
A las tres de la tarde Guadalajara era un comal. El calor se pegaba a la piel como una segunda camiseta y el cielo, indeciso, amagaba con nublarse sin terminar de hacerlo. Se hubiera agradecido. Sobre avenida Hidalgo y Chapultepec, al menos un centenar de personas esperaban. Algunos por curiosidad. Otros porque venían a marchar aunque fuera un pedacito de calle. Otros porque sabían que, en esta ciudad, cada junio hay una procesión distinta: una donde los santos usan lentejuelas, las vírgenes se llaman Kimberly o Natasha, y los milagros consisten en llegar vivos a la adultez siendo “jotos”.
Los vendedores hacían su agosto en pleno junio. Paraguas arcoíris a 100 pesos. Paliacates multicolor en 30. Banderas de arcoíris, de lesbianas, trans, desde los 80 pesos. Abanicos de los que hacen ruido o de los que no. De los primeros se venden en 120 y 50 los silenciosos. Y, por supuesto, termos con forma de pene, porque la solemnidad nunca ha sido una virtud del orgullo ni tampoco la discreción. Esos se vendían en 120.
En las banquetas, familias enteras observaban el desfile. Había niños preguntando cosas incómodas y padres improvisando respuestas. Había señoras sonriendo. Había señores fingiendo indiferencia mientras miraban más que nadie. Curiosos.

Esta era la llamada Marcha del Orgullo “chica”, aunque el adjetivo resulta engañoso. Chica porque no llegan las marcas a repartir mercancía ni los antros a promocionar promociones. Chica porque aquí no dominan los carros alegóricos patrocinados ni los influencers transmitiendo en vivo. Chica porque, en teoría, es más política que comercial. Pero pequeña no era.
La avanzada la encabezaban una docena de motociclistas lesbianas. Las motos rugían como si quisieran despejar el camino a fuerza de cilindros y gasolina. Eran mujeres curtidas por el sol y los caminos. Mujeres que hace algunas décadas habrían sido expulsadas de casi cualquier espacio público por el simple hecho de existir juntas. Ahora abrían una marcha. No parece mucho. Lo es.
Detrás venía el resto: “maricones”, “jochis”, lesbianas, personas trans, bisexuales, no binaries, familias homoparentales, cristianos de la diversidad, activistas veteranos y adolescentes que apenas están descubriendo quiénes son. Una multitud de personas que comparten pocas cosas salvo una certeza: durante demasiado tiempo les dijeron que eran un error.
Había drags imposibles. Una de ellas parecía haber escapado de un concurso entre extraterrestres y emperatrices romanas. Otra caminaba sobre plataformas que convertían cada paso en un acto de fe. Entre el gentío avanzaba un muchacho con una armadura, alas emplumadas que se abrían y cerraban con mecanismos ocultos y una banda arcoíris cruzándole el pecho. Parecía un arcángel expulsado del paraíso por exceso de maquillaje.

También iba un furro. Porque toda marcha multitudinaria termina pareciéndose un poco a internet.
Desde las banquetas llovían miradas. Algunas de admiración. Algunas de curiosidad. Algunas todavía de rechazo. Porque si algo caracteriza a estas marchas es que funcionan como un espejo incómodo: obligan a una ciudad entera a verse reflejada en quienes durante décadas intentó esconder.
Entre los contingentes repartían condones, botellas de agua para los sedientos. Otros cargaban mantas con consignas, mensajes de amor, de acompañamiento: “Si en tu casa no te quieren, no estás solo, yo te abrazo”. Había quienes bailaban. Había quienes marchaban en silencio. Había quienes convertían el recorrido en fiesta y quienes lo asumían como protesta. Y ambas cosas están bien, convivían sin problema. Después de todo, la alegría también puede ser una forma de resistencia ante el odio, la opresión, el deseo que no existan.
Cuando el contingente llegó hacia la Glorieta de las y los Desaparecidos, el ambiente empezó a cambiar. La tarde caía despacio y con ella el calor cediendo de a poco. Sobre el escenario sonaban versiones de Lady Gaga, Shakira y Alaska. Las canciones eran coreadas con la intensidad de los himnos nacionales. Miles de voces repitiendo letras que hablan de libertad, deseo y orgullo. Cosas que para mucha gente son simples palabras. Para otros, conquistas.
Los organizadores hablaron de 250 mil asistentes. La cifra sonaba tan optimista que casi parecía un acto de fe. A ojo de reportero, de caminante y de simple observador, resultaba difícil creerlo. Pero también es cierto que las marchas del orgullo suelen medirse menos por la exactitud estadística que por la ocupación simbólica del espacio. Cuántos eran importa menos que el hecho de que estaban ahí.

Cerca de la glorieta estaba otro grupo. Cerca de treinta jóvenes repartiendo volantes. Una contramarcha dentro de la marcha. Criticaban el capitalismo, denunciaban el genocidio en Gaza, cuestionaban la comercialización del orgullo. Recordaban que la primera marcha no fue una fiesta sino un disturbio. Que antes de los patrocinadores hubo golpes. Antes de las carrozas hubo redadas. Antes de los espectáculos hubo miedo.
Y quizá ahí estaba la verdadera postal de la tarde.
Porque el orgullo contemporáneo es una criatura extraña: mitad carnaval, mitad manifestación política. Mitad concierto pop, mitad exigencia de derechos. Una celebración construida sobre heridas que todavía no terminan de cerrar.
Miles de “jotos”, “maricones” o lesbianas, trans, bisexuales, personas queer y aliados ocuparon durante unas horas las calles de Guadalajara.
No estaban pidiendo permiso.
Estaban ejerciendo el derecho de existir. Y eso, en una ciudad como Guadalajara, sigue siendo una forma de rebeldía.