
Si el asesinato de Kim Jong-nam fuese el guion de una película de espías de la Guerra Fría, la crítica la habría atacado sin piedad, por poco creíble, y la habría mandado al subgénero fantasioso de la saga de James Bond. Pero, como sabemos, la realidad muchas veces supera a la ficción.
Lo último que conocemos sobre este rocambolesco crimen, ocurrido hace dos lunes en el aeropuerto de Kuala Lumpur (Malasia), se conoció ayer, cuando el secretario malasio de Salud anunció que el agente nervioso VX que mató a Kim Jong-nam no lo hizo en dos horas, como se dijo en un principio, sino en 15 minutos.
Es un veneno tan letal (bastan 10 miligramos), que la ONU la considera un arma química de destrucción masiva, prohibida por la Convención de Ginebra y que pocos países lo fabrican, entre ellos Estados Unidos, China y, casualmente, Corea del Norte.
A finales de 2013, la televisión norcoreana declaró que el “número dos” del régimen, Jang Son-thaek, tío de Kim Jong-un, al estar casado con una hermana del fallecido líder Kim Jong-Il, había sido condenado a muerte por intentar defenestrar a su sobrino. “Esa escoria humana, peor que un perro, llevaba una vida disoluta y depravada”, comentó casi a gritos la presentadora del noticiero. Lo de “peor que un perro” no fue un detalle sin importancia. Según la prensa de Hong Kong, el caído en desgracia murió dentro de una jaula devorado por 120 perros hambrientos. La salvaje escena fue presenciada, al parecer, por el propio joven Kim Jong-un y 300 dirigentes del régimen, para que sepan qué les espera si cometen un error.
La indonesia Siti Aisha y la vietnamita Doan Thi Huong, detenidas poco después del crimen, declararon que unos hombres la habían contratado para gastarle una broma a la víctima para un programa de televisión a cambio de 90 dólares. Según confesaron, pensaron que el agente VX, de aspecto oleoso, sin color, olor ni sabor, era aceite para bebés.
En un video se muestra el momento en que Kim Jong-nam alza su vista a una pantalla de información de vuelos. Después se ve a una mujer que se le acerca y lo agarra desprevenidamente por la espalda, mientras que la otra mujer le rocía la sustancia desconocida en su rostro. Kim hace un movimiento para zafarse de la mujer que lo agarra y se dirige nervioso a una empleada del aeropuerto a contarle el extraño suceso. Las atacantes, como si nada hubiera pasado, se van cada una por su lado. Minutos después, el norcoreano empieza a convulsionar y muere en el hospital.
Mientras tanto, cuatro norcoreanos que supuestamente vigilaban los movimientos de las dos mujeres, tomaron de inmediato un vuelo de regreso a Pyongyang.
Es cierto que su extravagante comportamiento quizá lo heredó de su madre actriz y de su padre, muy aficionado al whisky y a las películas de Hollywood, pero escapar del país para ir a hacerse fotos con el ratón Mickey y Rico McPato es difícilmente soportable para la propaganda estalinista.
El escándalo le costó el “derecho dinástico” de gobernar, mismo que perdió su hermano Kim Jong-chul, aficionado a la guitarra, pero demasiado afeminado para su padre, quien se fijó así en su hijo menor, Kim Jong-un.
La sentencia de muerte de Kim Jong-nam la firmó Kim Jong-nam en 2012 desde su exilio en Macao y ya con su hermano menor en el poder. Desde la capital asiática de los casinos (otro símbolo capitalista), cometió el error de criticar el sistema de sucesión dinástica que benefició a su hermano menor.
Ese mismo año, un agente norcoreano desertor confesó a las autoridades surcoreanas que lo dejaron salir del país para matarle en un atropello. Al enterarse, Kim Jong-nam pidió clemencia a su hermano.
El mensaje “caligulesco” de Kim Jong-un le llegó el pasado 13 de febrero en forma de “aceite para bebés” aparentemente inofensivo.
Copyright © 2017 La Crónica de Hoy .

