
Celerina Patricia es una mujer que escribe en Tu’unÑuuSavi, que en español se conoce como mixteco; es también la autora del poemario InníIchí (Pluralia, 2013), con el que intenta, desde hace varios años, dar a conocer su cultura, las palabras y la fonética con que ellos nombran al mundo. A esta escritora le parece increíble que los mexicanos puedan distinguir con facilidad a un francófono, pero que sean incapaces de distinguir los sonidos de las lenguas originarias de México. Éste, su primer y único libro hasta el momento, tiene temas como su experiencia con su lengua y cultura, y el recibimiento o rechazo que los demás le han profesado.
Al hablar sobre su pasado y su comienzo en la poesía, cuenta que en los años 70 llegó con su familia a Santiago Juxtlahuaca para estudiar la educación básica. Comenzó a aprender español y a apreciar la poesía de los libros de texto y la que escuchaba en las festividades cívicas, “porque en Oaxaca hay una gran tradición de declamación para todas las festividades. Se declamaba poesía para el Día de la Bandera, para todo, y a mis nueve años y en una escuela donde la mayoría de los niños eran mestizos y sólo se usaba el español, el aprendizaje fue traumático, porque es cuando conocí qué era el racismo: me llamaban india, bajada del cerro, y yo no entendía del todo por qué me lo decían”.
Por esta experiencia, la poeta señala que en este país no ha existido una escuela en donde se enseñe el español como segunda lengua para las poblaciones indígenas, porque para ellos, éste “se aprende por inmersión, es a la fuerza, o lo aprendes o lo aprendes, y esto no va a cambiar hasta que no se rompa el círculo del racismo y la indiferencia hacia las lenguas”. Sin embargo, en aquellos años Celerina aprendió a declamar en español a López Velarde, a Nervo, a Gabriela Mistral, y recuerda con extrañeza cuando declamaba la poesía de Carmen Basurto, porque “ya nadie habla de ella, pero Basurto escribía poemas para las madres. Y cuando yo recitaba a mí me parecía maravilloso que se pudiera jugar de esa forma con las palabras”.
Con 15 años llegó a la Ciudad de México para ayudar a una familia en los trabajos domésticos y, a la par, estudió la secundaria, y como ya tenía la “cosquilla” de la poesía fue cuando comenzó a escribir, pero no en su lengua “porque en ese tiempo te decían que escribir en lengua indígena no se podía porque según no tenía gramática. Decían miles de pretextos, pero yo lo hacía e imitaba las rimas de Mistral. Tres años después me casé con una persona que venía con las ideas de lo que había pasado en el 68, de izquierda, y a él no le gustaba que leyera poesía porque le parecía literatura burguesa. Entonces me di cuenta que los hombres que estaban haciendo la revolución también eran marxistas-leninistas-machistas, y en ese momento era una joven que leía y escribía a escondidas”.
En esa etapa, Celerina escuchó y comenzó a leer a César Vallejo, a Otto René Castillo y Ernesto Cardenal, y así descubrió cómo desde la poesía estos escritores también cuestionaron lo que veían mal en sus sociedades: “conocí otra literatura, otra que no sólo sonaba bien. Y me di cuenta cómo la poesía me afectó como integrante de un pueblo indígena y de una sociedad en la que tampoco encajaba. Esto se cruzó con la lectura de Si me permiten hablar, de la aimara-quéchua, Domitila Barrios Chungara, y me vi en su historia, me reconocí. Domitila era esposa de un minero y habla sobre temas de su condición de indígena, de la discriminación. Y eso me pegó y dije ‘yo tengo que hacer algo’, porque estamos en el siglo XXI y no hay literatura de los pueblos indígenas”.
Tras la muerte de su esposo decidió retomar la literatura para reencontrarse con su lengua, lo cual fue complicado porque no tenía noción de su gramática, de que era una lengua tonal, nasal, algo diferente en absoluto al español. Hacia el año 2000, Celerina sólo conocía a otro escritor en su lengua, a Carlos Tachisavi, quien la ayudó con el uso de las grafías. Y así aprendió a escribir de manera autodidacta, porque “todos los escritores de lenguas indígenas, todos, empezaron a escribir de esta manera, nadie les fue a decir cómo debían hacerlo”.
“Todo esto provocó en mí la necesidad de que algo tenía que escribir. En el año 2000 tomé un curso de traductores indígenas que venía de un movimiento producto de lo que ocurrió en 1994 con el EZLN, y eso a mí me sirvió para saber que lo que yo pensaba no era una cosa de locos, sino que lo compartía con muchos más, pues antes de esto muchos de los que salieron de sus pueblos a estudiar jamás se reivindicaron después como indígenas. Yo no quería eso, sino lo contrario, por ello estudié la preparatoria y después me metí a estudiar lingüística en la ENAH, para conocer más sobre la lengua Tu’unÑuuSavi”.
Tras estos pasos, Celerina Patricia también estuvo en contacto con el movimiento Poetas en Construcción de Ciudad Nezahualcóyotl, al lado de Porfirio García, Cuitláhuac Macías, Juana Vázquez, entre muchos más, con quienes compartía el tema de la periferia y la migración, y quienes la inspiraron para que ella misma pudiera reunir, en el 2012, los textos de su libro, el cual estuvo pensado para que pudiera salir acompañado de un disco para que el lector tuviera la posibilidad no sólo de leer los poemas, sino de escucharlos en la lengua original:
“Porque lo que quiero es que mi lengua se conozca y que los nativo hablantes sepan escribir en la lengua y que sepan que hay muchas cosas más allá, que se redignifique mi región, al menos mi municipio, porque la región de los ÑuuSavi es muy grande, estamos en Oaxaca, Guerrero y Puebla, porque cuando empecé no había casi nada que ayudara a la difusión de las lenguas, hoy las redes han servido para reencontrarnos desde la migración, y fortalecer una parte de nuestra cultura, aunque sé que no es todo, pero ha servido de apoyo en la promoción de la lengua”.
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