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Elogio de la alegría

Una adolescente nos dijo un día que ella no era feminista porque le gustaba el romanticismo y no quería renunciar a que le regalaran flores o le abrieran la puerta del carro. Unas jóvenes narraban sus experiencias en torno al 8M con sufrimiento, es muy duro, pensaban, tener que estar siempre luchando.

Cada vez es más habitual este tipo de expresiones, donde sienten que el feminismo y otras formas de lucha por la dignidad y los derechos son movimientos que te pueden robar la alegría.

El mundo está lleno de injusticias y cuando te das cuenta de ellas es muy difícil ver de igual forma cosas que antes te hacían reír o te daban igual.

Durante la pandemia, este proceso se agudizó: te regañaban por tus privilegios o te recordaban las discriminaciones que vivías constantemente. Esta angustia creciente fue captada por la ultraderecha del mundo, que se dio cuenta de que el discurso racional enarbolado por el progresismo tenía un talón de Aquiles: hacía sentir mal a muchas personas consigo mismas.

Así, esos grupos se apropiaron del discurso de la emoción, con el que te invitaban a no ver las injusticias, a ignorar lo que te provoca dolor y a verte a ti misma como alguien que no tiene por qué empatizar con los demás.

A partir de ese malestar, sobre todo entre los más jóvenes, supieron construir en las redes sociales un discurso que se basa en una premisa:muerte a lo políticamente correcto, es hora de decir lo que queremos y si alguien se ofende, será su problema, no el nuestro.

En ese sentido, todas las causas progresistas, entre ellas el feminismo, se fueron presentando como antipáticas, caricaturizadas al extremo, simplificadas en las ideas complejas que defienden y enemigas de la libertad de elegir quién eres o lo que piensas. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, claro que puedes ser feminista y que te gusten las flores. O el futbol.

Los últimos días nos han ofrecido bulliciosas avenidas, la celebración de cada partido ganado por la selección como si se tratara de la mismísima final, los dos conciertos con más de 150 mil espectadores en el espacio público; la gente celebrando hasta la madrugada en las plazas, bebiendo cerveza u orinando en cualquier lugar sin intervención de la policía, han hecho que muchas voces comprometidas se pregunten desconcertadas: ¿por qué una sociedad que se moviliza por el futbol y la música de esta forma no lo hace por las personas desaparecidas o por la crisis gravísima del agua en la ciudad?, ¿por qué se indignan tanto con las marchas feministas o si las madres cortan el tráfico, pero nos lanzamos a la fiesta ante un simple partido?

¿Qué nos da ese partido, que nos lleva a salir a las calles? Alegría. Emoción. Identidad. Orgullo. Libertad. Sensación de seguridad en la multitud.

La expresión “pan y circo” proviene del mundo romano. Se suele usar para criticar a las políticas populistas de los gobiernos que tratan de entretener como una forma de evitar la realidad.

Sin embargo, puede haber otra lectura: el pan representa las condiciones básicas de vida, y el circo el entretenimiento, la diversión. Los seres humanos somos complejos, necesitamos alegría en nuestras vidas. La realidad abrumadora de violencia, de la vida en riesgo, de la desigualdad constante, nos hace sentir mal.

Disfrutar del futbol no significa que no podamos abrazar causas esenciales para nuestros derechos, solo que no se puede exigir ser coherente con un discurso político en cada acto de nuestra vida.

No somos perfectas y disfrutar, aunque sea de cosas insignificantes, es esencial en la vida. Al menos para tomar aliento antes de la próxima lucha.

*Mariana Espeleta y Concepción Sánchez Domínguez-Guilarte, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO.

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