Sonó el despertador, eran las tres de la madrugada.
Había invitado a unos compañeros de la universidad a pernoctar en casa de mi tía abuela, donde yo vivía, para llevar a cabo un proyecto que nos llevaría varias semanas terminar. Como teníamos una fecha estricta de entrega, nos turnábamos para avanzar lo más posible.

La casa de mi tía abuela está ubicada en el barrio del Santuario, a unas cuadras del panteón de Belén. Es una vieja casona con techos altos, amplias recámaras y un gran patio al centro. Para cruzar de un extremo a otro, hay que recorrer todas las habitaciones o hacerlo a través del patio. En la casa habían vivido varias generaciones de mi familia, que más allá de mis tatarabuelos se perdían en el olvido.
Me levanté de la cama y atravesé un pasillo que da al comedor pero que también lleva a la azotea por medio de una escalera y al fondo se encuentra un baño. Al llegar, vi como mi amigo que se encontraba sentado en la mesa del comedor, frente a su computadora, tenía el rostro desencajado, le pregunté:
—¿Qué pasa, te encuentras bien?
—No.
—¿Estás enfermo?
— No.
—¿Entonces…?
En ningún momento, él se volvía para verme de frente.
—Alguien por esa puerta se asomó.
—¡Ah¡, ¿cuál puerta? —el comedor tiene tres puertas.
—La que está a tu espalda —justo por donde yo acababa de cruzar.
—Muy seguramente fue mi tía abuela o alguno de nosotros.
—Fue alguien más.
—¿Lo miraste de frente?
—Lo vi de reojo.
—¡Vaya!, tal vez estás cansando.
Mi amigo se volvió para mirarme fijamente, sus ojos estaban crispados, me dijo:
—¡Te estoy diciendo la verdad!
Entonces, un arco eléctrico me atravesó de la cabeza a los pies en un instante. Yo no creía en apariciones, menos en fantasmas, pero mi amigo, con su mirada, me había contagiado su temor.
Respiré hondo y esperé un momento para calmarme, luego le dije:
—Amigo, eres ingeniero, tienes que dejar de lado las supersticiones y ser más “objetivo”. Por cierto, eso de ver a alguien de reojo: recordarás las clases de Óptica donde a través de prismas veíamos cómo se deformaban las imágenes…
En ese instante mi amigo me interrumpió, y sin volver la mirada dijo:
—¡Allí está de nuevo, detrás de ti…!