
Si hay otro motivo para el gran impacto que ha causado el asesinato de Moïse en Haití es que mientras el mundo ha vivido gran cantidad de magnicidios en los últimos 50 años –y lo veremos-, este es el primero ocurrido en el históricamente violento continente americano en 48 años. Concretamente, desde que el 11 de septiembre de 1973 el presidente de Chile, el socialista Salvador Allende, fue atacado por el ejército, que bombardeó el Palacio de la Moneda.
En su última comunicación por radio, a las 10:15 de la mañana, Allende proclamó: “Yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la consciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza; podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.
Tanques dispararon contra La Moneda. Hora y media después, lo bombardearon aviones, y finalmente, a las 2 y 20 minutos de la tarde, soldados irrumpieron en el palacio presidencial. Fue entonces cuando, según el relato de uno de sus médicos, Patricio Guijón, Allende se disparó en la cabeza con su fusil de asalto. En cualquier caso, se trató de un suicidio forzado; un magnicidio instigado por Estados Unidos, que no toleraba la deriva socialista de Chile, y que marcó la historia del país y de América Latina hasta el día de hoy, donde el país entierra definitivamente el legado del general golpista y dictador Augusto Pinochet con una nueva Constitución surgida de la voluntad popular.
La historia relaciona inevitablemente a Indira Gandhi con Mahatma Gandhi, símbolo global del pacifismo y la desobediencia civil como forma de lucha social, aunque en realidad no estaban emparentados. Mientras que uno de los principales fundadores de la nación india murió asesinado en 1948, poco después de la proclamación de la independencia de India del Raj británico, la mandataria, primera y única mujer en dirigir el país hasta la fecha, fue asesinada a tiros el 31 de octubre de 1984. Su caso tiene menos glamur, pero no poca relevancia, pues Indira Gandhi es la segunda persona que durante más tiempo ha sido primera ministra india: 11 años y medio, de 1966 a 1977 y de 1980 hasta su asesinato, solo por detrás de su padre, el héroe fundador de la nación y primer mandatario del país, Jawaharlal Nehru (1947-1964).
Indira Gandhi fue asesinada por dos de sus guardaespaldas, Satwant Singh y Beant Singh, ambos de la etnia minoritaria sij, como venganza por la llamada Operación Estrella Azul, en la que el ejército indio irrumpió en, y destruyó en buena parte, el Templo Dorado de Amritsar, Punjab indio, en una operación militar contra Jarnail Singh Bhindranwale, un líder religioso y espiritual sij que respaldaba la iniciativa independentista de crear Jalistán, un estado sij entre los Pujab indio y pakistaní. Bhindranwale fue asesinado, entre unos 500 sij más, entre ellos peregrinos. También se destruyeron manuscritos sagrados sij y otros tesoros.
El sonado magnicidio de Olof Palme estuvo de actualidad de nuevo el año pasado cuando, el 10 de junio, la fiscalía cerró su investigación especial sobre el crimen dando la misma respuesta que todo el mundo ya sabía, pero que no convence del todo a nadie: El asesino fue el llamado “hombre de Skandia”, Stig Engström, conocido así porque trabajaba como diseñador gráfico para dicha empresa. Engström estuvo en la calle en el lugar de los hechos aquel 28 de febrero de 1986 e incluso habló con la prensa sobre lo que acababa de ocurrir, pero aunque la policía le interrogó varias veces, nunca pudo procesarlo.
Escena del asesinato de Olof Palme, en la calle Sveavägen, una de las principales de Estocolmo, el 28 de febrero de 1986 (EFE).
El hombre de Skandia se suicidó a los 66 años, en junio de 2000 sin que jamás confesara ni se pudiera probar a ciencia cierta su culpabilidad. Su versión siempre fue que fue el primero en atender al primer ministro porque se lo encontró malherido tras salir de trabajar.
El porqué del magnicidio de Palme continúa siendo un relativo misterio. El socialista fue primer ministro sueco entre 1969 y 1976 y de nuevo desde 1982 hasta su muerte, años, estos últimos, en que se convirtió en una de las primeras voces de Occidente contra el apartheid sudafricano. Por ello, se ha especulado con que el crimen lo patrocinaran los servicios secretos de Sudáfrica, aunque esta teoría, como varias otras, nunca se ha demostrado.
Quizás a bote pronto el nombre de Juvénal Habyarimana no diga gran cosa, pero su magnicidio es sin duda uno de los más relevantes de las últimas décadas, porque es clave para entender el genocidio de Ruanda de 1994, cuando fueron exterminados en apenas tres meses entre 500 mil y 1 millón de hombres de la minoría tutsi, cerca del 70 por ciento de su población, y fueron violadas entre 250 mil y 500 mil mujeres de la misma etnia. El no haber actuado ante el genocidio rampante es sin duda el mayor fracaso reciente de la comunidad internacional.
En primer lugar, hay que entender que en realidad no hay diferencias físicas entre hutus y tutsis, y su división la implementó el gobierno colonial belga con el fin de controlar y subyugar a la sociedad ruandesa.
Tras la independencia de Ruanda de Bélgica en 1962, Habyarimana, de la mayoría hutu, se erigió en dictador a partir de 1973, y a inicios de los noventas, entre el aumento de las tensiones, se mostró como “moderado” y buscó dialogar con el Frente Patriótico Ruandés (FPR), una guerrilla tutsi. Sin embargo, el 6 de abril de 1994 lo alcanzó un misil a bordo del avión en el que viajaba junto al presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, también hutu. Tras el doble magnicidio, los hutus radicales, que también rechazaban la postura de Habyarimana, tomaron el poder y comenzaron la campaña de genocidio contra los tutsis.
El magnicidio de Isaac Rabin es, quizás, el que ha demostrado tener un impacto mayor y más duradero para la población, pues con su muerte se diluyeron rápidamente las esperanzas de paz entre Israel y Palestina. Y mientras a inicios de los noventa, bajo su liderazgo y la del palestino Yáser Arafat, esta parecía más cercana que nunca, doce años de mandato del ultranacionalista Benjamin Netanyahu en Israel, aunque ya esté fuera del poder, y catorce años de poder del grupo terrorista Hamás en Gaza, la sitúan más lejos que nunca.
Rabin fue el artífice de los famosos Acuerdos de Oslo de 1993, que instauraban la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y marcaban un camino hacia la llamada Solución de los dos Estados, unos acuerdos que le valieron junto a Arafat el premio Nobel de la Paz de 1994, también junto a Shimon Peres, presidente israelí. Este carácter moderado y dialogante con Palestina le granjeó odio entre los ultranacioanlistas y derechistas israelíes, como es el caso del partido Likud de Netanyahu. Así, el 4 de noviembre de 1995, justo al terminar una manifestación contra la violencia y en favor de los Acuerdos de Oslo, el ultranacionalista Yigal Amir, le pegó dos tiros por la espalda. Actualmente cumple cadena perpetua.
El asesinato de Muamar Gadafi durante el inicio de la guerra civil en Libia, el 20 de octubre de 2011, fue el primer magnicidio de la era de las redes sociales. Tras su captura en su pueblo natal de Sirte, donde se había refugiado, el dictador fue asesinado por una turba de civiles y rebeldes: Varias personas apuntan con sus celulares hacia el cuerpo inerte del dictador en una imagen del cadáver que dio inmediatamente la vuelta al mundo.
Gadafi dirigió Libia con puño de hierro durante 42 años hasta su asesinato, en el marco de la Primavera Árabe y el levantamiento militar rebelde. Tras caer la capital, Trípoli, el dictador huyó a Sirte, su ciudad natal, pero esta cayó también pronto, bajo el respaldo de la OTAN a la ofensiva rebelde.
Por décadas Gadafi tuvo el apoyo unánime de Occidente gracias a los recursos naturales de Libia. Unos recursos que aún hoy en día, en una guerra de baja intensidad pero que parece no tener fin, los rebeldes del general Jalifa Hafter disputan al gobierno respaldado por la ONU.
1- Salvador Allende (Chile, 1973)
2- François Tombalbaye (Chad, 1975)
3- Mujibur Rahman (Bangladesh, 1975)
4- Marien N’Gouabi (Congo-Brazzaville, 1977)
5- Park Chun-hee (Corea del Sur, 1979)
6- Anwar el-Sadat (Egipto, 1981)
7- Bashir Gemayel (Líbano, 1982)
8- Indira Gandhi (India, 1984)
9- Olof Palme (Suecia, 1986)
10- Rashid Karami (Líbano, 1987)
11- Thomas Sankara (Burkina Faso, 1987)
12- Mohammed Boudiaf (Argelia, 1992)
13- Juvénel Habyarimana (Ruanda, 1994)
14- Cyprien Ntaryamira (Burundi, 1994)
15- Isaac Rabin (Israel, 1995)
16- Ibrahim Baré Maïnassara (Níger, 1999)
17- Laurent-Désiré Kabila (RD Congo, 2001)
18- Joao B. Vieira (Guinea Bissau, 2009)
19- Muamar Gadafi (Libia, 2011)
20- Jovenel Moïse (Haití, 2021)
En 1913, tras el fin de la dictadura de Porfirio Díaz, Francisco I. Madero y su vicepresidente, José María Pino Suárez, fueron asesinados en el Palacio de Lecumberri por hombres del general golpista Victoriano Huerta, se dice que apoyado por EU.
Tras caer la dictadura, Venustiano Carranza corrió la misma suerte en 1920: hombres del general Rodolfo Herrero lo masacraron en la cabaña donde descansaba en Puebla.
Finalmente, Álvaro Obregón, que era presidente electo, fue asesinado el 17 de julio de 1928 en el restaurante La Bombilla de San Ángel, Ciudad de México; nunca se ha esclarecido la autoría.
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