
En la víspera me iba a dormir con un persistente cosquilleo en el estómago por las ansias del viaje. Con la modorra encima, despertaba antes de que los rayos del Sol se asomaran y los cuatro integrantes de mi familia tomábamos un taxi que nos llevaba a la estación, cercana al Parque Agua Azul, en Guadalajara, para abordar uno de los grisáceos vagones fabricados más o menos en el año 1900.
Era tal la emoción por partir que cuando uno de los trenes de las vías aledañas comenzaba a moverse, mi hermana y yo sentíamos el efecto de que éramos nosotros los que íbamos emprendiendo el trayecto.
-¿Ya nos vamos?
-¡Creo que ya!
Era cuestión de esperar casi una hora, que en tiempo infantil equivalía como al triple. El estruendoso pitido de la locomotora, cuando por fin nuestro tren iniciaba su itinerario, aún resuena en mi memoria a pesar de que han transcurrido más de cuatro décadas.
A mí me gustaba asomar la cabeza por las ventanillas –todavía siento el aire mecer mi cabello- intentando ver el principio y el fin de esa enorme serpiente de metal en cuyas entrañas viajábamos. Casi nunca podía avistarlos, salvo en tramos en los que la vía estaba curva. Nunca supe cuántos carros componían el convoy, pues además de la humeante locomotora –a veces doble- el ferrocarril arrastraba los furgones con pasajeros y otros que llevaban grava, materiales de construcción y diversos tipos de carga.
El primer sitio por el que pasábamos eran Las Juntas, en Tlaquepaque, en donde ocasionalmente había pasajeros que abordaban nuestro ferrocarril; después seguía El Castillo, un pueblo pequeñito perteneciente al municipio de El Salto. De ahí partíamos a Atequiza, Poncitlán y Ocotlán, localidad esta última, que se distinguía por la fábrica Nestlé, que a mí de inmediato me remitía al empalagoso sabor de las latas de La Lechera, que en esos ayeres eran mi delicia.
La siguiente era la población de La Barca, a la que recuerdo abrazada por las aguas de una gran laguna que ahora sé, es Chapala.
RITUAL GASTRONÓMICO Y EL ATRACO DE LOS ESPECTROS REVOLUCIONARIOS
Había puntos en los que la experiencia viajera se trastocaba en un ritual gastronómico. En Yurécuaro y otros pueblos de Michoacán en donde el ferrocarril hacía paradas, iniciaba su abordaje todo un ejército de vendedores de refrescos, lonches, elotes, cajeta en cajitas de madera ovaladas, aguas de sabores y las paletas de hielo, verdaderos trozos de felicidad ensartados en un palito de madera.
Recuerdo a señoras envueltas en rebozos de colores que se subían con canastos promoviendo sus “tacopollo”, hechos con tortillas de un maíz tan blanco, que en la actualidad nomás ya no encuentras en ningún molino.
De vuelta al recorrido admirábamos paisajes arbolados, chivas, vacas, ríos y represas. Más de una vez encontramos vagones descarrilados y empolvados, que yacían al lado de las vías. Imaginaba que se trataba de una especie de barco hundido en el mar y que de esos retorcidos fierros iban a salir hombres bigotones vestidos de manta, con enormes sombreros y doble carrillera cruzada en el pecho, armados de carabinas 30-30 y que en fantasmagóricos caballos buscarían alcanzar al ferrocarril para robar uno de los vagones que según yo, transportaba lingotes de oro.
Los furgones del tren tenían arriba de las ventanillas una especie de cable o cordón. Mi papá me decía que era un mecanismo para que en caso de una extrema urgencia, se le diera un jalón y el maquinista accionaría los frenos para detener el convoy. Varias veces sentí curiosidad por activarlo, mas desistía porque capaz que terminábamos igual que los vagones de los revolucionarios fantasmas.
El itinerario del ferrocarril incluía a la porcícola población de La Piedad, que se distinguía por el penetrante olor a cerdo; también pasábamos por Pénjamo, municipio perteneciente al estado de Guanajuato, en donde está la Ex hacienda de Corralejo, lugar en el que nació en 1753, el padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla.
En Abasolo, otro pueblo guanajuatense, sobresalían las instalaciones del balneario La Caldera, al que siempre me quedé con ganas de entrar. Nuestro destino era Irapuato. Mi mamá, originaria de ahí, presumía que una serie de extensos y parejos campos verdes en donde se cultivaba la fresa, eran el preámbulo de su tierra natal. Ahí bajábamos nosotros, pero el tren seguía haciendo escalas y concluía su derrotero en la capital de la República.
Íbamos a visitar a María de la Luz Corona, la mayor de mis seis tíos maternos, quien además era mi madrina de bautizo y vivía en la calle de Cascada, en Las Reynas, un fraccionamiento de buena plusvalía en Irapuato, ciudad considerada el epicentro mundial en el cultivo de fresas.
Mi “madrina Lucha”, como yo la llamaba, y su esposo, mi padrino Ricardo, propietario de la Herrería Técnica Téllez e hijos, que durante muchos años estuvo situada en la Avenida Insurgentes, ya nos esperaban porque la estación del ferrocarril se hallaba relativamente cerca y ellos escuchaban el silbido de la locomotora, que les anunciaba nuestro arribo.
Casi siempre hacíamos el viaje durante Semana Santa, así es que mis primos hermanos que eran estudiantes –en total fueron 11, pero algunos ya se habían casado- también estaban de vacaciones, aparte de que varios sobrinos de edad similar coincidían durante esa temporada en la casa de mis padrinos.
FUT, CINE, MELOMANÍA Y LEYENDAS
La estancia transcurría entre cascaritas de futbol y tomar mucha Coca-Cola –el camión de la refresquera surtía en el domicilio varias rejas-, íbamos a los cines gemelos de la Organización Ramírez –hoy Cinépolis- o a la Comercial Mexicana que estaban en una plaza ubicada a unos 300 metros de distancia, lo que representaba toda una novedad para alguien como yo, que avecindado en el oriente tapatío, en aquellos tiempos –finales de los setenta y principios de los ochenta- le era casi imposible ir a Plaza Patria o Plaza del Sol, los únicos lugares de ese tipo que entonces había en la Zona Metropolitana de Guadalajara.
Mis primas y primos que vivían en la casa eran fans de los artistas de la época, pero también de los que podían considerarse un tanto fuera de moda. Me vienen a la memoria Marcela y María Eugenia vestidas y peinadas como Olivia Newton John y Farrah Fawcett. Y “el Güero”, “el Gody”, Germán, Ricardo y Martín con pantalones acampanados y con sus asimétricas y abultadas melenas.
Tenían muchos discos de acetato, entre los que estaban los LP de Queen, Bee Gees, John Travolta y prácticamente toda la colección de The Beatles, a los que yo por esas fechas acababa de descubrir. Así es que hubo un motivo más de felicidad en esos periodos de asueto.
Los días santos visitábamos iglesias y acudíamos a los oficios de la “semana mayor”. Hubo ocasiones en las que fuimos al Museo de las Momias, a la Presa de la Olla, a recorrer los callejones de Guanajuato y a ver la estatua de cantera del Pípila, quien para allanar la Alhóndiga de Granaditas cargó a cuestas una pesada y libertaria losa que lo protegió de las balas españolas. Desde que en la primaria nos contaron de ese héroe de la Independencia, siento dolor en la espalda nomás de pensar en tal proeza.
Mi papá compró un par de libros de mitos y leyendas guanajuatenses. Leí todos los relatos en unos cuantos días. El nombre del autor nunca lo he olvidado, pese a que transcurren años sin que hurgue en su búsqueda en el anaquel de mi memoria: Ezequiel Almanza Carranza.
Con la mente henchida de agradables momentos, las maletas rebosantes de regalos de mi madrina y cargando frascos de mermelada y canastos de fresas, emprendíamos el regreso de Irapuato a Guadalajara.
EL DESTINO, IMPLACABLE
En los años ochenta todavía hicimos algunos viajes en el tren, pero el servicio fue menguando. Después entré a trabajar y a estudiar al mismo tiempo y cada vez se tornó más difícil visitar aquella ciudad.
Algunas veces fui en coche con mi esposa y mi hija. La última, en mayo de 2011, cuando íbamos a un concierto de la banda U2 al Estadio Azteca de la Ciudad de México e hicimos escala en Irapuato para dejar ahí la camioneta que traíamos y aprovechar de paso que mi mamá se quedara un par de días con mi madrina Lucha. Para ese entonces de los siete hermanos ya sólo quedaban con vida ellas dos, o sea la más chica y la mayor de todos.
Yo estaba convencido de volver para el centenario de mi madrina, mas el destino, implacable, nos deparaba otros planes. Ella murió a la edad de 98 años y casi once meses, el 24 de febrero de 2020.
Ahora recuerdo un día soleado, en el acojinado sillón de la sala de la casa de Irapuato contemplando la portada del disco Magical Mistery Tour de The Beatles, en el que está incluida la canción Strawberry fields forever, cuya letra me remite a esos entrañables días y a cómo el tiempo lo transforma todo.
Déjame llevarte allá/ porque voy a los campos de fresa/ (Ya) Nada es real y no hay nada para perder el tiempo/ Campos de fresa por siempre.
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