
Son las nueve de la mañana y el cielo está gris y plomizo en el Barrio de San Pablo, en Iztapalapa. Frente al albergue El Migrante Arcángel Rafael, un grupo de personas se afana por recoger sus pertenencias y armar sus casas de campaña en la acera. Son migrantes provenientes principalmente de Centroamérica, Haití y Cuba, que han llegado a México en busca de una mejor vida o de un refugio mientras esperan su oportunidad de cruzar a Estados Unidos.
Pero su sueño se ha convertido en una pesadilla. El albergue, que tiene capacidad para 200 personas, está sobrepoblado y no puede recibir a más. Los que no caben, tienen que dormir en la calle, expuestos a la inseguridad, la insalubridad y el rechazo de los vecinos, que piden a las autoridades que los reubiquen.
"Nosotros no queremos estar aquí, pero no tenemos otra opción. En cualquier albergue de la ciudad es la misma situación, nos rechazan y nos piden que nos vayamos a otro lugar. Pero ¿a dónde vamos? No tenemos dinero, no tenemos trabajo, no tenemos documentos", dice Josué, un hondureño de 35 años que llegó hace tres meses con su esposa y sus dos hijos.
Josué cuenta que huyó de su país por la violencia y la pobreza. "Allá no hay futuro, hay mucha delincuencia, mucha corrupción, mucha extorsión. Nos amenazaron de muerte si no pagábamos una cuota a una pandilla. No podíamos seguir viviendo así, con miedo. Por eso decidimos venirnos para acá, pensando que íbamos a encontrar una oportunidad, una ayuda, una protección".
Pero el camino no fue fácil. Josué y su familia tuvieron que atravesar Guatemala y el sur de México, enfrentando todo tipo de riesgos y dificultades. "Fue muy duro, muy peligroso. Tuvimos que caminar mucho, tomar camiones, trenes, botes. Nos robaron, nos golpearon, nos extorsionaron. Vimos cosas horribles, gente que moría, que se quedaba en el camino. Gracias a Dios, nosotros logramos llegar hasta aquí, pero no sabemos qué va a pasar con nosotros".
Como José, cientos de migrantes se encuentran varados en el Barrio de San Pablo, sin saber cuál será su destino. Algunos han solicitado asilo en México, pero el proceso es lento y burocrático. Otros esperan una visa humanitaria o un salvoconducto para poder seguir su ruta hacia el norte. Y otros, simplemente, se resignan a quedarse en la ciudad, tratando de sobrevivir como pueden.
Pero su presencia no es bien vista por los habitantes del barrio, que se quejan de que los migrantes generan inseguridad, desorden y basura. El pasado 21 de noviembre, un grupo de vecinos bloqueó el cruce de Calzada Ermita Iztapalapa y Javier Rojo Gómez, para exigir a las autoridades que los reubicaran. "No estamos en contra de la ayuda humanitaria, pero queremos que se respete el orden y la tranquilidad de nuestra comunidad. No es justo que tengamos que soportar esta situación, que nos afecta en nuestra calidad de vida", dijo uno de los manifestantes.
Sin embargo, los migrantes aseguran que no buscan incomodar, sino solo condiciones dignas. "Nosotros no somos delincuentes, somos personas trabajadoras, honestas, que venimos huyendo de la violencia y la miseria. No queremos problemas con nadie, solo queremos un lugar donde dormir, donde comer, donde bañarnos, donde estar seguros", dice Mercedes, una cubana de 28 años que llegó hace dos semanas con su esposo y su hija de tres años.
Mercedes dice que salió de Cuba por la falta de libertad y de oportunidades. "Allá no hay democracia, no hay derechos, no hay futuro. El gobierno nos oprime, nos controla, nos reprime. No podemos expresarnos, no podemos progresar, no podemos vivir. Por eso decidimos escapar, buscando un lugar donde podamos ser libres, donde podamos tener una vida mejor".
Pero su ilusión se desvaneció al llegar a México, donde se encontró con una realidad muy diferente a la que esperaba. "Aquí nos tratan mal, nos discriminan, nos humillan. Nos dicen que nos vayamos, que no somos bienvenidos, que somos una carga, una plaga. Nos miran con desprecio, con odio, con miedo. Nos sentimos solos, abandonados, desesperados".
Mercedes dice que su sueño es llegar a Estados Unidos, donde tiene familiares que la esperan. Pero sabe que es muy difícil, sobre todo por las políticas migratorias del país del norte, que ha endurecido los controles y las deportaciones. "No sabemos qué hacer, estamos atrapados. No podemos regresar a Cuba, no podemos quedarnos en México, no podemos entrar a Estados Unidos. Estamos en un limbo, sin salida, sin esperanza".
Así se sienten muchos de los migrantes que se han asentado en el Barrio de San Pablo, en Iztapalapa, una zona que se ha convertido en un símbolo de la crisis migratoria que vive México. Una crisis que no solo tiene consecuencias políticas, económicas y sociales, sino también humanitarias. Una crisis que pone a prueba la solidaridad, la tolerancia y la compasión de una sociedad que se dice abierta y diversa, pero que también muestra signos de rechazo y xenofobia. Una crisis que exige una respuesta urgente y efectiva de las autoridades, tanto locales como nacionales e internacionales, para garantizar los derechos y la dignidad de los migrantes, así como la convivencia y la armonía de los vecinos.
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