El pasado 3 de Julio celebramos 71 años de la primera vez que las mujeres votaron en México. El país fue de los últimos seis que reconoció este derecho en Latinoamérica, a pesar de que la lucha por conseguirlo inició desde finales del siglo XIX. Las razones esgrimidas para negar el voto femenino se enmarcaban en la separación Iglesia-Estado. Según los políticos, las mexicanas eran mujeres demasiado conservadoras, y si se les otorgaba la oportunidad de votar, favorecerían al clero.
Posiblemente quienes lean esta columna nacieron con el derecho a votar y, como a nosotras, nunca les haya pasado por la cabeza la posibilidad de vivir en un país en el que nuestro voto sea cuestionado, ni mucho menos retirado. Tendemos a creer que los derechos conquistados son irreversibles, y solamente existe la posibilidad de ampliarlos.
Por el momento, el derecho de las mujeres a votar está seguro en México, y no se avizora una discusión en breve. No es el caso en Estados Unidos, donde la campaña “Repeal the 19th”, auspiciada por distintos grupos conservadores, algunos de ellos religiosos, intenta posicionar la idea de que el voto de las mujeres debería ser revocado en tanto que nos aleja de nuestras obligaciones maternales y las responsabilidades políticas son incompatibles con la sumisión a una vida doméstica.
En un documento que se puede consultar en línea, la National Association Opposed to Woman Suffrage exponía las mismas ideas en 1894. En la actualidad, el asunto surge a partir de las elecciones en 2016, en las que Trump recibió mucho más apoyo de los votantes masculinos que de las mujeres, quienes preferían a Hillary Clinton. A partir de ese momento, el seguimiento estadístico ha notado que las mujeres favorecen a candidatas y candidatos menos conservadores, lo cual pudo haber sido decisivo para el triunfo en Nueva York del izquierdista Zohran Mamdani, quien además es no blanco y musulmán.
Sin embargo, aunque el movimiento para retirar el voto a las mujeres surgió desde las periferias machistas de la política y de las voces de algunos pastores de iglesias cristianas marginales, gracias a una fuerte campaña mediática esta idea, en principio escandalosa, fuera de lugar, y motivo de burlas, se ha ido extendiendo hasta ser abrazada por algunos republicanos e influencers con cientos de miles de seguidores, muchos de ellos mujeres.
El discurso no viene solo, se acompaña mano a mano del movimiento de “esposas tradicionales” que ya hemos abordado previamente y en el cual se apela a la nostalgia por volver a la era en la que las mujeres estábamos confinadas a la vida doméstica y la obediencia marital.
Aunque de momento la discusión en Occidente se circunscribe a Estados Unidos, la tendencia no deja de ser preocupante por su influencia en la región y por la manera en la que otras ideas, igualmente impensables, se han logrado posicionar en diferentes puntos de la política internacional, copiando a Estados Unidos.
La ironía no pasa desapercibida: mientras las mexicanas sufrieron una larga restricción del voto bajo el argumento de ser conservadoras, ahora las estadounidenses son acusadas de demasiado liberales. En realidad, el problema es que nuestros derechos puedan ser pensados como negociables cuando no favorecemos a las ideologías en el poder.
*Concepción Sánchez Domínguez Guilarte y Mariana Espeleta Olivera, académicas del Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO