Cultura

Los diálogos del pene, de Fabrizio Mejía Madrid

El triunfo del Viagra señala la derrota de todos los bandos anteriores y, en general, de la profundidad. Que la impotencia tenía una base psicoanalítica, es decir, venía de una historia contada de algo que no se recuerda más que con palabras.

El hijo del hombre
El hijo del hombre El hijo del hombre (La Crónica de Hoy)

El triunfo del Viagra señala la derrota de todos los bandos anteriores y, en general, de la profundidad. Que la impotencia tenía una base psicoanalítica, es decir, venía de una historia contada de algo que no se recuerda más que con palabras. Que la potencia es, en realidad, una discusión sobre la política de los géneros. Nada. Se nos ha terminado el gusto por la cultura de lo amplio y ahora nos contentamos con la banalidad. Dejemos hablar al doctor Irwin Goldstein de la Universidad de Boston: “El pene es una llanta. Una erección tiene que ser inflada. Si se poncha tienes que buscar la fuga o revisar lo que lo bombea”. La erección había pasado de ser una memoria de infancia o un asunto de dos, a ser la llanta del automóvil de la excitación.

Los urólogos, para quienes todo era “una patología del sistema vascular” habían finalmente ganado al sintetizar la Píldora Azul. En el camino habían quedado el médico de Hitler, Adolphe Butenand (de la farmacéutica Schering y Premio Nobel) que le inyectaba testosterona al Führer para rejuvenecerlo. O Eugen Steinach, director de investigaciones biológicas de la Academia Vienesa de Ciencias, que le hizo las vasectomías a Freudy a W. B. Yeats porque “rejuvenecía la libido”.

Tendido en el camino había quedado también Serge Voronoffque, entre junio de 1920 y octubre de 1923, practicó cincuenta y dos trasplantes de testículos de chimpancé en humanos para reconstruir el deseo sexual de los viejos. En1935, Peter Medawar (otro Premio Nobel) demuestra que esos trasplantes fueron destruidos por el sistema inmune de los receptores. Vorodoff muere en 1951, a los ochenta y cinco años, aislado y deprimido. Está seguro que, queriendo ayudar, todo lo que consiguió fue esparcir la sífilis de los monos a los hombres. De hecho, cuando en 1985 se dan los descubrimientos del VIH-Sida, su nombre emerge como posible culpable.

En la ruta hacia el Viagra, en fin, quedaría también A. P. Frumkin, otro ruso que trató de restaurar la potencia de los combatientes a quienes les habían estallado minas o granadas durante la Segunda Guerra Mundial. Su idea era crear un baculum, como en las ballenas y los zorros, insertándoles a los ex soldados en 1944 una parte de sus costillas. Luego se dio cuenta de que, si no se les caía, sí era un tanto estorboso y demandó a la industria de la moda plantear una alternativa al pantalón. No le escucharon. La prótesis de silicón inflable que en 1973 inventó el Doctor Brantley de la Universidad de Minnesota dio origen al pene de plástico y transportable, el dildo que, luego, se hizo de baterías y vibraba o giraba en círculos. Hasta que todo se redujo a una pastilla azul. El debate había concluido. El sexo se había convertido en una rama de la urología. Ningún hombre podía pretextar no tener ganas. El sexo se hizo obligatorio.

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Es de entrada curioso que el creador de la gimnasia (1793) tenga este nombre, J. F. C. Guts Muth, y que se haya referido a “los guerreros indios de América” junto a los atletas griegos como “castos, puros, capaces, valerosos, verdaderos, y listos para empuñar las armas”. Con su gimnasia se da la militarización de la masculinidad: ser hombre es estar preparado para la guerra. El hombre, para serlo, debe defender con su cuerpo un ideal que lo trasciende. La perseverancia de alguien haciendo cien abdominales se traslada a la defensa de la patria.

Conla gimnasia en las escuelas se unen por primera vez en una política de Estado dos ideas antes distintas: la fuerza a punto de desplegarse en una matanza y la exigencia de que “el hombre debe ser temerario contra sí mismo”. Se ha inventado el estado moderno de la autocontención. El estereotipo de lo masculino es el que acepta la muerte sacrificial y, para ello, consigue la disciplina que comienza con la gimnasia escolar. Los machos del siglo XX serán un resultado de semejante idea. La idea de que hay un territorio qué defender –no es muy viril el desplazado, el exiliado, el fugitivo– y que triunfan a base de energía pura sobre países o sociedades envejecidas o decadentes.

Lo auténtico es instintivo, es una redundancia del poder de la voluntad y hay que demostrarlo tolerando el dolor sin hacer gestos. Es también la camaradería masculina, la de los soldados en una trinchera: hay que cumplir con un deber, afrontar las demandas de la situación, y vencer.

Una verdad más profunda que la simple defensa de un territorio se dará ya en el combate: el descubrimiento de nuestra naturaleza guerrera, la purificación por el callado dolor de ver al camarada muerto, las ganas de sacrificarse aguantando el miedo, el dolor y el sufrimiento. Ésa es la masculinidad normativa que viven Freud y sus mujeres histéricas. Y, por cierto, lo contrario de ese macho en la trinchera no son las mujeres. Es el intelectual desgarbado, narizón de anteojos, los gordos, los contrahechos. Los que dudan. Esa masculinidad normativa de las guerras es sólo fiel a su propia voluntad. No piensa. No duda. Y duerme sus ocho horas.

El piloto de aviones de guerra se convierte en el macho por excelencia: desde arriba, solitario, selecciona a vivos y a muertos, riéndose de sus víctimas, en control absoluto de la tecnología. Lleva a cabo una tarea para la que los hombres no estaban hechos: volar. O porta el terror de lo antinatural y cumple con la función de aventar bombas, salirse con la suya y regresar a su base. Es el héroe, es decir, el que vence todo, hasta a sí mismo.

Pero esta masculinidad normativa de las guerras del siglo XX se desvaneció en la última posguerra. Se puso en duda. De pronto, los varones educados en ella se sentían fuera de lugar exigiendo la cena a tiempo o no avisando si iban a regresar a dormir. Las mujeres tenían cosas que decir. Ya no eran las histéricas y fantasiosas de tiempos de Freud, con las crinolinas ocultando sus calores. Una generación de hombres que entraron a sus vidas creyendo que serían como sus padres todopoderosos, sufrieron el descrédito de lo patriarcal, aprendieron a cocinar, nunca entendieron el psicoanálisis, se retiraron cuando se hablaba de sentimientos, y terminaron por no saber cuál era su lugar dentro de las familias y en las sociedades. Callados, rumiando sus dudas, fueron los que se educaron en la Guerra Fría y se casaron en los sesenta. Ajenos a sus mujeres vociferantes, nunca encontraron la pista de regreso.

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