
“Ningún Dios o gran diseño puede doblegar el mundo y sus posibilidades a mi voluntad. […] Debemos actuar sin esperanza”. Con estas palabras, Jean-Paul Sartre expresaba su filosofía de la desesperación. Cuando uno mira atentamente la realidad con sus tremendas dificultades, no es difícil presentir ese nubarrón de amargura que nos sugiere que vivimos en un mundo sin esperanza: tanto dolor, injusticia, guerras, desastres naturales, hambre, frivolidad, muerte… Parece que nadie puede ponerle remedio a nuestro mundo y que lo único que nos queda es soportar el trago amargo de la vida con la cabeza en alto.
Ante esta situación, el cristianismo nos recuerda cada año que sí hay esperanza. No se me malentienda. No pretendo sugerir que el cristiano es un ingenuo optimista. El cristiano de verdad sabe que en efecto hay algo tan roto en la existencia humana, que la humanidad por sí misma no es capaz de remediar. En palabras del obispo Robert Barron: “somos miembros de la disfuncional familia humana, y el egoísmo, el miedo, la violencia y el orgullo se arrastran por nuestras instituciones y dentro de nosotros”. Esta sombra que cubre la existencia humana no se puede superar con recursos meramente humanos, ya sean políticos, psicológicos, religiosos, etc.
Más aún, hemos constatado una y otra vez que cuando nos engañamos a nosotros mismos con falsas esperanzas terminamos decepcionados. ¿Cuántas promesas políticas han terminado en terribles dictaduras? ¿Cuántos movimientos han prometido liberación y han traído más dolor y opresión para los más vulnerables que se han dejado engañar? No obstante, aunque el cristianismo es muy realista en cuanto a los límites de la existencia humana, al mismo tiempo anuncia a los cuatro vientos una gran esperanza que no proviene de este mundo, sino que ha entrado en nuestro ámbito para ofrecernos la liberación que anhelamos.
El filósofo Gabriel Marcel insistía en que la verdadera esperanza solo puede basarse en lo que no depende de mí. Esperar es abrirse a recibir algo que no es mío, algo que sale a mi encuentro. Por eso, solo puede haber esperanza desde la humildad y no desde el orgullo. En ese sentido, el Adviento nos recuerda que en efecto podemos y debemos tener esperanza, pero no por ninguna gran promesa política, sino porque algo que no depende de nosotros nos ofrece el don de la redención que anhelamos. Dios no es como se lo imaginaba Aristóteles: un pensamiento que se piensa a sí mismo que no se involucra en nuestras cosas. No. Dios no es indiferente a lo que le ocurre a la existencia humana.
Él sabe de nosotros y se acerca a nosotros ofreciéndonos la esperanza que no podríamos producir ni alcanzar con nuestras propias fuerzas. En otras palabras, Dios no es una inteligencia clausurada en sí misma, sino que es un Logos, una Palabra que nos interpela y de esa forma ilumina nuestra existencia. Con su advenimiento, con su generoso acercarse a nosotros como una madre se acerca a su hijo indefenso para alimentarlo, hace que el mundo no sea un lugar inhóspito, sino un lugar en el que nos podemos encontrar con el amor tierno de Dios, incluso en medio de las más duras adversidades. Esta época del año nos invita a dejarnos alcanzar por Dios, a dejar que la esperanza entre en nuestras vidas.
Adviento quiere decir, literalmente, advenimiento, venida, acercamiento, llegada. Celebramos, precisamente, que Dios no es ajeno a nuestras vidas, sino que se acerca, nos extiende la mano, sale a nuestro encuentro. Dios adviene a nosotros y se involucra en nuestra historia. Cuando uno abre el Evangelio, lo primero que lee es una larguísima genealogía de 42 generaciones que recorren la historia desde Abrahán hasta Jesucristo. Es como si el autor quisiera hacernos percibir el intenso realismo histórico de lo que está por narrar. No se trata de un mito o una leyenda inventada, sino que se contará la historia de alguien real, de carne y hueso, que caminó por nuestro mundo. Al mismo tiempo, en la cantidad de nombres que se van leyendo, uno puede ver condensada la historia de Israel, que por largos y dolorosos años ha esperado con intensidad la promesa de ese Mesías que está por venir. El Catecismo de la Iglesia explica que “la venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos”. Las cosas grandes requieren de una espera paciente que nos permite dimensionar la importancia de lo que tenemos delante. Cuando el profeta Isaías, ocho siglos antes de Cristo, profetiza cómo será el momento de esa llegada del Hijo de Dios al mundo, escribe: “Súbete a un monte bien alto, tú, la que traes buenas noticias a Sión; alza con fuerza tu voz, la que traes buenas noticias a Jerusalén; grita sin temor. Di a las ciudades de Judá: ‘Aquí está su Dios’. Miren, el Señor Dios viene con poder, y su brazo lo somete todo. Miren, que trae su recompensa, y su premio va por delante. Apacienta su rebaño como un pastor, lo congrega con su brazo, lleva los corderillos en su regazo, y conduce con cuidado a las que están criando” (Isaías 40:9-11). Parece que no le caben en el pecho estas palabras al profeta.
El Absoluto del universo sale como pastor a mi encuentro y me recoge como a una pequeña oveja necesitada de su ayuda. ¿Quién no percibe aquí el sentido del humor de Dios? El humor ocurre cuando se ponen juntos elementos contrarios. El Señor de universo en la carne de un niño indefenso; su diestra poderosa tan pequeña que no puede ni alcanzar el rostro de su madre para ofrecerle una caricia… La liturgia bizantina, sensible ante tan inefable misterio, se regocija con este himno: “Hoy la Virgen da a luz al Trascendente. Y la tierra ofrece una cueva al Inaccesible. Los Magos caminan con la estrella, porque ha nacido por nosotros, niño pequeñito, el Dios de antes de los siglos”. Quienes creemos que esta historia no es una leyenda, sino el signo profético de nuestra salvación, ya no podemos ver al mundo con los mismos ojos. Tenemos que darnos cuenta de que el niño Jesús no es un cuento infantil; es el creador omnipotente que no se ha olvidado del ser humano; es Dios todopoderoso que no resiste la lejanía y se hace íntimamente presente; es el Señor que revienta la distancia de la eternidad para dar respuesta a los anhelos más profundos de cada corazón; es el autor del universo que se incorpora a su obra maestra para resolver el drama existencial de los suyos. Es la luz del mundo que pone fin a las tinieblas. Y los cielos se estremecen, y un ejército de miles de millares de ángeles, estupefactos, exclaman a una voz: ‘Gloria al Dios en el Cielo, y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad’. También nosotros debemos estremecernos. Acerquémonos al nacimiento y digamos viendo al niño las palabras de Isaías: “Ahí está nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es Yahvé en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su victoria” (Isaías 25:9). Escuchemos el consuelo de Jesús que nos dice una vez más: “confíen: yo he vencido al mundo” (Juan 16:33) En contra de Sartre, celebremos que Dios tiene la última palabra sobre la historia. Descubramos cómo en Jesucristo la esperanza se ha hecho palpable, cómo Dios ha dejado de ser una hipótesis incierta y nos ha revelado el hecho sorprendente de que somos amados por Él hasta el punto de que ha querido compartir nuestra carne y nuestra historia para hacernos partícipes de una nueva vida, por lo que ahora podemos y debemos vivir con esperanza.
* Profesor investigador de la Universidad Panamericana. Tiene un Doctorado en Filosofía por la Universidad de Navarra y una Maestría en Filosofía por la UNAM. Experto en temas de cultura. Ha participado en múltiples congresos nacionales e internacionales. Entre sus títulos más recientes destacan los libros: Sentido y verdad: hacia una comprensión de la filosofía desde el pensamiento de Joseph Ratzinger (BAC, 2023) y Asentimiento y certeza en el pensamiento de John Henry Newman: una defensa de la creencia religiosa (Nun 2021); Actualmente dirige un grupo de investigación internacional sobre la relación entre filosofía y teología en el pensamiento de Joseph Ratzinger.
Redes sociales:
Academia: https://up-mx.academia.edu/alejandrosada
Facebook: http://facebook.com/alejandrosada
Instagram: http://instagram.com/alejandrosada
TikTok: https://www.tiktok.com/@dralejandrosada
Twitter: twitter.com/alejandrosada
YouTube: http://youtube.com/alejandrosada
asada@up.edu.mx
Copyright © 2023 La Crónica de Hoy .
