Guadalajara

Durante casi una hora intentó concentrarse, pero la caja permaneció en su cabeza. Hasta que el supervisor salió. Entonces la abrió. Dentro había 4 objetos: el primero era un acta religiosa; el segundo, una carta escrita en latín; el tercero, una fotografía antigua, el cuarto era una hoja completamente blanca...

El cuarto nombre (cuento)

La primera vez que Lucía vio la caja, no pensó que fuera importante.

Estaba en una de las mesas de trabajo, entre documentos de finales del siglo XIX, expedientes incompletos y carpetas que llevaban décadas sin ser consultadas.

Era una caja pequeña.

De cartón grueso, amarillento por el tiempo.

No tenía sello institucional.

No tenía número de clasificación.

No tenía fecha.

Solo dos palabras escritas a mano sobre la tapa:

“CUARTO NOMBRE”

Lucía se quedó mirándolas unos segundos.

—¿Eso qué significa?

Su supervisor levantó la vista desde el otro extremo de la sala.

—¿Qué cosa?

—La caja.

El hombre dejó de escribir.

—Déjala.

Lucía sonrió, pensando que bromeaba.

—¿No tengo que registrarla?

—No.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

—Porque alguien la dejó.

—¿Quién?

El supervisor la miró.

No respondió.

Lucía volvió a observar la caja.

—¿Puedo abrirla?

—Te dije que la dejes.

La manera en que lo dijo cambió algo.

Ya no sonaba a una instrucción de trabajo.

Sonaba a advertencia.

Lucía obedeció.

Durante casi una hora intentó concentrarse en otros documentos, pero la caja permaneció en su cabeza.

Hasta que el supervisor salió.

Entonces la abrió.

Dentro había cuatro objetos.

El primero era un acta religiosa.

El segundo, una carta escrita en latín.

El tercero, una fotografía antigua.

El cuarto era una hoja completamente blanca.

Lucía tomó el acta.

El nombre que aparecía en ella era:

Mateo de la Cruz.

Nacido en 1847.

Hasta ahí, nada extraño.

Pero en el margen alguien había escrito una fecha.

Lucía frunció el ceño.

—No puede ser.

Volvió a revisar el documento.

La anotación estaba ahí.

Después tomó la carta.

No entendía todo el latín, pero reconoció algunas palabras.

Memoria.

Nombre.

Confesión.

Y una frase que consiguió traducir con dificultad:

“Lo que se recuerda no puede ser enterrado.”

Lucía sintió un pequeño escalofrío.

Dejó la carta y tomó la fotografía.

Era una imagen de cuatro personas.

Tres hombres y una mujer.

Todos vestidos con ropa de otra época.

En el reverso había cuatro nombres.

Mateo de la Cruz.

Rafael Esquivel.

Inés María Ortega.

El cuarto nombre había sido raspado hasta casi destruir el papel.

Debajo solo quedaba una frase:

“NO DEBEN EXISTIR CUATRO”.

Lucía volvió a leerla.

Una vez.

Dos.

Después sacó su teléfono.

Fotografió la imagen.

Fue entonces cuando escuchó pasos.

Cerró la caja.

El supervisor apareció en la puerta.

Miró la mesa.

Después miró a Lucía.

—Te dije que no la tocaras.

—¿Quiénes son?

—No importa.

—Hay tres nombres.

—Lucía.

—Y había un cuarto.

El hombre guardó silencio.

Ella sostuvo la fotografía.

—¿Qué significa “no deben existir cuatro”?

El supervisor se acercó lentamente.

—Hay documentos que es mejor no entender.

—Eso no tiene sentido.

—Precisamente.

Le quitó la fotografía.

—Termina tu trabajo y olvídate de esto.

Lucía no discutió.

Pero tampoco olvidó.

Esa noche buscó los tres nombres.

Mateo de la Cruz apareció en un registro religioso.

Rafael Esquivel aparecía en un documento administrativo.

Inés María Ortega aparecía en una colección particular.

Tres personas.

Tres lugares diferentes.

Tres épocas ligeramente distintas.

Y, aparentemente, ninguna relación.

Hasta que Lucía encontró algo.

Los tres nombres aparecían asociados con la misma institución religiosa.

No como sacerdotes.

No como funcionarios.

Como testigos.

Lucía se quedó mirando la pantalla.

Testigos de qué, no lo decía.

Al día siguiente volvió al archivo.

Esperó a que el supervisor se marchara.

Regresó a la caja.

Esta vez llevó una lámpara ultravioleta.

Había aprendido que algunos documentos antiguos conservaban rastros de tinta que ya no podían verse a simple vista.

Apagó la luz.

Pasó la lámpara sobre la hoja blanca.

Primero no ocurrió nada.

Después apareció una escritura tenue.

Lucía dejó de respirar durante un instante.

Había una lista.

Mateo de la Cruz.

Rafael Esquivel.

Inés María Ortega.

Y debajo:

“EL QUE RECUERDE LOS OTROS TRES”.

Lucía retrocedió.

La hoja parecía completamente normal otra vez.

Volvió a pasar la lámpara.

La frase apareció.

Esta vez había algo más.

Una fecha.

Lucía sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.

2004 era el año en que había nacido.

Se quedó inmóvil.

—No.

La puerta se abrió.

Lucía escondió la lámpara.

Era el supervisor.

Pero esta vez no estaba solo.

Había otro hombre con él.

Un hombre mayor.

El anciano miró la caja.

Después miró a Lucía.

—¿Ya apareció?

Lucía no entendió.

—¿Qué?

El hombre no contestó.

El supervisor le dijo algo en voz baja.

El anciano negó con la cabeza.

—Entonces ya es demasiado tarde.

Lucía se levantó.

—¿Qué está pasando?

El supervisor se quedó callado.

—Quiero saber quiénes eran esas personas.

El anciano la observó durante unos segundos.

—No eran importantes por lo que hicieron.

—Entonces, ¿por qué los ocultaron?

—Porque recordaban.

—¿Qué?

El hombre miró la fotografía.

—Decisiones.

Lucía sintió que aquella palabra pesaba demasiado.

—¿Qué decisiones?

—Decisiones que otras personas querían olvidar.

El anciano salió.

Lucía siguió al supervisor.

—¿Quién era?

—Nadie.

—Usted sabe quién es.

—Sí.

—Entonces dígamelo.

El hombre se detuvo.

—Lucía, algunas historias sobreviven porque alguien las conserva. Otras sobreviven porque alguien las busca. Pero hay historias que sobreviven a pesar de que todos hicieron lo posible por destruirlas.

—¿Y esas personas?

—Fueron parte de una de ellas.

—¿Y el cuarto nombre?

El supervisor no respondió.

Eso fue suficiente.

Lucía regresó a la mesa.

Buscó la fotografía.

Pero la fotografía había cambiado.

No mucho.

Solo había una diferencia.

Antes había cuatro personas.

Ahora había cinco.

Lucía se acercó.

La quinta persona estaba al fondo.

Una mujer joven.

Su rostro apenas se distinguía.

Pero Lucía reconoció la ropa.

Era la misma que llevaba ella ese día.

Se le cayó la fotografía de las manos.

La recogió.

Le dio la vuelta.

Los cuatro nombres seguían ahí.

Mateo.

Rafael.

Inés.

Y el cuarto, todavía borrado.

Pero debajo había aparecido una nueva frase.

“AHORA YA RECUERDAS”.

Lucía salió del archivo.

No corrió.

No gritó.

Simplemente caminó.

Necesitaba aire.

Necesitaba pensar.

Sacó su teléfono y comenzó a buscar su propia acta de nacimiento.

La encontró.

Lucía Ortega.

Nacida en 2004.

Madre: María Elena Ortega.

Padre: desconocido.

Hasta ese momento nunca le había importado demasiado.

Siempre había pensado que era una ausencia administrativa.

Algo que simplemente no estaba.

Pero entonces vio una anotación al margen.

Una que nunca había visto.

Una pequeña frase escrita con tinta casi invisible.

“CUARTO NOMBRE”.

Lucía sintió que las manos comenzaban a temblarle.

Debajo había otra frase.

“NO ADMINISTRAR NUEVAMENTE”.

La misma frase del documento.

La misma letra.

La misma tinta.

Entonces entendió.

El cuarto nombre no era el nombre de una persona.

Era el nombre de alguien que podía recordar a los otros tres.

Y si los tres habían sido borrados de la historia, alguien tenía que conservar aquello que habían intentado borrar.

Lucía miró nuevamente la fotografía.

Ya no había cinco personas.

Había seis.

Una figura más había aparecido junto a ella.

No podía distinguir su rostro.

Pero sí podía leer el nombre escrito debajo.

Era el suyo.

Lucía dejó caer la fotografía.

Y por primera vez comprendió por qué la caja no tenía número.

No era porque alguien hubiera olvidado catalogarla.

Era porque alguien había decidido que nunca debía existir.

Y ahora existía.

Porque ella la había encontrado.

O quizá porque, mucho antes de encontrarla, alguien había decidido que algún día sería ella quien la buscara.

Lucía volvió a mirar la caja.

Las dos palabras seguían ahí.

“CUARTO NOMBRE”.

Pero ahora había algo escrito debajo.

Una frase que no estaba antes.

“EL QUINTO TODAVÍA NO RECUERDA”.

El autor, Darío Sebastián, es alumno de la escuela de escritores SOGEM Guadalajara.

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