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La insistencia de Washington en “negociar” el control de Groenlandia, acompañada de amenazas arancelarias y del malestar visible entre aliados europeos, no parece algo diplomático, sino una alarma a la que se debe prestar atención

Finanzas para todos: La locura por Groenlandia

Emilio Moreno Plascencia,

Mi padre alguna vez me dijo una frase del gran Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. La economía es lo mismo: no son solo números y cuentas; a veces son otras razones que pasamos por alto.

La insistencia de Washington en “negociar” el control de Groenlandia, acompañada de amenazas arancelarias y de un malestar visible entre aliados europeos, no se sintió como algo diplomático, sino como una alarma a la que debemos prestar atención. Cuando una potencia discute territorio dentro del mismo bloque que dice defender, lo que está en juego suele ir más allá del mapa.

Se ha repetido que el interés es por minerales, como si bastara con decir que hay “tierras raras” para que todo encaje. Sin embargo, incluso en la conversación de la industria aparece una realidad menos glamorosa: extraer recursos en Groenlandia es lento, carísimo y políticamente frágil, con proyectos que dependen de financiamiento, infraestructura difícil y un entorno físico desafiante. Si los minerales fueran el centro, el tiempo del mercado y el tiempo del hielo se volverían el obstáculo principal. Por eso conviene sospechar que la narrativa mineral puede ser útil, pero no suficiente.

Lo aprendido del pasado nos debería ayudar a entender el presente. Estados Unidos no descubrió Groenlandia ayer, ni su valor estratégico se inventó con la moda del Ártico. El acuerdo de defensa de 1951 y la presencia en lo que hoy se conoce como Pituffik, con su función de alerta temprana y vigilancia, fueron piezas reales de la arquitectura de la Guerra Fría. En ese entonces, la lógica era la del misil. Hoy, sin dejar de ser militar, se parece cada vez más a la del flujo.

Porque lo que está cambiando, y casi nadie lo señala, es el lugar donde se decide el comercio. A medida que el hielo retrocede, rutas que antes estaban ocultas se vuelven posibles durante más días al año, y eso altera distancias, tiempos y costos. La Ruta del Mar del Norte, por ejemplo, se ha estudiado como alternativa capaz de recortar de forma relevante el trayecto entre Asia y Europa respecto a Suez, mientras el Paso del Noroeste ha mostrado en años recientes mínimos de hielo que, hace décadas, habrían parecido una anécdota científica. No es que mañana se muden todos los barcos al Ártico, pero sí puede empezar a crecer el poder de decisión de dónde se mueve el comercio mundial.

Ahí es donde el tema deja de ser geografía y empieza a ser finanzas, incluso si usted no lo nota en el día a día. Controlar flujos no es solo controlar barcos; es influir en seguros, en riesgos, en arbitrajes de precios y, en última instancia, en quién paga el costo de una interrupción. Cuando una ruta se vuelve estratégica, también se vuelve un activo político. Y cuando un activo político toca el comercio global, el sistema financiero lo traduce en primas, en coberturas, en nuevas dependencias. En otras palabras, el conflicto puede no sentirse en el carrito del supermercado hoy, pero sí puede reordenar el costo de vivir en un mundo donde la logística deja de ser neutral.

La implicación estructural se vuelve evidente cuando uno entiende que esto no se trata tanto de “poseer” Groenlandia, sino de administrar el acceso al Ártico como si fuera una infraestructura. En un orden global que ya convive con sanciones, tarifas y disputas tecnológicas como herramientas normales, el control de corredores comerciales se parece cada vez menos a una cuestión económica y más a una oportunidad de poder. Por eso el debate sobre Groenlandia incomoda tanto a Europa: no solo por orgullo o soberanía, sino porque revela que la garantía de estabilidad entre aliados puede estar volviéndose transaccional, y en ese cambio se degrada algo esencial para los mercados: la previsibilidad.

El escenario proyectado se entiende mejor con un “¿y si…?”. ¿Y si el deshielo convierte al Ártico en un corredor operable durante temporadas cada vez más largas y, con ello, los centros de decisión logística se desplazan hacia el norte? ¿Y si, además, esa operatividad queda condicionada por acuerdos militares, tarifas y alineamientos políticos, de modo que navegar no sea solo una cuestión de clima, sino de lealtades unilaterales? En ese mundo, una crisis no tendría que llegar como un suceso repentino. Podría llegar como una suma de reajustes que se vuelven normales: mayor volatilidad en costos de transporte, inflación importada más impredecible, cadenas de suministro que se regionalizan y un capital global que empieza a exigir más premio por financiar la misma rutina de siempre.

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La lectura desde actores clave confirma que el centro del conflicto es el flujo, aunque cada quien lo nombre distinto. Washington lo presenta como seguridad, y no es mentira, pero su forma de presionar con herramientas comerciales sugiere que entiende la economía como territorio extendido. Dinamarca y la Unión Europea responden desde soberanía y normas, aunque en el fondo también protegen el principio de que el orden no se negocia por amenaza. Groenlandia, por su parte, está atrapada en una tensión más personal: querer más autonomía e incluso independencia sin, por ello, convertirse en una ficha de alguien más. Y el hecho de que una mayoría rechace convertirse en parte de Estados Unidos, mientras el liderazgo groenlandés empuja la conversación independentista, vuelve todo más delicado, porque el futuro político local no necesariamente coincide con el apetito estratégico externo.

Incluso Rusia, observando la fricción entre aliados con una mezcla de oportunismo y precaución, deja ver el ángulo real: cuando el Ártico sube de valor, sube de valor para todos, y eso aumenta la probabilidad de competencia permanente en la región. Lo relevante no es quién “gana” un conflicto diplomático, sino cómo se normaliza la idea de que los grandes espacios de circulación global pueden convertirse en áreas de disputa directa.

Por eso la conclusión no es que estemos ante una crisis inevitable mañana, sino que estamos viendo un tipo de cambio que suele anteceder a las crisis: cuando la confianza del poder disminuye, el sistema empieza a querer administrarlo desde afuera, como si el tablero fuera propiedad. Si el nuevo valor del mundo está en las rutas, entonces la pregunta ya no es quién extrae más, sino quién decide quién pasa, cuándo pasa y a qué precio. Y cuando esa decisión se convierta en arma, el sistema financiero tarde o temprano deja de comportarse como un mecanismo y empieza a comportarse como un campo de fuerza.

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