Querido lector: como siempre, es un enorme gusto reencontrarme con usted a través de esta columna, nuestro espacio íntimo de conversación en donde tocamos temas del mundo de la información, el conocimiento, la sociedad y mucho más, a través de la extraordinaria lectura, llevándonos a una reflexión, un diálogo y, por qué no decirlo, a aprender un nuevo dato cada día.
El día de hoy traigo un tema que me parece sumamente interesante y que quiero compartir con ustedes: el verano ya llegó y, con esta llegada, siempre tenemos nuevos estrenos en el cine. Mientras toda la ciudad habla de aventuras, escapadas y planes de temporada, sin duda alguna la película del verano —y que es imprescindible que vayamos a ver todos— es Toy Story 5.
¿Por qué es importante ir a verla? Primero, porque tendremos una reflexión profunda sobre nuestra propia vida. Segundo, porque nos está poniendo enfrente verdades que la pantalla nos confiesa sobre la sociedad en la que estamos. Y tercero, porque estamos ante la magia y la evolución del cine a través de sus efectos especiales, reflejados en las texturas de los juguetes, en las sombras, en los detalles... De verdad, vayan a ver Toy Story 5.

Toy Story: una franquicia que creció con nosotros
Se dice que las grandes historias no envejecen; simplemente evolucionan. Toy Story es prueba fehaciente de ello. Creada por Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios, su primera película se estrenó en el año de 1995, lo cual marcó un hito al convertirse en el primer largometraje realizado completamente con animación por computadora, según la Enciclopedia Británica. A partir de ese año fueron surgiendo más películas en donde íbamos conociendo a sus protagonistas: Woody, el principal; Buzz Lightyear, el guardián espacial; la vaquerita Jessie, y a quienes se fueron sumando más entrañables personajes como Rex, el señor Cara de Papa y muchos más. Lo verdaderamente interesante es que cada película nos regalaba personajes nuevos: en la primera entrega, los soldaditos y los extraterrestres; en la segunda, una mayor participación de Jessie y El Oloroso Pete. Pasaron años —del 99 al 2010— para que Toy Story volviera con su tercera entrega, en donde conocimos al Lotso, el villano más entrañablemente cruel de la saga. Posteriormente, en 2019, llegaron Forky y algunos más.
Hoy, en esta quinta entrega, hace su aparición Lilypad, el personaje más disruptivo que Pixar ha creado en años. No porque sea simpática —aunque lo es—, sino porque incomoda. Porque nos hace preguntas que preferiríamos no responder. Una tablet con personalidad propia, cuya voz en español es interpretada por Belinda, que desde sus primeros segundos en pantalla le advierte al espectador: esto no será una historia cualquiera.
Spoiler Alert: No se preocupe, querido lector, por supuesto que no voy a revelar la película. Lo que sí compartiré son algunas de las realidades (factos) que la película nos pone enfrente y que simplemente no podemos ignorar. Una experiencia que debe vivirse en pantalla grande

Más conectados que nunca... y más solos que jamás
La pregunta que ocupa a la alta sociedad es, precisamente, una que Toy Story 5 se atreve a plantear sin rodeos: ¿estamos realmente conectados, o simplemente estamos enchufados? Una constante en la película es la conexión. Incluso tenemos un breve pero significativo paseo por la historia de los juguetes analógicos y su rápido paso como estrellas fugaces por este mundo. Sin embargo, esta base nos invita a reflexionar sobre la enorme —y paradójica— conexión que vivimos en la actualidad. Vivimos en la sociedad más conectada tecnológicamente de la historia, y paradójicamente, en una de las más incomunicadas a nivel humano. Respondemos el grupo de WhatsApp del vecindario, pero no saludamos en persona al pasar por el pasillo. Mantenemos conversaciones largas con familiares a través de dispositivos, pero compartimos la misma mesa en silencio. No hay nada más revelador que observar a una familia en un restaurante: cada miembro, inmerso en su pantalla, ajeno al otro. Este autor, ha observado cómo esta paradoja ya no es un fenómeno aislado, sino la norma de nuestra época. Si no está la tecnología, pareciera que no estamos conectados, no estamos al día, no estamos en onda. Toy Story 5 lo plasma con una honestidad que incomoda, y eso, precisamente, es lo que la hace extraordinaria.

Cyberbullying: la herida que traspasa la pantalla
Hay una verdad que la pantalla nos confiesa con valentía, y que pocas veces el cine de animación se ha atrevido a mostrar con tanta profundidad: el ciberbullying.
No se trata únicamente de acoso en redes sociales, sino de algo más profundo: cómo nos percibimos a nosotros mismos al sentirnos fuera de este ambiente digital; cómo la presión de “estar actualizado como los demás” puede vulnerar la identidad de un niño; y cómo las burlas que en un momento sufre la protagonista —por mostrar sus emociones y sus gustos— traspasan las barreras de la pantalla y la llevan a cargar esas cuestiones emocionales en la vida real, cambiando incluso su forma de pensar y de sentirse.
Hay un momento en la película donde la sala entera guarda silencio. No porque algo dramático ocurra de forma estruendosa, sino porque todos —adultos y niños por igual— reconocen en pantalla algo que han vivido o presenciado. Es de esos instantes que solo el gran cine sabe construir: cuando la ficción deja de serlo y se convierte en confesión colectiva. Se dice que las palabras en una pantalla no duelen tanto como las dichas en persona. Toy Story 5 desmiente esa creencia con una contundencia que difícilmente se olvidará. La película nos recuerda que vivimos en un mundo donde comparamos nuestra realidad cotidiana con la versión curada y privilegiada que otros proyectan en sus perfiles: los viajes, los logros, los estilos de vida que, en su inmensa mayoría, representan solo una fracción mínima de la sociedad real. Y sin embargo, los tomamos como referencia y medida de todo.

La lectura: un faro en medio de la pantalla
Querido lector, llegamos al punto que más me conmueve de esta película y que considero su verdad más profunda: la reivindicación de la lectura como acto de resistencia y libertad. A pesar de que uno de los protagonistas de la película es una tablet —símbolo del mundo digital—, en mi interpretación puedo ver que la película muestra al libro impreso como chispazos de salvación ante esta ciencia ficción de todos pegados en la pantalla. La lectura siempre parece algo pesado, aburrido, tedioso... pero va mucho más allá: es un proceso orgánico que debe nacer, alimentarse, crecer y avanzar a nuestro propio ritmo. No hay nada más poderoso que un libro bien leído en el momento preciso. El hábito lector posee una capacidad de análisis, de empatía y de asombro que ningún algoritmo puede replicar. La lectura es, en esencia, nuestra forma de interpretar el mundo. Más que un simple hábito, debe ser un momento de placer, un espacio donde interpretamos el mundo desde nuestra propia visión. Y Toy Story 5, desde la magia del cine de animación, nos lo recuerda con gadgets, ternura y urgencia a partes iguales.
Una invitación que no puede rechazarse, Estas son solo algunas de las realidades que Toy Story 5 no quiere que ignoremos. Vayan a verla, viviendo nuestra infancia y la de los hijos al máximo. Pero de verdad también los invito a verla con reflexión: asócienla su vida, cómo es en la actualidad, y pregúntense si es una película... o el retrato más fiel de la sociedad en que vivimos.
Y cuando salgan de la sala, con ese enorme rayo de luz y calidez que nos da el verano, cuénteme. Compartan ese mensaje con esta servidora, porque de eso se trata nuestra columna: de reflexionar juntos, de aprender juntos y de seguir leyendo —y viviendo— juntos. Hasta la próxima nota.
*Jorge Alejandro Peña Landeros / Director de Biblioteca / Universidad Panamericana (UP)