Cronomicón

Cuento de Sogem

¿Acaso importa?

El día que decidí casarme hice una lista con los requisitos de mi hombre ideal, dicen que es la decisión más egoísta que una debe tomar, por eso antes de andar de coqueta con cualquiera, definí mis prioridades, pues como dicen: “la mujer es la que elige a su hombre”.

Cuando terminé de hacer la dichosa lista, me vestí de reina y salí al mercado, no tardé en hallarlo pues mis propias características son suficientes, sin contar mi seguridad y habilidades de conquista. Al cabo de un par de meses ya tenía anillo de compromiso. ¡Era el indicado! Pero no soy tonta, aunque era un mojigato le pedí la prueba de amor, había que comprobarlo antes del enlace.

Lo cité en el motel Rapid-Inn, me preparé para la ocasión con un mameluco rompe pasiones, no me le iba a entregar si no cumplía mis requisitos, ¡no señora, no soy una cualquiera! Noé llegó puntual, le pedí que se desnudara, y dizque le daba vergüenza, a lo que le dije que si no aflojaba le devolvía su anillo, se quitó solo el fajo y se sentó en el sillón del amor.

Cuento de Sogem

Me empezó a dar unas explicaciones de que el tamaño no importa y esas mamadas, en fin, eso ya me dio mala espina: ¿te avergüenza tu pito? De una vez dime si está chiquita, para no perder mi tiempo. Él se quedó callado y miró hacia el suelo, yo no lo podía creer, era un hombre con voz grave, medía 1.81 m. y calzaba del 29. Se lo había preguntado en la primera cita, él me dijo entonces: ¿para qué quieres saber mis medidas?, le respondí que era un fetiche, y creo que eso lo excitó, pero la verdad palomeaba mi lista.

Estaba tan segura de su tamaño pues además me había contado que su nariz había sido la burla de muchos, desde chico lo apodaron “el pico”, “piquitos” y no sé qué sorbetes más, en realidad era una nariz aguileña muy varonil. De nuevo hice el recuento en mi mente: o sea, eran cuatro: voz, altura, calzado y nariz, no es que sea superficial, quiero ser feliz, ¿qué no me lo merezco?

En fin, habíamos avanzado: se quitó toda la ropa, solo le faltaba el bóxer, tenía un cuerpazo, se notaban las pesas que hacía en el gym, ojalá eso concordara allá abajo. Yo seguía en mameluco, aún estaba desmotivada por su actitud, pero ya estaba ahí. Mientras se decidía a bajarse el chon, me fui preparando: me quité el piyama, la faja, mi brasier con push up, los calzones con relleno en las nalgas, la peluca, los aretes y los pupilentes de color pues ya me habían cansado, pero al sacar el del ojo izquierdo, se desprendieron las pestañas, salió malo el pegamento, así que decidí quitarme las del otro ojo también.

Cuando acabé, Noé estaba perplejo y le dije: ¿Qué me ves? ¿Por qué esa sonrisita? ¿quieres que me ría de tu pirrín? Si no te late, pues terminamos desde ahorita. Él se puso serio, pero tampoco me mostró su pito, me pidió que apagáramos las luces y entonces me puso un arrastradón.

Cuento de Sogem

¡Fue el mejor sexo que he tenido!, aunque no se lo vi, sentí su sedosidad, su calor dentro y fuera de mí, ¡qué bien lo hacía!, ¡qué diablos! me sonreí satisfecha de placer en la oscuridad, ¡me casaré con el mejor amante! Él salió de la cama y se fue al baño. Cuando volvió me pidió la mano, pensé que me la iba a besar y luego lo haríamos de nuevo, pero sacó el anillo de mi dedo y se fue para siempre.

Lo más relevante en México