En los últimos años, el cambio climático ha dejado de ser una amenaza abstracta para convertirse en una experiencia cotidiana. Olas de calor más intensas, sequías prolongadas, incendios forestales, inundaciones y una creciente pérdida de biodiversidad ya no son noticias lejanas, sino realidades que atraviesan la vida diaria de millones de personas y de las cuales nos enteramos prácticamente por cualquier medio. En este contexto emergen un concepto que describe una dimensión menos visible, pero igualmente preocupante de la crisis ambiental, la ecoansiedad.
El estrés debido al cambio climático se refiere a la tensión psicológica derivada de la percepción de deterioro ambiental, mientras que la ecoansiedad va un paso más allá, el tener ecoansiedad implica un miedo persistente y abrumador ante el futuro del planeta y la supervivencia humana. No se trata de trastornos clínicos aislados, sino de respuestas emocionales comprensibles frente a una amenaza real.

En otras palabras, no es irracional sentirse angustiado cuando los sistemas que sostienen la vida muestran señales de colapso. Lo que hace particularmente complejo este fenómeno es su carácter difuso. A diferencia de otras fuentes de estrés como el trabajo o los problemas económicos, la crisis ambiental es global, prolongada y difícil de controlar a nivel individual. Esta sensación de impotencia es uno de los principales motores de la ecoansiedad. Las personas saben que algo grave está ocurriendo, pero perciben que sus acciones individuales son insuficientes frente a la magnitud del problema.
Los jóvenes son, quizá, el grupo más afectado. Diversos estudios han documentado niveles elevados de ansiedad climática en generaciones que crecerán en un mundo más cálido, incierto y potencialmente más hostil. Para ellos, el futuro no es una promesa, sino una interrogante cargada de riesgos. La pregunta ya no es qué quieren ser cuando crezcan, sino en qué condiciones podrán vivir o qué mundo les vamos a dejar.
La ecoansiedad no es exclusiva de las nuevas generaciones, los agricultores que ven sus cosechas afectadas por sequías, las comunidades que enfrentan escasez de agua, los habitantes de ciudades con niveles alarmantes de contaminación o cualquiera de nosotros que hemos quedado varados en una inundación de las que ahora son más comunes, hemos experimentado en mayor o menor medida, una carga emocional asociada al deterioro ambiental.
Frente a este panorama, surge una paradoja inquietante, mientras más informada está una persona sobre la crisis ambiental, mayor es su probabilidad de experimentar ecoansiedad. La conciencia, que debería ser el primer paso hacia la acción, se convierte también en una fuente de angustia. Esto plantea un dilema importante para la comunicación ambiental, el cómo informar sin paralizar o cómo generar conciencia sin provocar desesperanza. La respuesta no es sencilla, pero pasa por reconocer que la dimensión emocional del cambio climático no puede seguir siendo ignorada.

Durante mucho tiempo, el discurso ambiental se ha centrado en datos, cifras y proyecciones, dejando de lado el impacto psicológico de estos mensajes. Sin embargo, las emociones no son un obstáculo para la acción; son, un motor fundamental, el problema surge cuando estas emociones se transforman en miedo paralizante o en apatía.
En este sentido, es crucial promover lo que algunos especialistas llaman “esperanza activa”. No se trata de un optimismo ingenuo que niega la gravedad del problema, sino de una actitud que reconoce los riesgos, pero también las posibilidades de cambio. La esperanza activa implica asumir responsabilidad sin caer en la culpa, actuar sin exigir resultados inmediatos y entender que cada acción, por pequeña que parezca, forma parte de un esfuerzo colectivo.
Asimismo, es importante generar espacios de diálogo donde las personas puedan expresar sus preocupaciones sin ser minimizadas. Hablar de ecoansiedad no es exagerar ni dramatizar; es reconocer una realidad emocional que merece atención. El ignorar estas emociones puede tener consecuencias más graves, como el agotamiento, la desmotivación o incluso el abandono de conductas proambientales.
Otro aspecto clave es evitar la individualización excesiva de la responsabilidad. Si bien las acciones personales son importantes, la crisis ambiental es, en gran medida, resultado de decisiones estructurales como los modelos de producción insostenibles, las políticas públicas insuficientes y las prácticas empresariales que priorizan el beneficio económico sobre el bienestar ambiental. Cargar todo el peso sobre el individuo no solo es injusto, sino que también alimenta la ecoansiedad.
Una estrategia efectiva para mitigar el estrés producido por el deterioro ambiental es canalizar la preocupación hacia la acción colectiva. Participar en iniciativas comunitarias, exigir políticas ambientales más ambiciosas, apoyar proyectos sostenibles y fomentar la educación ambiental son formas concretas de transformar la ansiedad en compromiso. La acción no elimina la incertidumbre, pero sí reduce la sensación de impotencia.

Es primordial que se incorpore la salud mental en la agenda ambiental; así como se diseñan estrategias para reducir emisiones o proteger ecosistemas, también deben desarrollarse mecanismos para atender el impacto psicológico de la crisis climática. Esto incluye desde campañas de sensibilización hasta la capacitación de profesionales en el abordaje de la ecoansiedad ya que esta es, en última instancia, síntoma de una relación fracturada entre la sociedad y el entorno natural, no es señal de debilidad, sino de conciencia. Ignorarla sería tan irresponsable como ignorar los indicadores ambientales que la originan.
En tiempos donde el planeta parece enviar señales de alarma cada vez más claras, escuchar también lo que ocurre dentro de nosotros es un acto de responsabilidad. Porque cuidar el medio ambiente no solo implica proteger ecosistemas, sino también sostener la capacidad humana de imaginar un futuro posible.
*Dra. Sandra Pascoe Ortiz / Profesora Investigadora / Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA), Campus Guadalajara