Jalisco

El carbono-14 permite fechar restos de hasta 50,000 años, una escala suficiente para reconstruir gran parte de la historia del planeta. Para fósiles más antiguos existen otros relojes químicos

Ecos del Agua: La memoria escrita en piedra

Un fósil de una concha aparece incrustado en una roca, lejos del mar actual. No se mueve, no brilla, no emite sonido. Sin embargo, ahí está, como testigo de un océano que existió cuando el mundo era otro. Esa concha fue parte de un organismo vivo que respiró, creció, murió y quedó atrapada en sedimentos que el tiempo transformó en piedra. No es un objeto decorativo, es un fragmento del pasado marino que sobrevivió al paso de miles, a veces millones, de años. El planeta no cuenta su historia en palabras o escritos como la humanidad, la conserva.

Los fósiles son restos de vida antigua, pero también son algo más: registros. En el océano, muchos organismos quedan sepultados lentamente en el fondo marino, cubiertos por arena, lodo y minerales. Con el tiempo, esas capas se compactan, se endurecen y sellan lo que alguna vez estuvo vivo. Así se conservan conchas, corales, huesos, pero también huellas invisibles a simple vista, como microorganismos marinos que formaron parte de ecosistemas desaparecidos. Cada fósil es una pausa en el tiempo, una vida que no se borró del todo.

Pero saber que algo existió no siempre es suficiente. La pregunta es cuándo. ¿Hace cuánto vivió? ¿En qué momento formó parte del equilibrio del océano? Para responderlo, la ciencia no solo mira la forma del fósil, sino su composición. En los átomos que lo constituyen existe un reloj natural.

Algunos elementos químicos tienen versiones distintas llamadas isótopos. En el caso del carbono, uno de ellos es el carbono-14, un isótopo inestable. Mientras un organismo está vivo, incorpora carbono de su entorno y mantiene una proporción constante de carbono-14. Cuando muere, esa incorporación se detiene y el isótopo comienza a desintegrarse a un ritmo predecible. Midiendo cuánto carbono-14 queda, es posible calcular cuánto tiempo ha pasado desde la muerte de ese organismo.

El carbono-14 tiene un límite temporal que permite fechar restos de hasta 50,000 años atrás, una escala suficiente para reconstruir gran parte de la historia reciente del planeta. Para fósiles mucho más antiguos, existen otros relojes químicos que operan en escalas mayores. El tiempo no se mide con una sola herramienta. El planeta tiene distintos ritmos y memorias.

Gracias a estos métodos sabemos que los océanos han cambiado antes. Hubo arrecifes donde hoy no hay mar. Existieron especies que dominaron las aguas y luego desaparecieron. El clima, la química y la vida han estado en constante transformación. Los fósiles no solo registran continuidad, también de rupturas. Momentos en los que el equilibrio se perdió y tuvo que reconstruirse de otra forma.

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Lo inquietante es que esas transformaciones quedaron registradas en piedra. Nuestra época, en cambio, está dejando huellas distintas. Plásticos incrustados en sedimentos, alteraciones químicas en los océanos, ruido constante propagándose por el agua. Todo eso también se registrará. El planeta no discrimina lo que conserva.

La datación de fósiles nos recuerda que el tiempo no se pierde, solo se acumula. Cada capa se apoya sobre la anterior. Cada acción se suma a una historia más larga de la que solemos ser conscientes. Así como hoy leemos el pasado en conchas y rocas, alguien, en un futuro distante, podría leer nuestra presencia en los restos que dejamos atrás. Reconstruyendo la historia de los océanos.

La Tierra no tiene memoria selectiva. Registra tanto la vida como la pérdida. Los fósiles son prueba de que nada desaparece del todo, solo cambia de forma. La pregunta no es si nuestro paso quedará marcado, sino qué dirá ese registro sobre nosotros. Porque cuando el planeta hable de esta era, no lo hará con palabras. Lo hará, una vez más, en silencio, en piedra, y nosotros seremos parte de su memoria.

Valentina Moreno

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