¿Qué ocurre cuando tres personas provenientes de la ciencia, el periodismo y la poesía deciden conversar sobre los animales? La respuesta es Una conversación animal, un libro que propone romper con la idea del autor único para construir, mediante una correspondencia escrita, una reflexión colectiva sobre la manera en que los seres humanos observan —o dejan de observar— al resto de las especies que comparten el planeta.

El volumen reúne al biólogo y escritor mexicano Andrés Cota Hiriart, al periodista y escritor español Gabi Martínez y a la escritora colombiana Mariana Matija, quienes intercambian textos que funcionan como provocaciones para la siguiente intervención. El resultado es un diálogo en el que las perspectivas se complementan, se cuestionan y, en ocasiones, encuentran puntos de coincidencia inesperados.
Publicado dentro de la colección de conversaciones de Almadía, el libro parte de una premisa sencilla pero profunda: para relacionarnos de otra manera con el mundo natural no basta con acumular información. También es necesario modificar la mirada, ampliar el lenguaje y permitir que la imaginación acompañe a la razón.
Para Cota Hiriart, el proyecto nació precisamente de la intención de romper con el artificio del libro construido desde una sola voz.
“Es plantear desde el principio un diálogo, romper un poco el artificio del libro del autor único”, explica en entrevista con La Crónica de Hoy.
La dinámica consistió en establecer una conversación a través de textos escritos, recuperando en cierta medida el espíritu de las antiguas relaciones epistolares: cada participante escribía y su intervención se convertía en el punto de partida para la siguiente.
“No fue una conversación en el sentido de la palabra hablada, sino una conversación a través del texto, una conversación de correspondencia”, señala el autor.
A diferencia de una charla inmediata, donde las respuestas surgen casi al mismo tiempo que las preguntas, este intercambio estuvo atravesado por la espera. Entre una intervención y otra podían transcurrir meses, un ritmo que permitió que las ideas fueran madurando antes de convertirse nuevamente en palabras.
Cota Hiriart reconoce que esa distancia temporal modificó la naturaleza de la conversación.
“Cuando lo escribes hay un proceso mediado de pensamiento y finalmente el texto que uno ve no necesariamente es el texto como salió. Está trabajado, está macerado, añejado, como se le quiera decir”, apunta.
La espera también implicó enfrentarse a las ideas de los otros con mayor detenimiento. Para el escritor, la correspondencia exigía dedicarle tiempo a cada respuesta para que pudiera estar a la altura de los textos anteriores.
El libro, además, encontró un punto de convergencia inesperado en las arañas. No fue una decisión previamente acordada por los tres autores, sino una coincidencia que terminó revelando uno de los elementos que atraviesan la obra: el asombro frente a aquello que normalmente permanece fuera de nuestra atención.
“Fue por mera casualidad. Aquí no nos pusimos de acuerdo previamente”, explica Cota Hiriart.
Las arañas, dice, comenzaron a ocupar un espacio importante en las reflexiones porque forman parte de un universo que tanto él como Mariana Matija han ido descubriendo recientemente. Esa condición de descubrimiento resulta fundamental: la curiosidad científica y literaria nace muchas veces de aquello que sorprende.
“Gran parte de lo que guía tanto los escritos como las investigaciones es lo que te sorprende, no solo la sorpresa, sino el asombro”, afirma.
El autor incluso juega con la composición del libro para explicar su relación con los arácnidos: si hubieran sido cuatro autores, habrían tenido ocho manos, como las patas de una araña. Al ser tres, bromea, se trata de “un libro de seis patas que habla sobre arañas”.
Mirar desde otras dimensiones
Más allá de las arañas, Una conversación animal plantea una pregunta mucho más amplia: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar el mundo exclusivamente desde la perspectiva humana?
Cota Hiriart considera que no necesariamente se trata de inventar un lenguaje completamente nuevo para comunicarnos con otras especies, sino de abrir dimensiones que ya existen y que normalmente permanecen fuera de nuestra percepción.
“Son otras dimensiones, otros cuartos, otros sótanos, otras áreas”, dice.
Para él, una de las claves está en decidir hacia dónde dirigimos nuestra atención. La realidad que nos rodea no cambia necesariamente cuando adoptamos una nueva mirada; lo que cambia es nuestra capacidad para percibirla.
El escritor utiliza como ejemplo la llamada “ceguera botánica”: la tendencia de los seres humanos a pasar por alto las plantas que los rodean y percibirlas únicamente como parte del paisaje.
“Sentimos que las plantas son un decorado, como el fondo, como una especie de textura de fondo, y en realidad son seres vivos”, señala.
La diferencia aparece cuando decidimos prestarles atención. El árbol que durante años estuvo frente a una ventana deja de ser simplemente “un árbol” cuando conocemos su especie, su historia, sus características y su lugar dentro de un ecosistema.
“Las mismas que siempre han estado ahí, el mismo árbol que siempre has visto por la ventana y que nada más veías como un árbol más, de pronto dices: ‘ah, es un ule’”, explica.
Nombrar, observar y conocer permite entonces construir una relación distinta con aquello que nos rodea. La información deja de ser únicamente un dato y comienza a convertirse en una forma de vínculo.
Para Cota Hiriart, algo similar ocurre cuando adoptamos una mirada naturalista. Así como es posible ponerse “las gafas” de la poesía, de la física cuántica o de cualquier otra disciplina para interpretar la realidad desde determinados conceptos, también podemos observar nuestra cotidianidad desde la perspectiva de un naturalista.
“Te pones las gafas naturalistas y empiezas a entender tu cotidianidad bajo otra aproximación”, afirma.
Desde esa perspectiva, incluso un espacio aparentemente cotidiano puede transformarse. Su propio estudio, donde pasa buena parte del tiempo, deja de ser un lugar vacío o solitario cuando comienza a pensar en los pequeños organismos que lo habitan.
“Estoy en un estudio que tiene muchos libros, pues está lleno de ácaros seguro. Y hay una que otra araña por ahí viéndome escondida y seguro moscos y una que otra palomilla”, relata.
La consecuencia es casi poética, aunque Cota Hiriart no abandona su mirada científica: sentirse acompañado por una multitud de pequeños organismos que normalmente no percibimos.
“Empiezo a ver este lugar en el que yo me siento todos los días con una certeza de estar acompañado, solo que por invertebrados”, dice.
Escribir para descubrir lo que se sabe
Para Cota Hiriart, la escritura se convirtió en una extensión natural de su formación como biólogo y zoólogo. Su llegada al mundo literario, sin embargo, no fue completamente planeada.
“Soy biólogo, soy zoólogo, arrimado a las letras provenientes del campo”, cuenta.
Durante algún tiempo trabajó también en el terreno audiovisual y llegó a involucrarse en documentales. Con el paso de los años, la escritura se convirtió en una especie de continuación de ese trabajo.
El autor concibe algunos de sus libros como “documentales escritos”: investigaciones que conservan la curiosidad y la observación propias de un documental, pero que encuentran en la palabra escrita su forma de expresión.
La literatura, explica, también le permitió profundizar en su propio conocimiento. Escribir no es únicamente comunicar aquello que ya se sabe; también es una manera de descubrir conexiones que antes permanecían ocultas.
Recuerda una frase atribuida a Augusto Monterroso: “Escribo para descubrir lo que sé”.
“Porque a veces no tienes, no has hecho las conexiones hasta que te pones a escribir de ello”, explica.
En su caso, la escritura se convirtió en una herramienta para acercarse a los animales y otros seres vivos que han marcado su trayectoria. Pero también en un espacio donde puede combinar distintos tipos de conocimiento.
Cota Hiriart reconoce que tiene una visión científica del mundo, pero al mismo tiempo considera que esa explicación es necesariamente limitada. La experiencia humana incluye dimensiones emocionales, intuitivas y saberes tradicionales que también pueden dialogar con la ciencia.
“En la escritura lo puedes combinar”, afirma.
Por eso concibe la literatura como un terreno fértil para mezclar ingredientes provenientes de diferentes áreas del conocimiento y de la experiencia humana. Una especie de cocina intelectual en la que la ciencia, la emoción, la intuición y la imaginación pueden encontrarse.
La escritura también le permite regresar sobre lo vivido. Frente a un presente que inevitablemente se escapa, escribir significa revisar el pasado para encontrar nuevas formas de comprenderlo y, desde ahí, iluminar el futuro.
“Revisitar ese pasado para alumbrar el futuro me parece una experiencia no solo que me entretiene mucho y que me deja ver cosas que de otra manera no vería, sino también reveladora”, señala.
Contra el pedestal humano
La reflexión desemboca finalmente en una de las preocupaciones centrales de Una conversación animal: la necesidad de cuestionar el antropocentrismo.
Para Cota Hiriart, la literatura y la cultura no tienen que ser utilitarias para producir consecuencias. Una obra puede no “servir” en un sentido práctico y, aun así, modificar la manera en que una persona observa el mundo.
“Creo que la literatura no debe tener una utilidad”, sostiene.
Sin embargo, eso no significa que sea incapaz de provocar cambios. Las historias pueden modificar perspectivas personales, abrir dimensiones desconocidas y contribuir a transformaciones culturales.
“Sí puede empujar a un cambio cultural y sí puede empujar a un cambio de perspectivas personales”, afirma.
En ese proceso, las historias que consumimos también participan en la construcción de quienes somos. La literatura puede ayudar a identificar prejuicios y zonas ciegas: aquello que no vemos porque nunca hemos aprendido a mirar.
De ahí que recuperar la presencia de plantas, insectos, aves y otros animales no sea únicamente una cuestión de conocimiento naturalista. También supone ampliar el mundo personal.
Cota Hiriart retoma una idea de Mariana Matija sobre el “jardín interior”: un espacio propio que puede cultivarse y, también, asilvestrarse. La cultura permite decidir qué queremos incorporar a nuestra experiencia y desde qué perspectivas queremos comprenderla.
En ese sentido, acercarse a otros seres vivos puede modificar nuestra percepción cotidiana.
“Tenemos que irnos quitando de este pedestal en que nos hemos autoimpuesto”, afirma.
El escritor considera que la visión antropocéntrica se ha agudizado con el paso de las generaciones y que sus consecuencias pueden observarse en la crisis ecológica contemporánea.
“Tenemos que ir rompiendo esta visión antropocéntrica con la que nos navegamos por el mundo”, sostiene. “Solo nos está llevando a la ruina ecológica y condenando a nosotros mismos o a las generaciones venideras”.
Frente a ello, propone dejar de contemplarnos exclusivamente en nuestro propio reflejo y reconocer que somos una criatura más dentro de un mundo compartido.
“Darnos cuenta de que somos una criatura más en este mundo, y tan maravillosa como el resto”, resume.
Así, Una conversación animal no pretende ofrecer una respuesta definitiva sobre cómo debemos relacionarnos con otras especies. Su propuesta es quizá más sencilla y, al mismo tiempo, más exigente: mirar.
Prestar atención a aquello que siempre estuvo ahí. Reconocer la presencia de los organismos que habitualmente permanecen invisibles. Encontrar palabras para nombrarlos y, a partir de ellas, construir nuevas relaciones.
En esa búsqueda, ciencia y literatura dejan de ser caminos separados. Ambas pueden convertirse en herramientas para ampliar el campo de lo visible y recordar que el mundo no comienza ni termina en el ser humano.
Cota Hiriart continuará presentando el libro junto con sus coautores en distintos momentos. Está previsto que Mariana Matija visite México en octubre, ocasión en la que se contempla una nueva presentación de Una conversación animal. Gabi Martínez tendrá también una presentación cuando visite el país.
Por ahora, la conversación continúa en las páginas: tres voces, tres perspectivas y una invitación a mirar hacia las otras formas de vida con las que, aunque muchas veces no las veamos, compartimos el mismo espacio.