Desde hace unos años, en redes sociales se ha empezado a hablar de un malestar que sólo afecta a los hombres heterosexuales: “la epidemia de la soledad”. Un término acuñado desde la llamada “manósfera”, es decir, ese espacio en internet donde hombres se reúnen virtualmente a compartir ideas sobre los estragos que ocasiona el feminismo y por qué el mundo debería tener a los hombres en su lugar, y a las mujeres en el suyo. Un lugar, obviamente, definido por ellos.
Este movimiento, que enseña cómo ser un hombre dominante, curiosamente promueve el victimismo entre sus seguidores. Y, entre otras cosas, comparten cómo por culpa de las mujeres y el feminismo son víctimas de la soledad. Porque ahora, dicen, ellas no quieren casarse, tener hijos y dedicarse al hogar. Es decir, para los hombres que piensan así, una pareja estable y tradicional es la única forma de no estar solo.

Es cierto que las personas se casan cada vez menos (y a una edad más tardía). Pero también hay más uniones libres en la actualidad. Es más, las estadísticas de INEGI nos muestran que, si sumamos ambos tipos de relación, es decir, los matrimonios y las uniones libres, el número de personas que declaran tener una relación estable se ha mantenido más o menos en igual porcentaje a lo largo del siglo XXI, en torno al 55 por ciento. Sin embargo, es extraño pensar que una relación de pareja es la única forma de evitar “la soledad”. Como es extraño no saber que puedes sentirte sola y tener una pareja estable.
En ese sentido, diversos movimientos de mujeres en las redes sociales expresan una realidad totalmente distinta, que comienza a cambiar la percepción de que la relación más importante de la vida es el amor romántico. Por el contrario, las redes de amigas están cobrando relevancia como un modelo organizativo que proporciona cuidados mutuos, compañía y apoyo económico.
La antropología y otras humanidades se han ocupado de la amistad como “pegamento social”, centrándose en motivaciones de alianza, intereses comunes, necesidad de pertenencia e intercambio, pero sin perspectiva de género. Por otro lado, desde la noción popular, la amistad entre mujeres se describe en términos de rivalidad, competencia y sentimientos exacerbados, ya lo dice el refrán: “mujeres juntas ni difuntas”.
La realidad es que, en la vida cotidiana, la amistad entre mujeres ha sido primordial para la sobrevivencia en contextos de violencia patriarcal. Las mujeres afganas, por ejemplo, ante la brutalidad del régimen talibán, han creado clubes de lectura donde se juntan en pequeños grupos para debatir. Estos grupos, que a veces viven en el mundo digital, por la imposibilidad de juntarse, les permiten expresarse y aprender, lejos de la mirada represora, a la vez que generan redes de confianza y apoyo emocional.
En la actualidad, en el mundo comienzan a expandirse comunidades exclusivas para mujeres que nos recuerdan a la vida conventual, pero con sentido laico. En ellas, las mujeres buscan generar una economía compartida, trabajo colectivo y espacios de convivencia y recreación en los que puedan envejecer juntas y proveerse de cuidados, compañía y seguridad. Estas experiencias no se plantean como sustitutos de la vida en pareja, sino como alternativas para una vida plena.
Quizás la epidemia de soledad que enfrentan los varones podrían atenderla imaginando otras formas de relacionarse, porque una cosa es no querer “estar solo” y otra muy diferente que una mujer tenga que salvarte.
*Por Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte y Mariana Espeleta Olivera, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO