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Escribir para no olvidar

Imaginemos que, desde muy temprana edad, poseemos un superpoder extraordinario: el asombro.

Ese don se despierta cuando la curiosidad nos impulsa a descubrir el mundo, cuando la lectura se convierte en un mapa para interpretarlo y la escritura, poco a poco, se transforma en la llave que abre las puertas de nuestro universo interior, revelando aquello que llevamos dentro.

Así, la lectura y la escritura no solo acompañan nuestra vida: la expanden. Construyen mundos posibles, nos permiten habitarlos… y también inventar los propios.

Sin embargo, así como la imaginación nos impulsa, el miedo también nos acompaña. El temor a lo nuevo, a lo desconocido, a aquello que parece demasiado grande. Ese miedo es tan antiguo como la humanidad misma. Basta imaginar el terror del primer ser humano al contemplar el fuego, sin comprender aún que estaba presenciando un elemento destinado a transformar la historia del mundo hasta nuestros días.

Una de las leyendas culturales más antiguas y fascinantes narra el miedo que provocó la escritura: ¿desaparecería la memoria oral?, ¿sería el fin de la tradición hablada?, ¿nadie recordaría? Se temía que la palabra escrita devorara a la palabra dicha. No obstante, ocurrió exactamente lo contrario: la escritura preservó, fortaleció y multiplicó la memoria. Fue, incluso, el inicio de la Historia y, con ella, de la posibilidad infinita de viajar a otros mundos y de construir los propios.

Elodia

Hoy deseo compartirles mi propia odisea: la travesía que viví para convertir en una epopeya personal la escritura de mi libro Elodia. Se trata de una biografía novelada, con un estilo profundamente mexicano, concebida como un caleidoscopio que permite observar la historia de una mujer desde múltiples perspectivas; como un espejo en el que se reflejan las mujeres mexicanas; y como un baúl de recuerdos en el que, mientras más se escarba, más historias emergen.

El primer gran reto de toda escritura es la hoja en blanco, ese punto de partida donde todo comienza. En cualquier proyecto creativo existe un enemigo silencioso: la página vacía. Sabemos qué queremos decir, pero no cómo empezar. La mente está llena de ideas, pero estas requieren cuerpo, forma y estructura. Desde muy joven escuché un consejo sencillo y certero: “Escribe lo que sea”. Y tenían razón. Lo primero suele ser tosco, elemental, imperfecto; pero es la roca inicial de la idea, el diamante en bruto que ya existe fuera de uno mismo. En mi caso, Elodia se había escrito a lo largo de toda una vida: en relatos fragmentados, en historias guardadas como pequeñas cápsulas de memoria —similares a las de la película Intensamente— que deseaba conservar para siempre. Años de entrevistas espontáneas, anécdotas, gestos, silencios, fotografías y recortes de periódico fueron atesorados como quien resguarda un patrimonio familiar.

Escribir no es tan sencillo como parece. Implica exteriorizar el mundo interior a través de las palabras. En el proceso ocurre de todo: cotidianidad, alegría, risas, nostalgia, dolor al recordar y, sobre todo, momentos simples pero extraordinarios. Atardeceres enteros arrastrando el lápiz durante horas para lograr un solo párrafo, o noches de intensa inspiración capaces de dar forma a varias cuartillas.

Aprender a escribir —aunque parezca obvio— es, en realidad, un arte. Todos sabemos escribir, pero escribir un libro exige comprender los distintos tipos de escritura: académica, científica, de divulgación, narrativa. Supone conocer los pactos de verosimilitud, las estructuras, y dominar las reglas básicas de ortografía, acentuación, gramática y sintaxis, elementos imprescindibles en cualquier obra.

Y aquí aparece una figura fundamental: el editor fantasma. No se trata, por supuesto, de alguien del inframundo ni de una presencia nocturna, sino de un perfil profesional invaluable. Todo texto necesita acompañamiento. Ninguna obra se construye completamente sola. Contar con una mirada experta permite explorar rutas posibles, recibir sugerencias y tomar decisiones más conscientes. En mi caso, Paola Licea fue mi editora fantasma y acompañante durante dos años en el proceso de escritura de Elodia. Su labor fue similar a tomar clases constantes: revisiones, observaciones y propuestas que dieron como resultado una obra con múltiples capas narrativas, historias paralelas que se entrelazan, una biografía construida de atrás hacia adelante —de lo nuevo a lo antiguo— y una sólida documentación histórica que integra periódicos, fotografías y pinturas. Todo ello, combinado con los pactos de verosimilitud, da como resultado una historia que permanece, como un dulce prolongado en la memoria.

La lectura, por supuesto, es la compañera fiel de la escritura. Uno de mis principales objetivos con Elodiafue crear un libro profundamente mexicano y latinoamericano. Para ello, emprendí la tarea —exigente y mágica a la vez— de leer obras fundamentales como Pedro Páramo, Arráncame la vida, Como agua para chocolate, La casa de los espíritus y Cien años de soledad, entre muchas otras. Estas lecturas ampliaron mis horizontes, contextualizaron mi escritura y me permitieron descubrir múltiples caminos narrativos.

Estimados lectores: hasta aquí mi columna de hoy. Espero haber cumplido mi propósito: compartirles la travesía de Elodia y animarlos a leer y a escribir. O a escribir y a leer. Ojalá encuentren ese pequeño rayo de luz que los inspire y que, cuando alguien los necesite, se conviertan ustedes mismos en ese rayo que ilumina el camino de alguien más, que recuerda que nadie está solo, que ofrece cuidado y abrigo. Porque cuando dos luces se encuentran, nace una claridad más grande, más cálida y profundamente humana. Hasta la próxima. Un abrazo.

Jorge Alejandro Peña Landeros

*Jorge Alejandro Peña Landeros / Director de Biblioteca / Universidad Panamericana (UP)

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