Habría sido más fácil que disparara, liberar al prisionero de la certeza de saberse roto, roto en todos los aspectos en que puede fracturarse a un ser humano. El prisionero miró al verdugo fijamente, con ese único ojo que aún podía distinguir siluetas entre las sombras, intenciones entre las miradas; ya sin convicción, ya sin secretos, ya sin hambre de justicia, ya sin fuerzas. Una súplica emergía débilmente de ese cúmulo palpitante que ya no peleaba.

—Termina ya—, imploraba el prisionero. Ningún otro deseo habitaba ahora su maltrecho cuerpo.
El verdugo desenfundó su Walter Olympia y jugó con ella frente al prisionero sosteniendo victorioso la mirada. ¿Acaso la amenaza de una bala podría exprimir al interrogado un poco más? ¿Nombres, voluntades, lugares, miedos? Pero nada quedaba ya, ya no había liderazgos que acallar, nombres que denunciar, direcciones que develar. El prisionero, destrozado y amontonado sobre sí mismo, se había convertido en un arrugado saco de dolor.
Una bala, parecía suplicar, pero voz ninguna surgía de su garganta desgarrada.
El verdugo giró su arma una vez más y la guardó. Salió de aquel sótano del Campo Militar a paso marcial. Habría sido muy fácil que disparara, despojar al prisionero del desgarro de continuar vivo después de haber traicionado la causa. Habría sido muy fácil que disparara, pero… ¿por qué habría de importarle el dolor ajeno?