El cielo está nublado y amenaza con lluvia, pero en Guadalajara el agua que preocupa es la que viene de abajo. Desde hace meses, habitantes de la Zona Metropolitana denuncian las condiciones del agua que llega a sus hogares. Este domingo, el hartazgo salió a las calles.

A las once de la mañana, La Minerva comenzó a llenarse de personas con pancartas, cartulinas y una exigencia compartida. Había adultos mayores, jóvenes y familias que llegaron para reclamar algo que debería ser cotidiano: abrir la llave y tener agua limpia.
«¡Queremos agua limpia!», gritaba la multitud. Las voces se mezclaban entre música, cumbia y conversaciones de desconocidos que, por unas horas, encontraron una causa común. Había enojo, pero también cierta alegría de descubrir que no estaban solos. La preocupación que durante meses permaneció dentro de sus casas ahora ocupaba las calles.
Entre los asistentes estaba Gabriela Sandoval, de 40 años, quien aseguró experimentar picazón en todo el cuerpo después de bañarse con el agua de su hogar. Las molestias, relató, la han llevado a recurrir a un tratamiento. Su testimonio puso rostro a una preocupación que va más allá de la apariencia del líquido: la incertidumbre de no saber si algo tan elemental como bañarse puede afectar el bienestar.
Para quienes acudieron a la marcha, el problema no se limita al suministro. También representa gastos adicionales, cambios en las rutinas familiares y la frustración de no contar con respuestas que les permitan recuperar la confianza en el servicio.

La crisis tampoco entiende de estratos sociales. Una de las ideas que atraviesa la protesta es que el acceso al agua en condiciones adecuadas no debería depender del lugar donde se vive ni del dinero que se tiene. «El agua nos afecta a todos. Puedes vivir en una colonia con más dinero o en una donde apenas alcanza para los gastos de la semana, pero todos necesitamos bañarnos, cocinar y limpiar. No tendría que ser un privilegio tener agua limpia», sería el reclamo de uno de los asistentes.
«No queremos un partido, queremos soluciones», señaló un hombre mayor, quien sostuvo que la movilización no debía convertirse en una disputa entre el PRI, Morena o Movimiento Ciudadano, sino concentrarse en exigir una Guadalajara limpia.
Esa exigencia también se convirtió en un llamado a la unidad. Para otro de los manifestantes, salir a las calles es una manera de demostrar que el problema no puede resolverse de forma individual. «Si cada quien se queda en su casa pensando que el problema solo le toca a su colonia, no va a cambiar nada. Tenemos que organizarnos, apoyarnos entre vecinos y exigir juntos. Hoy es el agua, algo que necesitamos todos, sin importar por quién votamos», sería el mensaje de otro participante.
Sin embargo, el reclamo apartidista convivió con las consignas contra el gobierno estatal y el gobernador Pablo Lemus Navarro. «Ni siquiera nos presta atención, seguro él sí tiene agua limpia», reclamó una de las voces durante la protesta. Al fondo, el grito de «¡Fuera Lemus!» también retumbaba entre los asistentes.

La marcha avanzó desde La Minerva rumbo a Casa Jalisco. Durante buena parte del recorrido, el ambiente se mantuvo tranquilo: la gente caminaba, levantaba sus pancartas y repetía sus exigencias bajo un cielo cada vez más amenazante.
Pero a aproximadamente dos cuadras de la residencia oficial del gobernador, la situación cambió. Los manifestantes comenzaron a ser rociados con agua, una escena paradójica en una protesta que precisamente exigía agua limpia. Más tarde llegó el gas lacrimógeno y la movilización se convirtió en un escenario de tensión y confusión.
El ambiente cambió de golpe. La música y las consignas cedieron espacio a la preocupación por quienes necesitaban ayuda y por lo que ocurriría a continuación. En medio de la situación, los propios manifestantes organizaron un espacio de cuidados para atender a personas heridas; posteriormente llegaron ambulancias.
La solidaridad se volvió una necesidad inmediata. Mientras algunos asistentes buscaban ayuda, otros intentaban auxiliar a sus compañeros y averiguar qué estaba sucediendo a su alrededor.
La tensión escaló todavía más cuando, según denunciaron los manifestantes, policías comenzaron a detener a participantes e introducirlos en Casa Jalisco. Algunos calificaron lo ocurrido como un «secuestro», expresión con la que manifestaron su indignación por los hechos.
Durante la jornada, los asistentes reportaron 20 personas detenidas, cifra que requiere confirmación oficial. La situación de los arrestados, los motivos de las detenciones y la versión de las autoridades sobre el uso de agua y gas lacrimógeno quedaron entre las preguntas que exigían respuesta.
La marcha comenzó con música, cartulinas y una consigna compartida. Terminó con personas heridas, preocupación por los detenidos y una exigencia que no desapareció entre el gas y los gritos.
Porque el agua no distingue partidos ni ideologías. Está en cada cocina, cada baño y cada hogar. Y para quienes salieron a las calles este domingo, la petición sigue siendo elemental: poder abrir la llave sin miedo y dejar de preguntarse si el agua que llega a sus casas es segura.
«¡Queremos agua limpia!»