
López y Fuentes hizo de la política mexicana una caricatura verbal, páginas hilarantes y al mismo tiempo de una profundidad antropológica con las que están en deuda autores como Jorge Ibargüengoitia.
Gregorio López y Fuentes es un escritor injustamente olvidado, a la sombra siempre de los grandes nombres de la literatura de la Revolución Mexicana como Martín Luis Guzmán o Mariano Azuela, su obra quedó a su vez extraviada tras el surgimiento a la mitad del siglo de los grandes renovadores de la prosa mexicana del siglo XX: Juan Rulfo y Agustín Yánez.
Cerca de la tradición del esperpento realista a la manera de Valle Inclán, su narrativa alcanzó algunos momentos notables a la hora de dibujar el paisaje pintoresco y cerril de la política mexicana en los albores de la era priista. López y Fuentes hizo de la política mexicana una caricatura verbal, páginas hilarantes y al mismo tiempo de una profundidad antropológica con las que están en deuda autores como Jorge Ibargüengoitia. Obtuvo en 1937 el Premio Nacional de la Literatura, pero eso ya no cuenta, lo cierto es que su obra, como la de muchos otros autores intoxicados por el nacionalismo ideológico de su tiempo, terminaría excluida del canon nacional.
Lo traigo a cuento en esta ocasión luego de que me entero que el Partido del Trabajo, ese engendro maoísta-salinista-lopezobradorista, se salvó finalmente de perder su registro. No me alegro, los muchos millones que habrá de costarle a los contribuyentes la sobrevivencia del negocio electoral del señor Anaya es todo menos un signo de aliento democrático.
Imagino entonces una asamblea refundacional del PT, tomando como inspiración una escena de la novela Acomodaticio, memorias de un político de convicciones de Gilberto López y Fuentes. La novela fue publicada por ediciones Botas en 1943, la escena descrita podría ocurrir sin mayores cambios en el presente, con el señor Anaya presidiendo la asamblea de zombis petistas resurgidos de la tumba.
Reunidos en asamblea, don Acomodaticio y sus camaradas deciden fundar una nueva organización política. Cito en extenso el pasaje de la novela:
—Propongo, gritó uno, el nombre de Partido de Salvación Nacional.
—Y yo propongo que se llame Partido de la Integridad y el Orden.
Y otro más dijo:
—Estimo compañeros que no debemos dar a nuestra agrupación el nombre de Partido, pues nos resultaría un lastre en caso de sumarnos a algunos de los partidos que contienden, mientras que, si tomamos una denominación modesta, en nada sufrirá nuestra dignidad con la subordinación. Propongo el siguiente nombre: Frente Unido Libertador.
Pero entonces Acomodaticio refutó:
—El nombre es sugestivo y de una ancha envergadura social, pero lo encuentro a la proposición un inconveniente, de sus tres iniciales tendríamos FUL, y no faltaría quien nos denominara, tergiversándolo todo: Frente Único de Lambiscones. Ustedes ya saben que despectivo significado tiene ese neologismo: lambiscón. Si buscamos un equivalente, no lo hallaríamos en ningún diccionario. La palabra, mostrenca y caprichosa, tiene una gran fuerza de imagen e intención, con la circunstancia de que nació y es más usual en el ambiente político. Denota bajeza, servilismo, incondicionalidad. ¡Aquí solo hay hombres dignos del pueblo y de la clase media! Es por ello que opino un poco en desacuerdo con el compañero, aunque podemos aprovechar parte de lo sugerido por él: llamemos a nuestra organización: Frente Único Legalista de la Reivindicación Popular y de la Clase Media. ¿Se aprueba?:
—¡Aprobado!
—¡Qué viva el Frente Reivindicador de la Legislación...!
El grito, procedente del fondo de la sala se quedó así, en puntos suspensivos.
—No amigos, no, intervino Gálvez, es el Frente Legalista Popular Reivindicador…
Ya eran cincuenta las voces que daban a la asamblea aspecto de aula primaria en pleno deletreo de la oración.
—Favor señores, favor de guardar silencio, gritaba el licenciado con su brazo extendido. Yo diré correctamente el nombre y ustedes seguirán mis palabras… veamos: Frente Único Legalista… de la Reivindicación Popular… y de la Clase Media.
El coro, grueso como fagot de las voces adultas, cumplió debidamente repitiendo las palabras del licenciado, y tras varios ensayos pudo por fin lanzar su grito con Viva y todo. Entonces Hubo un relámpago de emoción por sobre todas las cabezas: aquel largo grito, entonado por centenares de voces, sería la bandera conductora de las multitudes.
Hasta aquí el pasaje de López y Fuentes. No es necesario agregar más. Hay que recuperar su obra, al menos una parte de ella.
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