
La canción francesa quedó huérfana con el fallecimiento de Charles Aznavour, a los 94 años y más de 70 en los escenarios, con los que mantuvo un idilio que prosiguió casi hasta su último suspiro.
El éxito tardío, que no le llegó hasta los 36 años, se prolongó hasta el final. De hecho, su muerte se produjo nada más regresar de una gira por Japón, cuando recuperaba fuerzas para lanzarse a otra serie de conciertos, que eran el oxígeno que le mantenía con vida, según confesaba en sus últimas entrevistas.
Aznavour se paseaba en los últimos días por Mouries, la localidad del sur del país. De allí salió a comer el pasado viernes y saludó a los habitantes, acostumbrados a su compañía amable.
Compuso un millar y medio de canciones, decenas de ellas tarareadas en todos los rincones del planeta; actuó en miles de conciertos en 92 países, en escenarios modestos y en los más prestigiosos; y cantó en seis lenguas diferentes.
“Sus obras maestras, el timbre de su voz, su brillo único, quedarán durante muchos años en el recuerdo”, escribió el presidente Emmanuel Macron en su cuenta de Twitter, donde le definió como la voz “de las alegrías y de las penas de tres generaciones”.
Difícil encontrar a un francés que no conozca “La Bohème”, “Je m’voyais déjà”, “For me formidable”, o el centenar de clásicos que le condujeron a la leyenda, cantados por él o compuestos para otros como Édith Piaf, Gilbert Bécaud, Serge Gainsbourg, Juliette Gréco, Maurice Chevalier o Johnny Hallyday.
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