Queridos lectores: Marzo asoma con su promesa de primavera. La luz se alarga, los días invitan a salir y la ciudad se llena de encuentros que nos convocan a pensar, leer y dialogar. En este tiempo fértil para el espíritu, la cultura tapatía nos ofrece una oportunidad privilegiada para reencontrarnos con nuestras raíces y, al mismo tiempo, proyectarnos hacia el porvenir.
Hoy deseo compartir con ustedes dos acontecimientos editoriales que no solo celebran la memoria, sino que la actualizan y la vuelven viva. Ambos tienen un hilo conductor: la virtud entendida como fuerza transformadora de la historia.

Mariano Otero
Ha visto la luz el libro Mariano Otero: Académico, político y jurista, del Mtro. Juan Enrique Ibarra Pedroza, recientemente designado Presidente de El Colegio de Jalisco para el periodo 2026–2031. Su nombramiento honra a la academia jalisciense y confirma su compromiso con la historia y la reflexión pública.
La obra recupera la figura de Mariano Otero en toda su complejidad humana e intelectual. No solo al jurista que dio forma al juicio de amparo, ni únicamente al político liberal que buscó consensos en medio de la inestabilidad; también al hijo, al padre, al ciudadano profundamente consciente de su tiempo. Hacia 1841, en apenas veinte años de vida independiente, México había ensayado imperio, triunvirato y presidencialismo —con dieciséis relevos en el poder—, además de transitar entre constituciones federalistas y centralistas. Aquellas décadas, llamadas por la historiadora Josefina Zoraida Vázquez “las de las desilusiones”, exigían mentes lúcidas y carácter firme. En ese escenario emergió Otero. Como señala el prólogo de la obra, Otero fue uno de los exponentes más acabados de la Ilustración en el occidente de la República. Ibarra Pedroza nos lo presenta como analista social, constituyente, legislador sustentado en evidencia, constructor de acuerdos y protagonista activo durante la invasión estadounidense, siempre en la búsqueda —aun infructuosa— de una paz justa.
Esta biografía no es solo un ejercicio historiográfico: es una invitación a redescubrir a un pensador cuya vigencia interpela nuestro presente. Como recordaba George Steiner, “los antiguos son todavía novedades”. En Otero encontramos no una estatua, sino una conciencia que dialoga con nuestro tiempo.
Si Otero representa la lucidez intelectual en la vida pública, Fray Antonio Alcalde y Barriga encarna la virtud traducida en instituciones.
Fray Antonio Alcalde y Barriga
Dominico español y obispo de Guadalajara, Alcalde (1701–1792) hizo del bien una práctica constante. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza —elevadas por la fe, la esperanza y la caridad— no fueron en él conceptos abstractos, sino criterios de acción. Su legado permanece visible: el Hospital Civil de Guadalajara, el impulso decisivo a la Real Universidad de Guadalajara, el Santuario de Guadalupe y el proyecto habitacional de Las Cuadritas, entre otras obras. Salud, educación, fe y vivienda: dimensiones esenciales de la dignidad humana atendidas con visión pastoral y sensibilidad social.

Enrique Ibarra
Ha subrayado en diversas ocasiones la influencia moral que Fray Antonio ejerció en la memoria cívica jalisciense y, de manera particular, como inspiración ética para figuras como Mariano Otero. La virtud no como discurso, sino como cimiento.
En este contexto se inscribe la obra Dos elogios fúnebres en honor de Fray Antonio Alcalde y Barriga. Santidad y legado, del Pbro. Dr. Rubén Rodríguez Balderas y de quien esto escribe. El volumen rescata los discursos pronunciados en 1792 y 1892, auténticos testimonios de veneración y gratitud. Sin embargo, su propósito va más allá de la recuperación documental. Aspira a propiciar una reflexión profunda sobre la virtud y el ser virtuoso como fundamento del sentido humano, espiritual y social de nuestro desarrollo. La vida de Alcalde demuestra que la santidad no es evasión del mundo, sino compromiso concreto con él.
El prólogo de este libro está escrito por la exquisita pluma de mi amigo Enrique Ibarra Pedroza, quien ofrece una semblanza sólida y elegante de Fray Antonio Alcalde, destacándolo como auténtico arquitecto social de Guadalajara. Con rigor histórico y sensibilidad humanista, resalta su legado en educación, salud y desarrollo institucional, mostrando cómo transformó la caridad en obra estructural y la fe en progreso duradero.
Alcalde, Otero e Ibarra —cada uno en su tiempo y circunstancia— comparten una convicción: la historia se transforma cuando la inteligencia y la virtud caminan juntas. La fe sin obras se desvanece; la política sin principios se extravía; la academia sin compromiso pierde su alma.
Que estos nombres no sean solo referencias eruditas, sino estímulos vivos. Que nos animen a investigar más, a leer con mayor hondura, a participar en los espacios de diálogo y a asumir, desde nuestra trinchera, la responsabilidad de construir comunidad.
Los invito, pues, a acercarse a estas obras y a asistir a su presentación. Y, sobre todo, a buscar en ustedes mismos ese rayo de luz que impulse a vivir con excelencia, rectitud y esperanza. Porque la virtud, cuando se encarna en la acción, no solo honra el pasado: abre camino al porvenir. Hasta la próxima. Un abrazo.