
Torres de negocios, hoteles, casinos, campos de golf, una aerolínea, filetes de res, vinos, corbatas, camisas, vodka, cerveza, hielo... Nacido en Queens el 14 de junio de 1946, el candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos ha construido un imperio económico a base de venderlo absolutamente todo. Cualquier cosa puede llevar su nombre y apellido, incluso una candidatura presidencial.
Luego de licenciarse en Economía en la Universidad de Pennsylvania, Trump inició su carrera como empresario gracias a su padre, Fred Trump, que ya era un reconocido inversionista en Nueva York. Él le cedió, en 1971, el control de la empresa familiar, que pasó a llamarse, por decisión del hijo, The Trump Organization, nombre que todavía lleva.
Aquella fue la primera aparición del joven empresario en los medios. Resulta que Trump era entonces el gerente de la Trump Management Corporation, que poseía 14 mil apartamentos en Brooklyn, Queens y Staten Island. El departamento de Justicia les acusaba de negar a afroamericanos la posibilidad de comprar departamentos en sus propiedades. Por contra él aseguraba que sólo cribaba por nivel de ingresos. Sin embargo, la justicia hizo sus pesquisas, y mandó a diversos candidatos con los mismos ingresos, unos negros, y otros blancos, a las propiedades del joven Trump. Los primeros fueron todos rechazados, mientras que los segundos recibieron múltiples ofertas sin problema alguno.
Aquel feo asunto se resolvió con un acuerdo, siempre gracias a la influencia de su padre. La fortuna del joven de descendencia alemana (la cual luce siempre orgulloso, aunque esconde que, hasta el siglo XVII, sus ancestros se llamaban “Drumpf”), iba creciendo y en 1983 completó la construcción de uno de sus buques insignia: la espectacular Torre Trump, de 58 pisos y ubicada en plena Quinta Avenida de Manhattan. Y sin embargo, su relevancia en la sociedad estadunidense era menor. Pero todo cambió en 1987.
En 1985, un joven periodista llamado Tony Schwartz escribió un artículo para la revista New York desvelando la verdadera naturaleza empresarial de Trump, retratándolo desaliñado y despreocupado en la imagen de portada. Al magnate le encantó. Al poco tiempo llamó al redactor a su oficina, donde encontró el artículo enmarcado en la pared.
Schwartz pasó 18 meses junto a Trump, observándole, analizándole, espiándole, sonsacándole. Tras este proceso, y cobrando la mitad del adelanto de la editorial (Random House) y de los royalties que ha generado el libro desde entonces, la obra, en el amplio significado de la palabra, estaba terminada.
En una conversación reciente con la revista New Yorker, Schwartz se mostraba apesadumbrado por haber “contribuido a presentar a Trump de un modo que le brindó mayor atención y le hizo más atractivo de lo que es”. “Le puse labial a un cerdo”, concluía el autor del libro.
Schwartz relata en la entrevista cómo la táctica de Trump durante ese año y medio durante el que le pudo observar siempre seguía un patrón: Mentir y manipular. Las medias verdades como filosofía de vida. Exagerar cifras en ventas. Maquillar cifras en compras. Manipular a la gente. Así se forjó la fortuna de Trump.
Un documento de 1985 identifica numerosos préstamos y regalos adicionales de su padre durante los años siguientes en los inicios de su carrera empresarial. Añadidos que suman un total de 14 millones de dólares.
Pero Trump lleva esta pasión más allá de la intimidad, o no tanta intimidad, del hogar. En 1996, el empresario neoyorquino adquirió Miss Universo, uno de los concursos de belleza más reconocidos del mundo. Pero ese mismo año también compró otras dos competiciones similares: Miss EU y Miss EU Adolescente, concurso en el que llegan a participar niñas de 14 años.
El magnate vendió todas sus participaciones en las tres empresas en 2015, cuando también finalizó su largo periplo televisivo para presentarse a las primarias republicanas.
Desde que saltó a la fama a finales de los ochenta, Trump ha participado en múltiples programas y ha hecho ‘cameos’ en distintas series y películas. Por ejemplo, apareció en la serie Sex and the City (Sexo en la Ciudad), en los filmes Home Alone 2 (Mi pobre angelito) y Celebrity, dirigida por Woody Allen en 1998.
Sin embargo, la presencia televisiva definitiva de Trump fue el concurso televisivo empresarial The Apprentice (El Aprendiz), emitido por la cadena NBC entre 2004 y 2015, y que tuvo ramificaciones por todo el mundo. Con escaso éxito, todo sea dicho.
Lejos está de ser éste el único escándalo que ha protagonizado Trump. Quizás el más sonado es el que protagonizó con la mal llamada Universidad Trump, fundada en 2005. Tras su cierre en 2010 por no poseer licencia para considerarse una universidad (lo que violaba la ley estatal), al magnate le llovieron las demandas: Desde tácticas de marketing extremadamente agresivas y publicidad fraudulenta a, directamente, crimen organizado. Todavía no se ha dictado una sentencia en tres casos separados.
También ha tratado el empresario neoyorquino de esconder sus fracasos. Entre 1991 y 2009, sus hoteles y casinos declararon la bancarrota en hasta seis ocasiones. “Juego con las leyes de bancarrota; son muy buenas para mí”, declaraba en 2011 el magnate a Newsweek, del mismo modo que se vanagloria ahora, entre sonrisas burlonas, de no pagar impuestos.
Además, uno de sus fracasos más sonados y menos conocidos lo constituye, seguramente, Aerolíneas Trump. Fue un proyecto que empezó en 1988 con una inversión de 380 millones de dólares y que trató de establecer en una compañía de lujo para vuelos locales en Estados Unidos. Nunca dio un dólar en beneficios. Un desastre.
Tampoco luce bien la “Trump Foundation”, a través de la cual el magnate ha donado desde 1988 decenas de miles de dólares a entidades conservadoras y religiosas. Además, a través del dinero de la fundación, Trump compró un autorretrato al óleo de 1.8 metros de altura. Pero el escándalo va más allá: El magnate aseguró que había donado, a principios de 2016, hasta 6 millones de dólares de su dinero a asociaciones de veteranos estadunidenses, pero The Washington Post, reportó en junio que hasta la fecha las asociaciones no habían recibido un solo dólar. Y lo que es más, a pesar de las afirmaciones del magnate, el rotativo descubrió que desde 2008, Trump no ha aportado un solo dólar a causas de caridad. Eso sí, en 2009 su fundación donó 100 mil dólares a la Fundación Clinton.
Por ello, y cuando ya era más que sobradamente conocido, en el año 2000 los guionistas de la histórica serie The Simpsons usaron al magnate para dibujar un Estados Unidos hecatómbico en el capítulo “Bart al futuro”. “Como saben, la presidencia de Donald Trump nos ha dejado un gran agujero en el presupuesto”, dice Milhouse, convertido en asesor político a la presidenta Lisa Simpson. “Parecía como el lógico último peldaño antes de tocar fondo”, explicaba hace unos meses Dan Greaney, el guionista que escribió ese episodio. “Lo incluimos porque nos encajaba con una idea de Estados Unidos volviéndose loco”, agregaba. Mañana sabremos si realmente EU se ha vuelto loco del todo o no.
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