Los fenómenos culturales de la posmodernidad adolecen de continuidad y permanencia. ¿Dónde están los therians? ¿Alguien los recuerda? Al parecer, a la vuelta de una inexorable glaciación algorítmica, los extinguió. Dejaron de ser tendencia.

Nada que ver, por ejemplo, con la tribu urbana todavía superviviente de los melancólicos y taciturnos emos, que, como movimiento de contracultura adicta a la depresión, logró prolongar su presencia. En el imperio de las redes sociales, la novedad reina. La novedad en boga, no sabemos por cuánto tiempo, es el farmeo de aura.
Farmear aura es la moda, la tendencia entre la protagónica generación Z, esa que hace poco ondeaba en las plazas públicas, con rebeldía antisistémica, la bandera de One Piece.
¿De qué va esto de farmear aura? Empecemos por sus conceptos. El término farmear es muy conocido y utilizado en el mundo de los videojuegos. Sus aficionados recurrentes o gamers farmean todo el tiempo en diferentes títulos. Farmear proviene del inglés farming (cultivar).
Dentro de la dinámica de los videojuegos, implica repetir determinadas acciones para obtener recursos, ganar habilidades, recompensas u objetos de valor o poder de manera sistemática.
En videojuegos plataformeros como Mario Bros., tomemos por ejemplo Super Mario Odyssey: el jugador recolecta o farmea monedas doradas y moradas que luego, en determinados puntos, puede canjear por objetos y atuendos. Muchos videojuegos tienen esta dinámica y uno que viene muy a propósito es Pokémon. En las batallas Pokémon, el jugador hace crecer en poder y experiencia a su Pokémon con cada justa que gana.
Ahora bien, el término aura nos remite a lo sagrado. Los Cristos, las vírgenes, los santos y los ángeles, en mucha de la iconografía antigua, son representados con un halo resplandeciente que indica que la gracia o presencia de Dios está con ellos. Son agraciados y divinos.
En el mundo de las caricaturas y el anime sobran los ejemplos de personajes que resplandecen áureamente cuando alcanzan su máximo poder: por ejemplo, con el cosmos de Los Caballeros del Zodiaco o las transformaciones en Super Saiyajin de Goku.
He aquí el origen de la idea de poseer aura. Alguien con aura será una persona que resplandece, que tiene carisma, que encanta con su presencia e impone con su personalidad. En tiempos de los baby boomers se diría que alguien tiene garbo y prestancia.
En las actuales y populares batallas de aura, obtiene los puntos que otorgan los espectadores quien resulte más faceto —del latín facetūs, que significa gracioso, ingenioso, chistoso o agudo—, como pretenden serlo muchos influencers de las más variadas formas: con retos, bailes extravagantes, monólogos ocurrentes, etcétera.

En esto son expertas las modelos, que memorizan múltiples poses, gesticulaciones y formas de caminar. En las pasarelas, las modelos desfilan con garbo, mostrando aura, pero nada es espontáneo, sino ensayado.
Con más sentido competitivo tenemos la gimnasia olímpica y el patinaje artístico, cuyos contendientes farmean ante los jueces: con sus ejecuciones ganan o pierden puntos ante ellos.
En el farmeo urbano de aura, o batalla de aura, los jóvenes compiten por demostrarle al público, a la muchedumbre placera, quién es el más original o espontáneo en sus ejecuciones, movimientos o hasta simples gesticulaciones.
Guardan alguna similitud con esos raperos que, en sus batallas de hip hop, lanzan estrofas de versificaciones ingeniosas y muchas veces retadoras. Pero, sobre todo, tienen cierta semejanza con las batallas de baile, como las recreadas en la saga de películas Step Up o en la cinta de breakdance: Breakin’, de los años ochenta del siglo pasado.
El farmeo de aura no es un fenómeno reciente. Las juventudes modernas siempre han tenido algo de exhibicionistas. El Internet les sirvió de escaparate a los creadores de contenido en su diaria lucha por lograr likes en las redes sociales. Del mundo digital, con su tarea de cosechar likes, pasamos a las calles con estos nuevos influencers urbanos empeñados en cautivar a los espectadores.
En el farmeo de aura, los competidores se exponen, se muestran con audacia y algo de descaro, sin ser enfocados por una cámara web. Se exhiben ante extraños para ganar puntos, sin manipular un control de videojuego. El valor para este arrojo o audacia lo obtienen del impulso narcisista de ganarse la aceptación y el reconocimiento.
Un fenómeno que nació en el mundo digital saltó a las calles, a las plazas y, de ese mundo físico, retorna al mundo digital. YouTube, TikTok, Instagram… están inundados de videos de batallas de aura en plazas de todo el mundo.
Quizás por un choque generacional, falta de empatía cultural o sentimiento de superioridad intelectual, al farmeo de aura lo han vilipendiado en las redes y los medios. Lo tachan de entretenimiento estólido, de espectáculo deprimente. Muchos exclaman: ¿qué tan decadente está nuestra posmodernidad que hacer el ridículo en público se volvió una proeza cultural?
Desde un enfoque antropológico, este fenómeno urbano juvenil se entiende y hasta se justifica. Nuestras sociedades tienen un sentido más logrado y consolidado del individualismo y del espíritu de competición. ¿Qué podíamos esperar de los jóvenes nativos digitales, hijos de la posmodernidad y de su nihilismo, subjetivismo y relativismo, nacidos y habituados a un hipercapitalismo global?

Nuestros jóvenes posmodernos, centennials y generación Alfa son gamers, narcisistas, facetos, individualistas, cibernautas… Esto les da una predisposición a buscar su lucimiento, a resplandecer ante los demás como una supermodelo, un cantante de rap, una gimnasta olímpica o un influencer de YouTube.
Su propósito es acumular puntos por su singularidad y carisma. Buscan ser evaluados por el público en la plaza o en las redes, pues que sea el público quien los califique durante el tiempo que dure este fenómeno.