Hoy nos convoca una obra que, desde las gélidas pantallas de la competencia oficial en la Berlinale 2026, nos devuelve a uno de los autores más estimulantes y observadores del cine mexicano contemporáneo: Fernando Eimbcke y su más reciente largometraje, Moscas.

Es imperativo ir más allá de la anécdota narrativa. Eimbcke esquiva magistralmente la trampa del melodrama meloso apostando por un humor seco y apoyándose en el áspero, casi opresivo, sonido ambiente de la urbe.
En la superficie tenemos a Olga (interpretada por una inmensa y ruda Teresita Sánchez), una mujer que, empujada por la asfixia económica, alquila un cuarto a un hombre que mete a escondidas a su hijo de nueve años. Sin embargo, lo que el director orquesta al interior de ese minúsculo departamento es, en realidad, un brutal y bellísimo análisis antropológico sobre la soledad contemporánea.
El microcosmos de Olga, encerrada en un gigantesco bloque de viviendas en la Ciudad de México, funciona como un espejo sin concesiones de las falsas promesas del sistema tecnócrata en México y América Latina. Durante décadas nos vendieron la ilusión de que la modernización, el progreso macroeconómico y el desarrollo urbano nos llevarían a la cima; en cambio, el modelo nos arrojó a un individualismo feroz.
La tecnocracia construyó megaurbes donde las interacciones humanas se han reducido a transacciones mercantiles dictadas por la precariedad. Allá afuera la metrópoli ruge con sirenas y el zumbido constante de la supervivencia, pero adentro, el aislamiento es ensordecedor.
Es precisamente aquí donde Moscas teje su conexión más profunda y dolorosa con una herida generacional, capturando la orfandad y la soledad estructural de los famosos “bebés de los 90”. Hablamos de una generación que creció bajo el espejismo de los tratados de libre comercio y la promesa de un mundo globalizado, solo para llegar a la adultez y ver cómo la mayoría de esos anhelos se rompían contra el muro de las crisis cíclicas y la falta de oportunidades.
Son adultos que siguen buscando desesperadamente su lugar en el mundo. No obstante, Eimbcke no los abandona en el pozo del nihilismo. En un sistema que cada vez nos exige más indolencia, apatía y frialdad como mecanismos para soportar el día a día, el vínculo inesperado que se forma entre esa mujer endurecida y el niño se convierte en un acto de resistencia pura. Es la metáfora perfecta de esos “bebés de los 90”: a pesar del trauma sistémico, mantienen viva la terquedad de la esperanza.
Elegir conectar, elegir cuidar del otro cuando el entorno te grita que mires hacia otro lado y salves tu propio pellejo, es la verdadera revolución íntima que propone la película.
Moscas no es solo el esperado retorno de un maestro del encuadre y los silencios; es un retrato empático y humanista de quienes, rodeados por el ruido ensordecedor de un sistema fallido, todavía buscan a alguien con quien compartir el peso de la vida.
Felipe Flores quien les habla, recordándoles que el cine no solo se ve, se piensa y se vive.
¡Nos encontramos en la próxima función!