Dentro del arte hay toda una corriente o escuela que busca el preciosismo con exageración sentimental y de mal gusto, como lo expresan los típicos cuadros de la partida de cartas de perros vestidos y fumando: así o más corriente; sobre el tema también tenemos el ya cada vez más olvidado retrato del niño llorando pintado de payasito.
Esta escuela tiene nombre: se llama kitsch y es, tal y como lo definiera el semiótico italiano Umberto Eco, lo sublime fallido. Uno de sus exponentes más conocidos es Mark Ryden, quien gusta de dibujar y pintar niñas de estilo coquette (infantilizadas, de vestidos ampones, calcetas rosas, moños en los cabellos) en situaciones tan absurdas como en una reunión de té cortando carne como tablajera o rezándole a una imagen de Abraham Lincoln.

Este surrealismo pop se popularizó en una de las creaciones más divulgadas y conocidas de Ryden: la portada del álbum Dangerous, de Michael Jackson. Para los expertos, el kitsch es una expresión de la decadencia del arte que transita por los campos anchurosos —casi infinitos— del mal gusto.
No obstante, el absurdo, lo corriente y la cursilería tienen su encanto, sobre todo para cierto sector —generoso en números— de la masa consumista que ahora distrae su aburrimiento y cansancio en Internet, donde lo kitsch y otras expresiones artísticas aún más decadentes corren por cuenta de la autoría de la Inteligencia Artificial en forma de videos e imágenes basura.
Que no nos sorprenda esta infestación: ya la televisión nos había predispuesto, arruinando nuestro sentido de lo estético con caricaturas como Cow and Chicken, I Am Weasel y hasta SpongeBob SquarePants. Todas ellas hacen un manejo del absurdo y un abordaje de lo grotesco que saben matizar con ingenio estilístico y narrativas pensadas para un público infantil o infantilizado.

De estos contenidos basura de Internet —de esos que atentan contra nuestra inteligencia y juegan con nuestro morbo y curiosidad malsana— está el ya en retirada del estrellato de las redes sociales: el Italian brainrot, al que le debemos íconos tan olvidables como el tiburón con cuatro patas calzando tenis, el cocodrilo bombardero o la bailarina capuchina, todos conjugados con sus respectivos estribillos.
Videos cortos que califican como comida rápida o chatarra del Internet comienzan a proliferar; sus breves historias sorprenden por lo inverosímiles, cursis y sentimentaleras que resultan. Sin duda, sus bien blindados algoritmos no los han salvado del todo de ellas. Una recurrente es la de un avión que en picada se precipita al mar y del cual logran salvarse, gracias a sendos paracaídas, un bebé y un gatito. El felino rescata al infante de las salobres aguas en una improvisada barca… ¿y para qué seguir? Todo el video, hecho con IA, es un homenaje al sentimentalismo más barato. He aquí un ejemplo de lo sublime fallido, de lo kitsch desnudado de filigranas y acentos preciosistas.
Estos videos basura desenmascaran por sí solos su falsedad por lo absurdos que resultan, cuyo valor informativo —y no se diga formativo— es casi nulo. Sirven para emocionar o conmover sin propósito ni sentido. Al ser de fácil consumo, su proliferación virulenta está más que garantizada.

De los millennials para atrás —los que todavía veíamos televisión y, mejor aún, la de paga por cable— podíamos elegir entre las psicóticas animaciones de Nickelodeon o los documentales de History Channel (antes de Ancient Aliens y Pawn Stars). Gustos estirados de aprendices de ratón de biblioteca o sed de entretenimiento inocuo para la inteligencia. Ahora, aunque no lo queramos ni predispongamos a nuestro algoritmo, nos azota la invasión de estos contenidos basura en Facebook, Instagram, YouTube, X y demás redes sociales.
Si su consumo es fácil, su hechura también: no requiere grandes habilidades creativas ni técnicas. Déjaselo a la IA; dale los comandos básicos de una descripción y narración simples, y que haga con prontitud todo el trabajo a granel. Los grandes magnates de las redes sociales no están alarmados por esta infestación de videos basura. Un Mark Zuckerberg celebra esta explosión de contenidos señalando que las redes sociales han llegado a su tercera fase.
La primera fue cuando los contenidos provenían de amigos y familiares y de cuentas que seguías directamente. En la segunda, el asunto se seudoprofesionalizó con los creadores de contenido, destacando entre ellos los influencers. Y finalmente estamos en la era de la IA, en la que ella es la principal hacedora de videos, audios y textos de Internet.
La compañía transnacional de Zuckerberg, Meta Platforms —en cuyo portafolio están empresas como Facebook, Instagram y Threads— no sólo no filtra los contenidos basura de hechura de IA, sino que, por el contrario, ha lanzado generadores de imágenes y videos junto con filtros cada vez más potentes. El uso de la IA para estos propósitos es cada vez más común; así como descontrolada y carente de regulación es su diaria publicación y divulgación. Según estimaciones de Neal Mohan, director ejecutivo de YouTube, en esta red hay más de un millón de canales que utilizan herramientas de IA para la creación de contenidos.

Lo preocupante, tal y como lo reporta la empresa de inteligencia artificial Kapwing, es que el 20% de los nuevos contenidos que se suben a YouTube son videos de IA de baja calidad. Unos muy recurrentes, por ejemplo, son los hechos por hindúes con estructura narrativa rígida y predecible: siempre comienzan, en un primer acto, con un monito al que le ocurre un percance —puede ser que atropellen a su hermanita o que, como mesero, unos jóvenes le tiren la charola con platos que se estrellan sobre los comensales—. Segundo acto: el monito, humillado y desesperado, llora como bebé. Tercer acto: busca un trabajo y gana dinero. Cuarto acto: con sus ganancias remedia su percance y todos felices. Más kitsch o cursi, imposible. Su estética 3D es la de peluches de San Valentín y la historia —que en diferentes contextos se repite— es de una sobrada cursilería que sólo opera para el entretenimiento más superficial y banal.
Según Kapwing, el canal hindú creador de este tipo de contenidos basura con IA con más visualizaciones es Bandar Apna Dost, con 2 mil 070 millones de visualizaciones, lo que reporta a sus creadores ganancias anuales estimadas en 4 millones de dólares.
Los contenidos basura creados con IA resultan nocivos por partida doble: imaginemos el escenario en el que los creativos que compiten en Internet, buscando posicionarse, limiten su ingenio e imaginación por el uso abusivo de herramientas de IA. Nulo esfuerzo, seguir fórmulas simplistas de éxito probado como la de los monitos hindúes: resultado, pobreza creativa. Habilidad que no se usa termina atrofiándose. Por otro lado, estaríamos maleducando a generaciones enteras, habituándolas a contenidos basura y creando un círculo vicioso entre creador y consumidor.