información funciona por compresión. Una era de silencio es regida por lo represivo; una era de información por lo compresivo. Toda palabra se volverá abreviatura en una esfera de individuos comprimidos, entre quienes se trasmitirá cada vez más comprimida información. Cada uno, un puerto de emisión y recepción; cada uno, un puerto que, finalmente, se volverá punto, átomo de información. Su única felicidad: devenir informemade alguna cibermnémica.

De su madre, Mary, Olson no parece tener memoria sublime. Él la convirtió en memoria patriarcal, probablemente porque así escomo ella misma se automemorizaba cada instante. De ella decía haber heredado la pereza y la vacilación. (De ella se suministró, sin duda, la laceración). La señora Olson era católica, supersticiosa; sumamente puritana en asuntos de “pecado” y cuerpo. Buena parte de la enorme distancia que Olson siempre tuvo respecto a su cuerpo la aprendió de su madre, para quien todo lo corpóreo era riesgo. No podemos comprender a Olson si no comprendemos el abismo temprano que su madre sembró entre él y su cuerpo, hasta llegarse a concebir como su lúgubre satélite o dorada nube. Cuando llegó a México, muchos años después, Olson se sorprendería, sobre todo, de la manera en que los descendientes de los mayas –afirma en “The Human Universe” (1951)– andaban a gusto consigo mismos, con la cercanía natural de sus propios cuerpos.

Era como si la distancia entre él y su corporeidad sólo pudiese ser reparada a través de un complicado sistema postal. Algo semejante le sucedía con las mujeres. Olson siempre se mantuvo lejos. Como su propio padre, a quien su madre había elegido precisamente por ser un hombre firme, al grado de haberse convertido, en un momento impreciso de su vida, en alcohólico. (La firmeza de un hombre es directamente proporcional a su vértigo evitado). Durante toda su vida Olson tuvo miedo al cuerpo femenino. Olson sabía que acercarse a la mujer no sólo era acercarse al cuerpo abierto que había aprendido a temer, a través de su madre, sino, sobre todo, acercarse a la mujer significaba, como él sabía muy bien, acercarse a su propio cuerpo. (¿Por qué mujer significa psicohistóricamente cuerpo? Porque la fantasía paralela indica que varón significa mente. Los géneros fueron instaurados para sobrevivir dualismos). La “mujer” es lo que el “varón” desconoce de sí. Y viceversa.

Para no acercarse, Olson, desde muy pronto, se hizo un estudiante devoto. Desde muy temprano procuró volverse culto, y es que para tener otro cuerpo, para hacer posible huir fantasiosamente del cuerpo real, nuestra civilización nos enseña a construir un cuerpo fantástico, el cuerpo de la información recabada, el cuerpo imaginario que se construye, digamos, a través de la lectura, elección de memorias ajenas, edición cibermnémica. Y el cuerpo, para aquellos que continuamos la ruta del co-cuerpo imaginario, el cuerpo del poema, el relato, el ensayo, el cuerpo del texto, se transforma en el cuerpo-de reemplazo. No quiero vivir aquí. Quiero vivir en el lenguaje.

La palabra es la isla a la que me voy mudando. El texto se irá convirtiendo en la historia de la pérdida de nuestro cuerpo. El texto es el bálsamo y el veneno.

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