Jalisco

Para quienes huyeron del hambre o de la persecución, ver a Maduro frente a un juez es imagen de justicia tardía, pero tangible. No todos piensan en tratados internacionales cuando han pasado años sin medicinas o sin luz

Maduro detenido, Venezuela en vilo

Salvador Cosío Gaona

La captura de Nicolás Maduro no fue solo un episodio de alta política ni un movimiento estratégico en el tablero geopolítico. Fue, sobre todo, un golpe emocional para millones de venezolanos que han vivido durante años entre la resignación, la rabia y una esperanza cada vez más frágil. Porque detrás del hombre esposado que apareció ante una corte de Nueva York hay historias de familias rotas, de mesas vacías, de hijos que crecieron lejos y de una nación que aprendió a sobrevivir sin certezas.

Maduro se declaró inocente. “Soy un hombre decente”, dijo. Y en esa frase, pronunciada con solemnidad judicial, se condensan dos realidades que hoy chocan con violencia: la del poder que se niega a caer y la de un pueblo que lleva años cayendo sin red. Para muchos venezolanos, escuchar esa declaración fue como una bofetada; para otros, una escena más de un guion que parecía eterno y que, de pronto, se interrumpió sin aviso.

No es menor el simbolismo del momento. Maduro no surgió de una élite tradicional ni de una cuna dorada. Fue chofer de autobús, sindicalista, heredero político de Hugo Chávez. Ese origen, que alguna vez fue presentado como virtud revolucionaria, terminó convertido en una narrativa de traición. Porque el hombre que hablaba en nombre de los pobres gobernó mientras la pobreza se volvió paisaje cotidiano y mientras millones abandonaban el país con una maleta y una fotografía doblada en el bolsillo.

La captura del presidente venezolano fue celebrada por una parte de la diáspora. En Miami, en Bogotá, en Madrid, hubo lágrimas que no fueron de tristeza. Fueron de alivio, de desahogo acumulado. Para quienes huyeron del hambre, de la persecución o del colapso económico, ver a Maduro sentado frente a un juez estadounidense fue la imagen de una justicia tardía, imperfecta, pero tangible. No todos piensan en tratados internacionales cuando han pasado años sin medicinas o sin luz.

Pero dentro de Venezuela, la emoción fue distinta. Hubo silencio, incertidumbre, miedo. La política, cuando se rompe de golpe, no siempre libera; a veces paraliza. La ausencia de Maduro no resolvió de inmediato la pregunta central: ¿y ahora qué? Porque un país no se reconstruye con la caída de un hombre, sino con instituciones, con acuerdos, con confianza. Y eso es precisamente lo que más escasea.

El relevo apresurado, la retórica de resistencia y la denuncia de una “agresión imperialista” buscaron contener el impacto. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. No solo al régimen, sino al tejido emocional de una sociedad exhausta. La captura no fue vivida como un triunfo absoluto ni como una derrota definitiva, sino como un episodio abrupto en una historia demasiado larga de dolor cotidiano.

A nivel internacional, el debate se llenó de tecnicismos: soberanía, legalidad, precedentes. Pero para la gente común, esos conceptos suelen ser lejanos. Lo que importa es si habrá comida mañana, si el salario alcanzará, si los hijos podrán regresar algún día. Y ahí es donde el acontecimiento adquiere su verdadera dimensión humana: ¿mejorará algo realmente la vida de quienes se quedaron?

Estados Unidos justificó la acción con cargos graves: narcotráfico, narcoterrorismo, conspiración. La justicia, dicen, no reconoce fronteras cuando se trata de delitos transnacionales. Pero la forma importa. Y cuando la justicia llega escoltada por la fuerza, deja una huella ambigua. Para algunos, es el fin de la impunidad; para otros, la confirmación de que el mundo sigue funcionando según la ley del más fuerte.

La figura de Maduro, más allá del juicio que enfrente, ya está marcada por algo que ningún tribunal puede borrar: la memoria colectiva de un país que se vació. Su presunta riqueza inexplicable contrasta con los bolsillos rotos de millones. Sus discursos de soberanía chocan con la dependencia diaria de remesas. Su imagen de líder firme se desdibuja frente a madres que cruzaron fronteras caminando con niños en brazos.

Hoy, Venezuela no celebra ni llora del todo. Observa. Espera. Desconfía. La captura de Maduro abrió una puerta, pero nadie sabe qué hay del otro lado. Lo humano, al final, no está en el espectáculo del poder cayendo, sino en la posibilidad —aún lejana— de que ese país vuelva a ofrecer algo tan simple y tan revolucionario como una vida digna.

Porque cuando cayó Maduro, no fue solo un presidente el que perdió el control. Fue una nación entera la que volvió a preguntarse si esta vez, por fin, el dolor tendrá sentido.

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