
¿Alguna vez has atravesado un libro onírico? ¿Uno que empieces a leer y en el que hojeas una, dos, tres, cuatro páginas hasta que te atrapa la lectura? ¿Uno en el que te sorprenda lo rápido que vas porque es tremenda la curiosidad que te genera?
“¿A dónde vamos?”, preguntas ya inmerso en un microcosmos entretejido y detallado hasta en su último pliegue. Bizarro. Y quieres salir de esa dimensión, ver a tu alrededor, para ver hacía dónde vas, típico mecanismo del cerebro de tener un panorama general.
Sigues leyendo, ¿seguirá así?
¿Te han descrito alguna vez un paisaje con tanta exactitud qué entras a él? Eso es lo que logra un libro de Peter Handke, autor que logra proyectar imágenes mentales vividas. Tan inmerso terminas que puedes tener problemas para saltar al siguiente párrafo. Relees. Es porque estás entrando en una categoría que forma parte de un mundo único.
En la novela Lento Regreso de Handke, el protagonista, cierto individuo, sumamente peculiar y de nombre Sorger, está construyendo el entorno y acabas transportado a su lado, casi como si te llevará de la mano y te hiciera ver el paisaje con sus ojos. Es deducible que el nombre está cuidadosamente seleccionado por el autor e incluso ofrece el significado para que no pierdas este dato de vista: “Sorger” significa “el preocupado, el cuidadoso”.
Valentín Sorger es un topógrafo apasionado por su trabajo (lo que raya en su obsesión) y, a la vez, desilusionado por los tecnicismos de su labor para describir paisajes y la naturaleza primitiva. Al leer, entrarás en un huracán de su pensamiento y mundo interior. Se trata de un individuo preguntándose sobre el significado del existir. Desconozco cuántas interacciones en forma de diálogo verdadero hay en la novela, pero puedo retar al lector a que las cuente, descubrirá un número absurdo, uno que se puede contar con los dedos de una mano. Lo que se hallará es la constante charla interior, una que parece extenderse como un río infinito y que resulta el hilo conductor de la narración.
Se logra así un retrato magnífico del aislamiento de un individuo en su sociedad y sus vacíos. Un ser separado de la Tierra. Puede resultar abrumador, pero, en definitiva, esclarecedor respecto a cómo muchos vivimos esta realidad, ya sea por tener un carácter introvertido o por pasar por una etapa de construcción de identidad en la que se necesita estar a solas consigo mismo.
También se vislumbra el fenómeno soledad en las ciudades. Estar en una ciudad donde siempre hay movimiento, llena de humanos, no significará estar integrado. A veces, incluso, una ciudad aísla más.
El escritor logra trasladarte al subsuelo natural, el lugar donde sientes la tierra como si estuvieras descalzo, la tierra virgen que tiene orificios y piedras del origen, aunque sobre ese terreno el ser humano haya pasado días, semanas y años transformando el ecosistema.
Sucederá que no conoces nada por los nombres de calles y el estado actual del lugar; recordarás como es moverse por este, oeste, norte y sur; por depresiones naturales, regiones que solían nombrarse con más lógica: Una barranca seca amarilla se llamaría “Barranca Seca” o “Barranca Amarilla”. El llano dónde había grietas de terremotos sería el “Parque del Terremoto”.
En realidad, nunca sabes en qué parte geográfica, con nombre humano, se encuentra el protagonista, conoces la región proyectada por el protagonista y luego te haces una idea de dónde está.
Terminas en regiones ancestrales muy específicas, con referencias como un prado septentrional, donde hay una llaga en la tierra y pasto de una textura brumosa con color verde-pardo.
¿Te han descrito alguna vez un paisaje con tanta exactitud qué entras a él? Así es esta obra de Peter Handke. Una novela con partes en las que el lector acaba inmerso en frenesí de sentires y expulsado a la estratosfera.
Lees, relees, vuelves a leer...