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Las pasiones de Tina Modotti

Nació cuando el siglo XIX se moría. Creció, entonces, en el torbellino de un mundo cambiante. Como tantas otras mujeres de su generación, estaba destinada a mirar el mundo de una manera distinta, a caminarlo con pasos rápidos, desempeñando oficios que antes les estuvieron vedados a las mujeres, viviendo el amor de manera diferente, dejando huellas distintas. En busca de una vocación que dejó como legado 400 fotografías y nada más, hizo de México su asiento; aquí maduraron algunos de sus grandes amores, y aquí la muerte la arrebató.

Retrato de mujer joven en blanco y negro
Retrato de mujer joven en blanco y negro Retrato de mujer joven en blanco y negro (La Crónica de Hoy)

Era 1921 cuando aquella joven italiana pisó tierra mexicana, y el país la deslumbró. Tenía 26 años, de los cuales 17 los había pasado en su Údine, la ciudad donde estaban sus raíces. Después, las humanas ambiciones, la gana de una vida mejor, la pobreza, la empujaron a convertirse en una de tantas inmigrantes llegadas a Estados Unidos, donde ya estaban su padre y una de sus hermanas.

Corría 1913: la recién llegada se dedicó al oficio de los más humildes, el de costurera. Pero empezó a dar pequeños pasos como modelo y actriz. En 1917 se encontró por primera vez con el amor. ¿Quién era el elegido? Un artista y poeta candiense, Roubaix de l’Abrie Richey, “Robo”. Recién casados, se fueron a Los Ángeles, donde la muchacha terminó de abandonar el largo nombre que la tradición le había asignado en Údine. Cada vez fue menos Assunta Adelaide Luigia, y cada vez fue más “Tina”: un nombre breve, moderno, como ese mundo nuevo en el que se empezó a mover, y que la conocería como Tina Modotti.

La joven empezó a hacer carrera cinematográfica. Pero encontró algo que la atrajo mucho más: ese punto donde el arte y una palabra nueva, que corría por el mundo, se unían: revolución. Tina era hija de un obrero socialista, y seguramente, en sus visitas a San Francisco, escuchó hablar de sindicalismo, de la intensa politización de los trabajadores. Y empezó a enterarse de que los creadores, los artistas, también aspiraban a que sus obras fuesen agentes de transformación.

Fue entonces cuando conoció al fotógrafo Edward Weston.

Este hombre, 10 años mayor que ella, la atrajo poderosamente. Weston, nacido para la fotografía, explorador de manifestaciones abstractas en un arte visual que, hasta entonces había sido esencialmente realista, formaba parte de un grupo de artistas bohemios que solían reunirse en la casa de Robo y Tina. Ahí se hablaba de arte, de innovación, de revoluciones y de cambio social.

Se admiraron mutuamente: Weston veía en la italiana a un espíritu libre, con enormes ganas de vivir. Tina veía en el fotógrafo estadunidense una sólida capacidad técnica, un aprendizaje que había sido riguroso en su momento, y que en el presente en el cual se habían encontrado, se enfocaba hacia la exploración de nuevas posibilidades artísticas.

A la larga, fue inevitable que Robo se enterase de la relación amorosa que mantenía Weston con su esposa. Entonces, surgió la posibilidad de un cambio de aires, de mundo, que tal vez podría ayudar a rescatar la relación de pareja: Robo tenía una oferta de trabajo en México, de manera que viajó en busca de aquella oportunidad. Tina lo seguiría no bien se instalara.

Pero la muchacha sólo cambió de país para ver cómo Robo se moría de tuberculosis, en 1921. Enterado, Weston no lo dudó: se separó de su esposa Flora, con quien tenía 4 hijos, y se trasladó a México.

Aquí, se reunió con Tina. Vivieron juntos por espacio e cinco años, en los que no solamente fueron pareja. La muchacha aprendió de Weston los secretos del trabajo fotográfico, y colaboró con él en el estudio que montaron. Allí, Tina fue aprendiz y asistente del fotógrafo estadunidense, y empezó a desarrollar su propia obra.

La pareja se integró a un grupo de artistas que, en el México posrevolucionario, eran un grupo peculiar: a la casa que tenían Modotti y Weston llegaban personajes como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Xavier Villaurrutia, Germán y Lola Cueto, Nahui Olin, que una vez se llamó Carmen Mondragón y su inseparable Dr. Atl. Ahí estaban Fermín Revueltas, Jean Charlot. Carlos Mérida, Miguel Covarrubias. No eran solamente pintores los visitantes: frecuentaban la casa José Vasconcelos, Ernesto, El Chango García Cabral, Julio Torri, Salvador Novo, Manuel Maples Arce y muchos más. Tina, una mujer enormemente atractiva, era objeto de atenciones y requiebros por parte de algunos de esos personajes, como Rivera, Torri, Jorge Enciso y Xavier Guerrero. Usualmente, Weston se encelaba notoriamente, e insistía en dejar claro que el hombre, la pareja de Tina Modotti, era él.

Esa relación, la de la italiana y la estadunidense, tenía muchos rasgos igualitarios. Por ejemplo, ella era, además, socia del estudio fotográfico, circunstancia que le permitía ganar su propio dinero, sin depender de nadie. Tina y Weston no solo eran pareja, sino socios, colaboradores y amigos.

Esa peculiar forma de la vida en pareja no dejó de ser causa de escándalo y críticas para los que, en México, no estaban acostumbrados a tanta igualdad entre los sexos. Tina fue criticada por fumar, por opinar de arte, de negocios y de política, por trabajar y por posar desnuda para las fotografías que Weston le tomó. Aquellas fotos fueron muy atacadas: la italiana lucía lánguida, sensual, dotada de un atractivo perturbador.

Ambos estaban fascinados por la cultura mexicana, y ese encanto fue reflejado en su trabajo fotográfico. Barro, palmas, ollas, niños, mujeres mexicanas poblaron el trabajo de Tina. Al lado de Weston, se sentía segura, y con las mejores condiciones para trabajar y crear: “…estar cerca de ti por un momento, --poder soltar todas las emociones atoradas que me oprimen el corazón –podrías no estar de acuerdo con todo lo que te dijera—eso no importa, pero comprenderías la tragedia de mi alma, y sentirías conmigo, ¡Y eso no lo puede hacer todo el mundo!”.

Empezaron a ser frecuentes las disputas por los celos de Weston. Las fricciones, cada vez más frecuentes, hicieron que la pareja pensara en darse un tiempo. Weston resolvió, en los últimos días de1924, volver a Estados Unidos, a ver a sus hijos, a resolver su visado. Regresó en 1925, llevando a uno de sus hijos.

La relación se reanudó, pero no volvió a ser lo mismo. En ausencia de Weston, Tina se había acercado al Partido Comunista y miraba el mundo de otra manera. Trabajaba para la sección mexicana del Socorro Rojo Internacional,

Poco duró esa segunda etapa de la pareja. En 1926, Weston resolvió volver a Estados Unidos. La despedida fue triste pero definitiva: “La despedida de México será recordada como la despedida de Tina” —escribió Weston en su diario— “…nuestros labios se unieron en un beso interminable, hasta que nos detuvo el silbido de un gendarme… ¡vámonos! Los últimos abrazos –Tina con los ojos llenos de lágrimas. Esta vez, México es un adiós para siempre. ¿Y tú, Tina? Siento que debe ser una despedida para siempre…

Así terminaba su historia con Edward Weston. Lograron seguir siendo amigos. Se escribían con alguna frecuencia.

Por esos años, llegó en exilio político, el joven militante comunista Julio Antonio Mella. Era, si cabe el término, todo un “revolucionario”. Venía rodeado de un aura de leyenda: era uno de los fundadores del partido comunista cubano, y también lo era de la Liga Antiimperialista. Se hizo conocido por su público apoyo a la causa de Niccola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, condenados a muerte en Estados Unidos por un crimen del que ellos eran inocentes. Incluso, inició una huelga de hambre que duró 18 días. La presión era intensa, y Mella hubo de salir de Cuba en enero de 1926, para llegar a México, atravesando Centroamérica.

Olivia, su esposa, lo alcanzó poco después, pero ella volvió a la isla cuando la hija que esperaba nació muerta. Mella decidió quedarse en México, donde los grupos comunistas estudiantiles lo acogieron con entusiasmo. Tina, que seguía trabajando para el Partido Comunista Mexicano, y presidía la Liga Antifascista Mexicana, lo conoció en ese torbellino de actividad.

La pasión entre Modotti y Mella fue intensa y rápida, a pesar de que ella era siete años mayor que él. Pronto, decidieron vivir juntos, y Mella retomó sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional. Tanta seguridad sintió el joven cubano, que intentó, infructuosamente, que su madre y su hermana emigraran a México.

Pero esa emoción, esa alegría, apenas duró cuatro meses. Cuatro meses, suficientes para producir misivas apasionadas:

Por mi Tina, he tomado con mis propias manos mi vida y la he arrojado a tu balcón, cómplice de nuestros amores. Algunas veces he creído que soy un niño y me tienes lástima. Si no, explícame qué amor es este que me lleva a la desesperación. Dime cuál es la esperanza.

Si no deseas estar en México, nos vamos juntos a Cuba o a la Argentina. Tina, no está en mí suplicarte, pero a nombre de lo que nos amamos, dame algo cierto, algo que no sea humo. Conmigo no hay que temer, Allí va, no un beso, porque ya no tengo alma, pero sí un recuerdo muy cariñoso para mi madrecita. También esa lágrima que saltó sobre los tipos de la dactilográfica que tú has socializado con tu arte.

Salud, camarada”.

Tina no era solamente la amante, la pareja. Era, también, la compañera de lucha, la militante que lo entendía a la perfección.

El escándalo fue enorme, pero, al principio, las autoridades y la prensa trataron de orientar las investigaciones del caso como si se tratara de un crimen pasional. Daban a entender que las relaciones anteriores de la italiana constituían una fuente de sospechosos potenciales. El detective más afamado de la época, Valente Quintana, asumió el caso e interrogó personalmente a Tina, quien tuvo la entereza para colaborar en la reconstrucción de hechos.

Tina enfrentó con valor los ataques de la prensa. Siempre insistió en que el móvil del homicidio era político.

Poco a poco, las pruebas indicaron que el gobierno cubano había conspirado a matar a Mella. Pero Tina había sido ya señalada como una notoria comunista y fue perseguida a lo largo de todo ese año. A fines de 1929 logró montar una exposición en la Universidad, que fue clausurada a las 2 semanas. A poco, Modotti fue deportada.

Tina volvió a México diez años después. Volvía siendo todavía una convencida militante comunista y antifascista, y Lázaro Cárdenas quitó de su cabeza la vigilancia. Pero Tina regresó a morir. En 1942, un infarto le arrancó la vida, a bordo de un taxi. En esta tierra, que había sido el escenario de sus mayores pasiones, su vida terminó.

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