
El etnomusicólogo Thomas Stanford (Estados Unidos, 1929- Ciudad de México, 2018) que dedicó su vida a recorrer más de 300 comunidades indígenas del país para documentar su música hasta lograr inscribir dicho patrimonio sonoro como Memoria del Mundo ante la UNESCO en 2010, falleció ayer por la mañana a los 89 años, a causa de complicaciones de una fibrosis pulmonar, confirmó su esposa Elizabeth Bocanegra.
Las instituciones culturales anunciaron que será el 17 de enero de 2019 cuando la Fonoteca Nacional —recinto en donde se resguardan 5 mil soportes grabados por Stanford—, rinda un homenaje póstumo al investigador.
En entrevista, Camilo Camacho, encargado del Acervo Thomas Stanford de la Fonoteca Nacional, detalló que en Francisco Sosa 383, Coyoacán, se preservan 587 cintas de carrete, 16 audios digitales, 1 casete, 103 discos compactos, 124 archivos en formato Dat, 444 discos de 33 rpm, 12 discos de 45 rpm, 9 discos de 78 rpm, 55 DVD, 3 cintas VHS.
“Son grabaciones de música indígena y mestiza de varias regiones del país. Es un archivo que Thomas conformó a mediados del siglo pasado hasta que dejó de hacer grabaciones en campo, esto es, hasta 2007 aproximadamente”, indicó.
Ese acervo fue reconocido en 2010 por la UNESCO como Memoria del Mundo y añade, se encuentra en un buen estado de conservación. “Como es patrimonio se ha avanzando bastante en su digitalización y documentación porque se tuvo que entregar un documento con las grabaciones, el estado de conservación de las mismas y un catálogo”.
Los sonidos que Stanford preservó en cintas son de los pueblos otomíes, totonacos, popolocas, yaquis, mixtecos, tsotsiles, tseltales, nahuas, mayas, zapotecos, amuzgos, chontales y choles, entre otros.
“En cuanto a entidades, nos dejó el registro de 20 estados y música de al menos 23 pueblos indígenas. Es un archivo importante que se ha difundido con colecciones de discos en Puebla, con el sello Urtext y con el INAH”, destacó Camacho.
La Fonoteca Nacional también resguarda la colección de libros del etnomusicólogo, integrada por mil 252 títulos, muchos de los cuales son primeras ediciones.
De acuerdo con Marina Alonso Bolaños, investigadora del INAH, Stanford regresó de Japón para estudiar música en The Juilliard School, Nueva York; Southern California, Los Ángeles, y North Carolina, en Greensboro; después, llegó a México, a mediados de la década de 1950.
“Una vez establecido en México, quiso doctorarse en la Escuela de Posgraduados de la UNAM donde buscó a Vicente T. Mendoza por recomendación de Carlos Chávez, a quien había conocido años antes en Nueva York. Pero ni en la Escuela Nacional de Música (hoy Facultad de Música de la UNAM) ni en el Conservatorio Nacional de Música ofrecían a Thomas Stanford la perspectiva antropológica e histórica que requería para abordar los fenómenos musicales”, narra en la revista Rutas de Campo (enero-junio 2017).
Por ello, el investigador se inscribió en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) para estudiar lingüística antropológica con Mauricio Swadesh y Fernando Cámara Barbachano. Posteriormente, emprendió sus primeros viajes: Jamiltepec, en la Costa Chica de Oaxaca (1957) y Los Altos de Chiapas (1957-1958).
Stanford instaló laboratorios para lingüística y grabación en el Museo Nacional de Antropología, creó radiodifusoras indigenistas y gracias al apoyo que le brindó Rodolfo Stavenhagen creó la fonoteca de la Dirección General de Culturas Populares.
“De cara a la existencia de un número de culturas musicales que se proyecta hacia el infinito, podemos decir que son pocas las que se han documentado de manera adecuada por los etnomusicólogos en México y en el mundo. Ante eso, es necesario impulsar, como una primera prioridad, la acumulación de esa experiencia práctica que sólo puede basarse en el trabajo de campo”, escribió Thomas Stanford en Rutas de Campo (enero-junio 2017).
En esa misma publicación titulada Experiencias de trabajo de campo de un etnomusicólogo, el experto, a quien el INAH le debe su primer Catálogo de Músicas Tradicionales y Lenguas Indígenas, narró que en un viaje a Zinacantán, Chiapas, causó la envidia de sus compañeros porque los chiapanecos sólo le compartían a él sus experiencias.
“El admirar la música de otros equivale a halagarlos personalmente. No era que Thomas Stanford fuera muy buena gente ni que tuviera una técnica de trabajo más atinada que la de los otros jóvenes investigadores, era el tema mismo de su investigación lo que complacía a los informantes”, escribió.
Al respecto María Elisa Velázquez, investigadora del INAH, reconoció que su compañero de trabajo fue uno de los pioneros en la etnomusicología en México.
“Fue fundamental para los estudios posteriores, las grabaciones que hizo en campo de expresiones musicales y que muchas de ellas hoy ya se han acabado, ya no están. Fue uno de los precursores de la etnomusicología en México porque en los tiempos cuando comenzó a estudiar Stanford había pocos etnomusicólogos, de hecho siguen siendo pocos etnomusicólogos pero en aquella época los contabas con las manos”, comentó vía telefónica.
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