Guadalajara

Crónica

Guadalajara, el terror de los citadinos: crónica de una tapatía en CDMX

Guadalajara se ha convertido en un red room de la dark web. Un espacio donde los habitantes se han acostumbrado, sin demasiadas opciones, a una violencia que se desata en cada recoveco. Un territorio donde la brutalidad ya no escandaliza, donde la tragedia se normaliza, donde el miedo se filtra en la vida cotidiana con la misma naturalidad con la que se revisa el celular al despertar.

Centro histórico de Guadalajara

En esta ciudad, la violencia no llega como un sobresalto, sino como un rumor persistente. Está en los encabezados, en los mensajes de WhatsApp, en las conversaciones al paso, en los silencios incómodos. Está en los consejos que nos damos entre amigas: no regreses sola, no tomes ese atajo, no salgas tan tarde, no confíes, no te expongas. Está en la vigilancia constante, en la paranoia cotidiana, en la sospecha que se instala en el cuerpo y ya no se va.

Recientemente hablaba con amigos sobre la posibilidad de habitar otros espacios. Quizá deambular por los recovecos de la Ciudad de México y explorar su amplio contenido cultural, perderse en sus museos, en sus librerías, en sus barrios que laten con una vitalidad inagotable. La respuesta fue casi unánime: la gran ciudad es peligrosa, “allá está mucho peor que en Guadalajara”, decían, asegurando que son muchas más personas y que, por lo tanto, la situación es más compleja.

La Ciudad de México aparecía en sus discursos como un monstruo urbano: caótica, insegura, desbordada. Un territorio donde la amenaza acecha en cada esquina. Sin embargo, algo en ese argumento me sonaba hueco, repetido, heredado. Como si habláramos más desde el miedo aprendido que desde la experiencia vivida.

Ahora, en mi última visita a esta ciudad, charlé con conductores, extranjeros, comerciantes y transeúntes que aseguraban que Guadalajara es uno de los lugares más violentos de todo el país. La conversación siempre seguía un patrón similar.

—¿De dónde nos visitan? —preguntaban desde el asiento del conductor o desde el otro lado del mostrador a mi mejor amiga y a mí.

—De Guadalajara —respondía yo, con un orgullo vibrante en el pecho que sólo suele aparecer cuando una no se encuentra en sus tierras.

—Ah, ya…

El silencio se hacía espeso.

—Allá está bien peligroso, ¿no? Con todo eso del cártel.

Un mutismo breve se extendía en el espacio. Mis labios se fruncían en una mueca que terminaba por convertirse en un “sí” quedo. Los interlocutores insistían en saber más: ¿cómo se vive?, ¿qué tan grave está?, ¿es cierto lo que dicen las noticias?

Y entonces me descubría narrando la violencia como si fuera una crónica habitual: las desapariciones, los cuerpos encontrados, los tiroteos en avenidas concurridas, las balaceras a plena luz del día, los bares clausurados, los negocios extorsionados, los nombres que se repiten en las fichas de búsqueda. Todo dicho con una naturalidad que, vista desde afuera, resulta perturbadora.

Lo más inquietante no era su sorpresa, sino mi costumbre.

Mientras caminaba por las calles de la Ciudad de México, esa sensación se intensificaba. Observaba a la gente caminar con calma, tomar café en terrazas abiertas, sentarse en las banquetas, leer en parques, desplazarse de noche sin la misma rigidez corporal que cargamos en Guadalajara. No es que allá no exista la violencia —sería ingenuo pensarlo—, pero su presencia no parece colonizarlo todo.

En Guadalajara, en cambio, la violencia se ha vuelto paisaje. Un telón de fondo permanente. Aprendimos a movernos con cuidado, a detectar peligros invisibles, a leer gestos, a desconfiar. Vivimos en alerta constante, con el cuerpo tenso, con la respiración contenida, con la certeza silenciosa de que algo malo podría ocurrir en cualquier momento.

Y lo más devastador: hemos aprendido a normalizarlo.

Nos acostumbramos a los noticieros sangrientos, a los videos filtrados, a los rumores de levantones, a las historias de conocidos que conocen a alguien que desapareció. Nos habituamos al miedo, como quien se acostumbra a un ruido de fondo. Deja de sobresaltar, pero nunca desaparece.

Guadalajara, mi ciudad, ese espacio que amo profundamente, se ha vuelto también un territorio hostil. La tierra donde crecí, donde aprendí a nombrar el mundo, donde descubrí el amor, la amistad, el arte, la palabra, hoy se me presenta atravesada por una violencia que duele doble: porque hiere y porque viene de casa.

Quizá por eso, cuando alguien de fuera me habla del peligro que representa Guadalajara, no puedo contradecirlo. Sólo bajo la mirada y asiento. Porque lo sé. Porque lo vivo. Porque lo cargo.

Y sin embargo, sigue existiendo ese orgullo tapatío que se me inflama cuando digo de dónde vengo. Una contradicción constante: amar un lugar que duele. Defender una ciudad que sangra. Nombrar con cariño un territorio que lastima.

Guadalajara no es sólo violencia. Es también memoria, cultura, afecto, comunidad, belleza. Pero hoy, su sombra más oscura amenaza con devorarlo todo. Y mientras eso ocurre, seguimos caminando sus calles, intentando sostener la vida entre los escombros del miedo.

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