
Es la una de la tarde y los rayos del sol no podrían ser más ardientes. Ya miles de personas tomaron un lugar para ver de cerca la Pasión de Cristo de Iztapalapa. Los más afortunados se colocaron horas antes bajo la sombra de un árbol y los que corren con menos suerte tendrán que soportar el calor intenso por un par de horas.
En el Jardín Cuitláhuac está todo listo: los escenarios, los vestuarios, los diálogos que, aunque exagerados, siempre convencen al público.
Casi a las 2 de la tarde llega el Cristo de Iztapalapa. Ya con manchas en la sangre. Ya con las gotas de sudor en la cara. Ya con el rostro fatigado.
Las ráfagas de aire son una bendición en pleno calor. A veces son tan fuertes que quieren tirar el escenario, pero algunos de los actores hacen su labor y colocan, discretamente, sus brazos para evitar que el viento se lleve las columnas.
Los romanos se salvan de ese incidente, pero otros dos hombres no: se les cae una viga y resultan levemente heridos.
Después de una hora de diálogos y de algunas risas, varias exageradas, llega el momento más difícil para Jesús: caminar unos siete kilómetros con una cruz que pesa 80 kilos, pero que podría parecer de una tonelada.
Antes de dar el paso que lo llevará por el camino del dolor, Jesús da un suspiro. Sabe que, de ahí en adelante necesitará de unas piernas fuertes y una fuerza de voluntad inquebrantable.
Mientras Jesús camina, lo azotan los romanos. En momentos se hacen los empujones entre romanos, mirones y reporteros. Los romanos ya no son romanos, son iztapalapenses haciendo camino a través de latigazos al atrevido que se atraviese.
Pasa la primera caída, la segunda, pero en la tercera ocurre lo que se prevé cada año: el enfrentamiento entre granaderos y feligreses. Todos quieren subir al Cerro de la Estrella para ver la crucifixión, pero no todos tienen el pase para hacerlo.
Jesús solo ve al frente. Le depara una calle inclinada que deberá subir con una enorme cruz. Meses atrás ya lo había hecho, pero ahora lo hace frente a miles de miradas. Más le vale no cederle ni un poquito al cansancio.
Cuando Jesús llega al Cerro de la Estrella se erige un centenar de cruces para acompañarlo, como si fuera un coro.
Para ese momento ya son las 5 de la tarde. Los diálogos se estiran sin razón y la crucifixión parece no acabar.
Algunos feligreses ya comienzan a retirarse. Se llevan las enormes cruces. No, la penitencia no ha acabado.
Jesús todavía no es bajado de la cruz y el Cerro de la Estrella ya está casi desocupado. El público sabe que esta edición llegó a su fin.
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