Ariadna, escucha maullidos afuera de la puerta de su vivienda, decide averiguar quién es, ahí está, una minina, mojada, aterida, sus miradas se cruzan, una con sorpresa, la otra suplicante, ella, busca una toalla, la seca, la cubre, ya dentro de casa, busca un tazón, le sirve leche, la bola de pelos, devora el lácteo, ya caliente, satisfecha su hambre, se duerme.
La chica la observa, ve un ser indefenso, nunca ha tenido una mascota, no le atraen, se asombra ante el abandono de ese mechón enrollado en sí mismo, inocente, confiada, aun así, no piensa quedarse con ella, buscará entre sus vecinos quien la adopte.
De nuevo miau, esta a su lado, la ve, se estira con displicencia, brinca hacia su regazo, la mujer se sorprende, la acaricia, los ojos se unen, la humana la mira con ternura, las del pelaje con huesos, expectante, la gatita aún cachorra, corre, juega, salta es un torbellino, crea alboroto, no para, a la joven le sorprende su vitalidad, es delirante, no puede dejar de mirarla.
El día se apaga, la chica alimenta a la felina, en una caja, tiende una cobija, la acurruca, la acuesta, se duerme.
Ella cansada del correteo de su nueva inquilina, va a su cama, no tarda en dormirse.

Apenas sale el sol, a su lado alguien la mira, pequeños ojos de leona, dulces ronroneos, es la michí, está sobre su panza, la inmoviliza. Por fin la gata se estira, pide alimento, la chica se mueve, se levanta, se dirige a la cocina, la minina la sigue, quiere comer, termina su ración, de nuevo, se duerme, la mujer empieza con sus tareas, la morronga despierta, quiere diversión, danza, brinca, maromea, a la joven le alucina su destreza, es más ligera que cualquier cirquero.
Ariadna necesita nutrir a la michí va de compras a su tienda habitual, donde es bien conocida, ahí les extraña sus compras, ella no tiene mascota, muchas veces ha comentado que no le agradan, que son poco higiénicas, el orden y la limpieza es importante para ella, aun así, lo que lleva son cosas para gato, comida seca, húmeda en sobres, arenero, arena, suficiente para una semana, el tendero piensa que es inusual su adquisición.
Pasan siete días, como si la hubiera hipnotizado, o poseído, la joven decide quedarse con la felina, ya tiene nombre, se llama Merlina, la considera una maga, hace piruetas, maestra de yoga, practica todos los asanas. Sí, se esconde, imposible encontrarla, come, juega, duerme, se oculta y aparece según le plazca, ella permite que ese pelaje ambulante, le marque las labores de su día, le exige alimento cuantas veces desea, si la llama no hace caso, se muestra sí, quiere.
Sus vecinos saben que vive sola y la visitan seguido, por si se le ofrece algo, antes de que alguien toque la puerta, Merlina desaparece, Ariadna la llama, es como si no existiera, nunca la han visto. En su barrio, llama la atención, la actitud de la muchacha, las compras semanales, seguido escuchan a través de la puerta y los muros que le habla a alguien, pero no quien conteste, solo monólogos, comienzan los chismes y rumores, creen que, por su soledad, se inventa un animal de compañía.
Con Merlina en casa, el orden y la limpieza, ahora es mayor, tanto así que cuando pasan a saludar, no se ve rastro, de Merlina, aunque esta exhausta le gusta vivir con su diminuta tigresa.
Semana tras semana la joven surte, comida, arena, y lo que necesita Merlina, cuatro meses hace que vive con ella, nadie la ha visto, no saben a dónde va a parar el alimento y la arena que con regularidad compra, les parece un enigma.
Merlina es quien pauta actividades y horarios de la chica, se ha adueñado de ella, de la casa, todo le pertenece, el sofá del ingreso, la cama, los muebles, hasta escondrijos que solo su maga conoce, se manifiesta cuando le apetece, o se esfuma si lo prefiere. Ariadna, si la ve.