Cronomicón

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No son aliades ni simp, son hombres performativos: el estandarte de las nuevas masculinidades

En los escenarios postmodernos no sólo pululan las tribus urbanas, aunque estas saben darse notoriedad. Pues, de común, en el carnaval de identidades postmoderno desfila una nutrida variedad de fenotipos o denominaciones sociales, culturales, políticas y religiosas como parte de esta pluri-fauna antropológico-cultural, consonante con la modernidad líquida, tan rica y volátil en mascaradas y parafernalias.

Ser y luego dejar de ser para después volver a ser, y así de manera interminable, sin jamás llegar a definirse, simplemente fluir con las tendencias y las modas: esa es la tónica en esta era del vacío sin anclas ni raíces.

Entrados en estos transformismos identitarios-culturales, es fácil ponerte —o que te pongan— una etiqueta a partir de la autodefinición o de la evaluación que hagan los otros de tu conducta, hábitos y estilos. Todos terminan encajando en un estereotipo más o menos cuadrado y predecible.

En verdad no hay mucho margen para la autenticidad, ni de parte de los que se afirman contestatarios, disidentes y contra-sistémicos… el cliché domina. Sigan al líder, o mejor aún, al influencer o al personaje de ficción, al artista pop… Conductismo de masas, cultura de masas.

No hace mucho, en estos fluctuantes y globales cambios de identidades, dominaban en la escena ejemplares culturales muy millennials, de sobrado esnobismo, conocidos como hípsters. Los caracterizaban gustos retro-contemporáneos; devotos de los gadgets de la manzanita, copiaron la vestimenta de moño, saco a cuadros con coderas y tirantes a los profesores de Oxford, Cambridge, Berkeley…

Nuevas masculinidades

Un día abundaban y luego cambió el escenario cultural global; se puso de moda la bandera arcoíris, el paliacate morado y la playera del Che Guevara, y el hípster no soportó la nueva glaciación cultural y simplemente se extinguió; sí, pero no del todo… su descendencia mutó al compás de los progresismos culturales y políticos contemporáneos.

Este progresismo dijo: deconstruyamos al hombre. Surgió en el discurso de vanguardia cultural algo llamado nuevas masculinidades. Sociólogas, antropólogas y psicólogas feministas de izquierda empezaron a dictar los cánones de cómo ser hombre en esta postmodernidad.

Adiós al viejo estereotipo de masculinidad machista, tradicional, patriarcal y, sobre todo, tóxica. Los nuevos movimientos de la diversidad, la inclusión y la tolerancia necesitaban un tipo de hombre que adjurara de sus privilegios históricos y de su papel dominante, que con respeto y distancia se sumara a la causa de construir un nuevo tipo de sociedad con liderazgo femenino o de la diversidad. Aparece así el aliade, como el que desfiló con ojos vendados, sin camisa, maniatado… y cuya esposa, en plena manifestación del 8M, lo terminó acusando de ser deudor alimenticio. El aliade no es un descendiente directo del hípster; no tiene su refinamiento ni su excentricidad retro-vanguardista: es más ordinario.

Nuevas masculinidades

El aliade no sólo secunda la causa feminista; por algo su denominación lo encontramos también apoyando otros movimientos, sobre todo de la diversidad sexual. No hay que confundirlo con el simp. El simp, por lo común, no sigue una bandera cultural o política; es también un incondicional, un adorador y fiel servidor, incluso mecenas, de las mujeres. Pero no de cualquier mujer.

Las divas de la postmodernidad, las agraciadas por la genética o por el bisturí, las bellas de internet, las mujeres de alto valor: en ellas malgastan su tiempo, atenciones y dinero los simp.

Menos que el aliade, el simp está lejos de ser el sucesor del hípster… quien sí está muy cerca de serlo es el hombre performativo. El hombre performativo algo —o quizá mucho— tiene de aliade y no llega a las exageraciones serviles e incondicionales del simp. Se asume como un hombre deconstruido, inscrito perfectamente en las nuevas masculinidades, masculinidades descafeinadas de machismo. Es un hombre de vanguardia, sofisticado a su modo, como lo fue el hípster, que viste pantalones anchos y, por qué no, como Bad Bunny, una falda para hombre; porta su bolsa de tela reutilizable y útil para el mandado, lee autoras feministas, gusta de los matcha lattes y no tiene empacho en llevar como accesorio un muñeco Labubu.

Nuevas masculinidades

Igual que el hípster —y como el ancestro de éste, el metrosexual— el hombre performativo sabe cuidar su apariencia, todo sea con tal de gustarle a las mujeres progresistas; es, supuestamente, el antípoda del hombre tóxico, con cero hombría, sobre todo de la agresiva y dominadora, muy al estilo de los baby boomers más conservadores. Si algo tiene de simp el hombre performativo es que acepta la dominación y liderazgo femenino, pero no sólo en los ámbitos emocionales: está dispuesto a ser el hombre que exigen y desean, supuestamente, las mujeres feministas.

Como toda tribu urbana que se respete, los hombres performativos tienen videos en YouTube, Instagram, TikTok, Facebook y demás redes sociales donde exhiben su estilo de vida, su afición a la lectura, su gusto —un tanto hípster— por los vinilos y otros esnobismos, además de hacer manifiesto y testimonial su respaldo a las mujeres, sobre todo a las que portan con militancia su paliacate morado y verde.

De su parte, su mensaje a estas mujeres sería: “soy un buen tipo, estoy de tu lado, comprendo tu causa y la comparto a pesar de ser hombre, porque soy un hombre progresista, de vanguardia, en sintonía con los nuevos tiempos; un hombre liberado de prejuicios, estereotipos y normas machistas”.

Estas renuncias no lo convierten en gay ni en no binario —salvada la confusión—; lo suyo es el refinamiento, la fragilidad y la sensibilidad… sin renunciar a su masculinidad, una —ya lo dijimos— deconstruida.

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