
Considerado por la precisión de su trazo como una “obra de arte” de la arquitectura colonial, a más de 400 años el acueducto del Padre Tembleque se yergue en abierto reto al tiempo, creatividad e imaginación, y por su pedregoso cuerpo fluye de nuevo el halo de vida que da el vital líquido.
Silencioso, un “hilito” de agua proveniente de transparentes manantiales, distantes por más de 44 kilómetros, sacia la inagotable sed de millares de habitantes de este municipio, enclavado entre montañas y altibajos de la región suroriente del estado de Hidalgo y donde el tesón del trabajo hace renacer el portento convertido en prodigio por manos nativas, bajo la supervisión de un fraile franciscano.
Erigidos con baba de nopal, piedra y lodo, los Arcos del Padre Tembleque han soportado de todo: embates de los elementos y movimientos telúricos, destrucción del ser humano, abandono y el desdén oficial de autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia por protegerlo y promoverlo ante los ojos del mundo.
La memoria histórica refiere que cuando los sacerdotes franciscanos llegaron a Zempoala, o “Lugar de Veintes”, su número no era suficiente para atender a toda la región, por lo cual se desprendió un contrato, con fecha del 7 de febrero de 1553, que las autoridades indígenas del pueblo celebraron con los religiosos de Otumba, hoy Estado de México.
En el contrato los franciscanos de esta última población se obligaron a proporcionar frailes al pueblo de Zempoala a cambio del agua que este último se comprometía a ceder, lo cual se cumplió al realizarse el célebre acueducto, ideado por la inspiración de Fray Francisco de Tembleque y tomado de ejemplo por carecer de un solo grado de error.
Al pie del cerro de El Tecajete, situado a unos siete kilómetros de Zempoala, entre los años de 1543 a 1560 se realizó la obra, cuyo mamposteo fue realizado con laja volcánica, que abunda en esta región, para que por gravedad se proveyera del vital líquido a los pobladores de Otumba.
Impresionante, la cañería salva tres hondonadas –entre ellas la barranca de Tepeyahualco, de cerca de un kilómetro de longitud–, en cuyo tramo se levantaron 69 arcos y donde el mayor tiene una altura de 38.75 metros y un claro de 17 metros.
Y resalta un aspecto importante de la arquería, pues, como testigos mudos del paso de siglos, en ella permanecen indelebles 44 signos pintados por manos indígenas.
Tras años de abandono, la administración municipal de Zempoala se planteó el reto de restaurar parte del cuerpo perdido de este invaluable tesoro colonial, y, encabezados por el alcalde Vicente Suárez Hernández, un nutrido número de enjundiosos pobladores se dieron a la tarea de rescatarlo.
Bajo rayos incandescentes de sol y por espacio de dos años, a pico y pala y con la asesoría de autoridades del INAH, cientos de hombres resarcieron –utilizando las mismas técnicas que los antepasados– parte de este deteriorado acueducto, devolviéndole la vitalidad y el uso para el cual fue creado.
A quienes transitan a la altura del kilómetro 60 de la vía federal que une a México con Tulancingo, la escasa distancia que existe con el Acueducto del Padre Tembleque les permite admirar un bello espectáculo: el majestuoso cuerpo se yergue apenas distante.
Además, en Zempoala los pobladores ya reciben el beneficio de contar con la bendición del origen de la vida, al recibir cada segundo cinco litros de agua de cristalinos manantiales, tal como en aquellos inicios.
Ante el logro, el próximo alcalde del municipio, Guillermo Martínez Sánchez, establece el compromiso de continuar con los trabajos de restauración, en busca de generar primero fuentes de empleo y luego mayor promoción de turismo.
Visitar este portento, creado con sacrificio y trabajo, permite dar rienda suelta a la imaginación, recrearse en el pasado y pensar que, a pesar de que hubo condiciones y retos tan adversos, se concretó para satisfacer una de las necesidades básicas del ser humano.
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