—¡Fuera encapuchados! ¡Fuera encapuchados!
El grito se extiende alrededor del Parque Rojo. Se repite entre los asistentes, rebota de un grupo a otro y se convierte en una exigencia que amenaza con dividir la movilización antes de que termine de tomar forma. Hay quienes se niegan a marchar si los encapuchados permanecen entre ellos. Los señalan, los cuestionan y advierten que no quieren que una protesta para exigir agua limpia termine convertida en un escenario de violencia y agresiones.
Algunos manifestantes los relacionan con presuntos grupos de choque. La desconfianza es evidente: después de lo ocurrido el 11 de octubre, nadie parece dispuesto a ignorar las señales que puedan anticipar un nuevo enfrentamiento. Sin embargo, los reclamos no consiguen apartarlos de la movilización.
La segunda megamarcha por el agua comienza con una tensión distinta a la de su primera edición. La convocatoria reúne a menos personas y el llamado no parece haber alcanzado la misma fuerza en redes sociales, pero quienes acuden llegan con una preocupación compartida: exigir agua limpia sin exponerse nuevamente a la violencia.
Entre los asistentes hay quienes llevan silbatos. Los sostienen como una herramienta de prevención, preparados para hacer ruido si detectan una agresión o necesitan alertar al resto. El sonido, que podría parecer insignificante frente a una multitud, adquiere otro significado después de las detenciones y los señalamientos por el operativo policial de la marcha anterior.
Esta vez, al menos en los alrededores del Parque Rojo, no hay una presencia policial que domine el escenario. No se observan elementos desplegados entre los manifestantes al comienzo de la movilización. La ausencia también se hace notar: después de lo sucedido el 11 de octubre, la posibilidad de encontrarse nuevamente con policías frente a frente forma parte de las inquietudes de quienes decidieron salir a las calles.
El gobernador Pablo Lemus había prometido que no habría represión. Conforme avanza la jornada, los elementos policiales permanecen en puntos cercanos a Casa Jalisco y al Congreso del Estado, en lugar de situarse en medio de la concentración. Su presencia, en esta ocasión, está asociada con labores de vigilancia y protección de los asistentes, aunque el recuerdo del operativo anterior sigue pesando sobre el ambiente.
En un principio, la marcha transcurre de manera pacífica. Las consignas se mezclan con las conversaciones y los grupos avanzan con sus propias demandas. El agua limpia es el motivo central, pero no el único. También hay quienes protestan por las detenciones del 11 de octubre, quienes exigen responsabilidades por el operativo y quienes consideran que la salida de Pablo Lemus del gobierno de Jalisco es la única respuesta posible a lo ocurrido.
La consigna contra el gobernador aparece entre las voces de la multitud. Los manifestantes hablan de reunir 200 mil firmas para impulsar su destitución, una meta que se suma a los reclamos por el acceso al agua y por la actuación de las autoridades. El descontento ya no se limita a una exigencia relacionada con los servicios públicos: también alcanza a quienes consideran que el gobierno estatal debe responder por los acontecimientos de la primera megamarcha.
Pero la calma comienza a resquebrajarse cuando algunos encapuchados protagonizan disturbios. Se reportan daños a establecimientos y robos, acciones que contrastan con el propósito de quienes acudieron a manifestarse de manera pacífica. La preocupación que al comienzo se expresaba mediante gritos y silbatos adquiere entonces una dimensión concreta.
La escena vuelve a colocar a los asistentes frente a una pregunta incómoda: ¿cómo sostener una protesta colectiva cuando algunos de sus participantes realizan actos que contradicen las demandas de quienes marchan?
La movilización avanza sin que todos parezcan caminar hacia el mismo lugar, al menos en términos políticos. Hay grupos que concentran su atención en la crisis del agua; otros buscan que se investigue el operativo del 11 de octubre; algunos exigen la destitución de Lemus y otros parecen estar ahí para vigilar que la policía no vuelva a actuar contra los manifestantes. A esa diversidad se añaden quienes participan en los disturbios, cuya presencia profundiza las diferencias entre los asistentes.
La marcha es dispersa. No se percibe la misma sensación de unidad que suele acompañar a una convocatoria que reúne a personas alrededor de una exigencia común. Las consignas coinciden por momentos, pero las motivaciones son distintas y la desconfianza atraviesa los grupos.
No es difícil entender por qué. La primera megamarcha por el agua, realizada el 11 de octubre, dejó una jornada caótica y dolorosa, marcada por las detenciones y los cuestionamientos al actuar de las autoridades. Las secuelas permanecen en la memoria de quienes regresan a las calles: están en los silbatos, en las miradas dirigidas hacia los encapuchados, en la preocupación por la presencia policial y en la insistencia de que una protesta no debe convertirse en una agresión contra sus propios participantes.
Esta vez, la ausencia de un despliegue policial que intimide a los asistentes permite que la movilización comience sin el mismo escenario de confrontación. Sin embargo, la promesa de evitar la represión no basta para disipar las tensiones que atraviesan la protesta.
Una vez fuera de palacio de gobierno se pide al gobernador entre gritos que deje su cargo. “Fuera, Lemus” “Fuera, Lemus” insisten con pancartas y la población se congrega a los alrededores, mientras se lanzan huevos y jitomates. Sin embargo, la lucha parece debatirse entre manifestantes vs encapuchados. No contra policías.
Los manifestantes procuran que aquellos que causan disturbios se marchen e insisten en tener una protesta tranquila.
Los manifestantes volvieron a las calles para exigir agua limpia. También regresaron con el temor de que la historia se repitiera. Y mientras unos intentaban sostener el carácter pacífico de la movilización, los disturbios recordaron que, esta vez, el conflicto no estaba solamente frente a las autoridades: también se encontraba dentro de la propia marcha.